Economía

“Cuando ocurrió la tragedia de Vargas no teníamos memoria”

Alvaro Ledo Nass, Madrid, España
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Sin embargo, según la investigación, con la ejecución de estas obras Vargas continúa vulnerable. No se siguieron los protocolos recomendados por los expertos y se levantaron obras que podrían ceder ante los fuertes embates de la lluvia

A 20 años del deslave de Vargas lo que vaticinan expertos e integrantes de cuerpos de defensa y seguridad del estado es que una tragedia podría estar en puertas por la desidia del Gobierno. Aseguran que el desbordamiento de los ríos y la anegación de las arterias viales, apenas llueve, desmienten los planes preventivos que el gobierno regional dice haber llevado a cabo

“No teníamos memoria cuando ocurrió la tragedia del 99”. La frase la suelta, lapidaria, el investigador del Instituto de Mecánica de Fluidos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), José Luis López Sánchez. Quizá fue el tiempo, la pena o el miedo los que dejaron sin recuerdos al pueblo, pero no era primera vez que Vargas veía de cerca el rostro de la catástrofe y tampoco recién conocía lo mortífera que podía ser la naturaleza. Los académicos sí podrían haberlo sabido.

Pero para el común, el 15 de diciembre del año 1999 el desastre dejó de ser un recuerdo ausente para los litoralences y pasó a ser la primera evocación que a veinte años del deslave aún llega a la mente cuando comienza a llover.

Ya habían ocurrido eventos similares en el estado Vargas pero en muchos casos no se recordaban: 1938, 1948 y 1951 son años en los que se reportan los precedentes más cercanos a la tragedia que vistió de luto al país hace dos décadas, que acabó con la vida de entre 15.000 y 70.000 personas (las cifras oficiales nunca se conocieron), que arrasó con edificaciones, y por la que aún hay familias que esperan la llegada de algún pariente que se perdió de vista cuando el río se lo llevó todo.

Los acontecimientos de los días 14, 15 y 16 de diciembre de 1999 quedaron plasmados en la memoria de los venezolanos. A veinte años esas fechas son minutos de silencio por las pérdidas humanas y suponen los días en los que ocurrió el peor desastre natural de la nación, luego del terremoto de 1812.

Fueron 72 horas en las que Maiquetía, La Guaira, Macuto, Caraballeda, Tanaguarena y Carmen de Uria se convirtieran en zonas devastadas. Fueron 4.320 minutos los que bastaron para que edificaciones enteras fueran arrastradas y para que la realidad en la entidad quedara dividida en dos: la que vivían quienes se convirtieron en víctimas de los embates de la naturaleza y la que apenas percibían quienes estaban en otros sectores del Litoral; la cual era alimentada por los rumores que se divulgaban.

Fueron 259.200 segundos, en los que cada uno contó como el más importante. En los que el regreso de los ríos a sus cauces, esos que el hombre habìa intervenido hasta aumentar su peligrosidad, cambiaron la visión de lo que se conocía como el estado Vargas.

Y el río volvió a su cauce “Lo que pasó en el año 1999 nos tomó de sorpresa”, espeta el conocedor. Hubo eventos similares en los años 1938, 1948 y 1951 pero fueron de menor intensidad y no causaron tanto daño porque además la población no se había extendido. Así lo refiere a  TalCual   el integrante del Instituto de Mecánica de Fluidos de la UCV.

Esto se traduce en que las lluvias que produjeron la tragedia de Vargas no fueron hechos excepcionales, sino un fenómeno meteorológico que se repite cada cierto tiempo. 202 años antes a 1999 hubo inundaciones y deslaves de gran escala, dice el experto citando el libro  Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente , escrito por Alejandro de Humbolt.

-¿Pero, a finales del siglo XX, ¿qué sucedió?

-Un evento extraordinario que se repite una vez cada 500 años, según nuestras estimaciones. Un evento que nos agarró de sorpresa y que incluso logró mover la línea de la costa del estado hacia el mar, explica López Sánchez.

Según López Sánchez, todo Vargas es vulnerable ante fuertes lluvias y el riesgo está mucho más latente al este de la entidad por lo pronunciadas que son las pendientes montañosas y la capacidad abrupta que tienen de transportar sedimentos.

“Todos los sectores de la franja costera son territorios que el río ha visitado en algún momento”, dice el profesor. Añade que el oeste del litoral recibió en menor medida los embates de las lluvias torrenciales de 1999, porque las pendientes montañosas y los cauces por donde pasan los ríos y quebradas no son tan pronunciados.

