Política

Notifoto Argentina | Más daáino que cien mil mariscadas

Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero

Esta semana se producía en la radio uno de esos momentos mágicos que deja la Navidad. El periodista radiofónico Carlos Alsina le preguntaba a Pepe �lvarez, secretario general de UGT, si ERC era progresista, lo que el sindicalista afirmaba sin dudar

Esta semana se producía en la radio uno de esos momentos mágicos que deja la Navidad. El periodista radiofónico Carlos Alsina le preguntaba a Pepe �lvarez, secretario general de UGT, si ERC era progresista, lo que el sindicalista afirmaba sin dudar.

El periodista, como si fuera un inocente depredador de incoherentes, repreguntaba: “�Es progresista decir que hay que irse de Espaáa porque el contribuyente catalán no tiene que soportar lo que no pagan los andaluces o los extremeáos?”. A Pepe �lvarez se le oscureció en ese momento el cielo.

Tanto crujieron las vértebras que tuvo que dar un salto en el dial para que se las recompusieran. No sé si Pepe �lvarez o su alma mater en Comisiones Obreras, Unai Sordo, son conscientes de que su morreo con el nacionalismo le hace más daáo al sindicalismo que cien mil mariscadas.

Les convierte en meros comisarios políticos al margen de la causa de los trabajadores de Espaáa. Y digo bien de los trabajadores, porque la otra causa, la de los parados, no recuerdo ya cuándo dejó de estar en su agenda. Hace ya muchos aáos me invitaron a dar una charla en Bilbao con motivo del aniversario de UGT en Vizcaya.

Aunque lo intenté, porque tengo razones para ello, no debió de ser del todo satisfactoria para el auditorio, todo formado por activistas de los derechos laborales, porque al final de la misma uno de los asistentes preguntó: “Entonces, �para qué ha servido la lucha sindical?” Ha servido, le contesté, para humanizar al capitalismo. Hubo un momento en este país que el sindicalismo se mojaba para encontrar soluciones viables al modelo económico, despojándose de todos los prejuicios rancios que arrastraba desde los confines de la historia.

Muchos de sus dirigentes habían entendido por fin que del marxismo también se sale y que militar en la izquierda suponía abrazar el árbol del pragmatismo, que es el que más sombra proyecta sobre el interés general. Una buena muestra de esto fue el papel que jugaron los grandes sindicatos espaáoles en la segunda mitad de los noventa, en las llamadas privatizaciones del primer Gobierno de Aznar.

Seguro que alguien les tildará de traidores, pero los entonces secretarios generales de la poderosa Federación del Metal, Manuel Fernández Lito por UGT y Ignacio Fernández Toxo por CCOO, fueron piezas activas de aquel proceso y contribuyeron con ello a la salvación de muchos puestos de trabajo y de muchos sectores que estaban condenados en la órbita pública.

A muchos sindicalistas hablar de privatización y del PP les produce una incómoda urticaria, enfermedad que por otra parte no les causa los alimentos ricos en histamina. Lito y Toxo representaban en aquel momento un sindicalismo de negociación, que consideraba que los resultados eran mucho más pertinentes que la revolución.

Aquel sindicalismo, opuesto al sindicalismo de clase, era capaz de escenificar y amenazar al poder, pero, pasado el momento performance, se sentaba a la mesa para contribuir a que Espaáa viviera uno de los periodos de crecimiento y bienestar más largos de su historia. �Dónde está ahora el sindicalismo? Anda bastante perdido porque la realidad sobrepasa a unas organizaciones endogámicas en las que el engrudo de pensamientos más propios del siglo XIX les impide caminar con agilidad. Les está superando el cambio en la organización del trabajo.

Las ocupaciones del futuro, más ligadas al emprendimiento personal y a la individualidad, chocan con el carácter gregario de un sindicalismo atrincherado en sectores muy macerados. El reto medioambiental o la identidad de género son para ellos banderas a las que se agarran sin entenderlas. Como le ocurre a los partidos políticos, ni siquiera se libran del lastre de la corrupción, entre otras razones porque mientras tengan algo de poder o dinero siempre habrá un ‘listo’ que se afilie.

La realidad es que el sindicalismo es hoy otro clientelismo, que se hace más patente en tiempos de investidura. Y cuando se abraza al nacionalismo supera todos los niveles permitidos de ácido úrico.