Para ese año, el estado y su ciudadanía no estaban protegidos, solo estaban construidas tres presas: la de Carmen de Uria, Las Pailas y Curucutí, y se cree que estas estaban hasta el tope de sedimentos. Tampoco existían suficientes estaciones hidrometeorológicas de medición que pudieran transmitir datos en tiempo real. “Si esto se hubiera hecho se hubieran podido salvar vidas”.

Carmen de Uria fue la zona más afectada. Durante las primeras horas, se pensó que había sido acabada por una avalancha que arrasó con todo a su paso. Esto pese a que entre 1950 y 1960 se construyó una represa de buena base a lo alto del río.

El profesor titular de la UCV recuerda que para estos años el “supuesto testaferro de Marcos Pérez Jiménez”, Felipe Gagliardi, se proponía construir un desarrollo turístico para los militares. Señala que de esos trabajos se reportan movimientos de tierra, incluso que los cerros fueron cortados y que se movió la quebrada que pasaba por el centro de la zona hacia la ladera oeste.

La presa, que se cree mediría unos 15 metros de altura, se quedó a la mitad, pues en el año 1958 cuando cae Pérez Jiménez se suspenden los trabajos de construcción y se abandona el proyecto. Desde entonces, sugiere López, las obras dejaron además unas tierras sin la compactación adecuada. A partir de ahí fue cuando comenzó la invasión por el valle del Carmen de Uria y las construcciones por el abanico del cauce fluvial que se mantuvieron en pie “hasta que en 1999 el río volvió a su cauce”.

¿Qué pasó después de la tragedia? Operativos de rescate, reencuentros, incremento en las cifras de pérdidas humanas; al punto de no conocerse aún con exactitud cuántos decesos hubo. También comenzó a crecer el número de nombres en las listas de desaparecidos, y las búsquedas incluso en otras costas nacionales.

José Luis López Sánchez reconoce que a partir del año 2000 se hicieron gran cantidad de esfuerzos para proteger al estado de desastres como los ocurridos el año anterior. Fueron construidas 62 presas de retención de sedimentos en la entidad y 30 estaciones de medición en diferentes cuencas.

-¿Fue suficiente?

-En Vargas se ha creado una sensación de falsa seguridad. La población siente que está segura y una vez más están ocupando las riberas de los ríos y construyendo sobre los que se llaman abanicos fluviales, que son sectores planos donde el río por naturaleza deposita los sedimentos y donde ya una vez ha reclamado su terreno.

Un salto atrás El descuido sigue dándole cada vez más terreno al peligro en Vargas. López Sánchez estima que, al menos, la mitad de las presas que fueron construidas luego del 99 están sedimentadas en su totalidad o han sido dañadas y deterioradas por la falta de mantenimiento.

Lo mismo ha ocurrido con las estaciones de medición. “Han sido desmanteladas”, denuncia. Estos sistemas de alerta temprana podrían evitar desastres a futuro.

La tragedia de Vargas trajo consigo la creación de grupos de prevención de desastres. El principal fue Corpovargas, equipo que se encargó de construir varias de las obras que disminuirían los riesgos en la entidad ante la llegada de lluvias torrenciales. Sin embargo, esto apenas duró unos escasos diez años.

En 2011 Corpovargas, la entidad gubernamental creada para ocuparse de las consecuencias de la tragedia y la reconstrucción regional, dejó de funcionar y la pregunta que se hace López Sánchez es quién o qué organismo quedó encargado de hacer seguimiento y mantenimiento a las obras levantadas.

Por ello Vargas sigue estando indefensa. El impacto climático, agrega el experto, puede ocasionar lluvias cada vez más potentes. Muchas de las presas que se encuentran operativas, según López Sánchez, están hasta el tope por lo que no pueden retener más sedimentos, se ha construido sobre el paso de las quebradas y “las presas no guardan seguridad apropiada”.

“Incluso si tu excavas debajo de las casas se ve que fueron construidas sobre rocas que han sido depositadas por algunos torrenciales en el pasado. El hombre sigue construyendo sobre parte del lecho fluvial”, dice.

El especialista en fluidos afirma que debe reconocerse que el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inameh) hace un esfuerzo para recuperar las estaciones que están en mal estado. En este sentido, señala que al momento de levantar nuevas estructuras de prevención deben hacerse los estudios necesarios del terreno. Así como también, establecer intervalos de tiempo para realizar el respectivo mantenimiento.

“Hay que recuperar la infraestructura existente: las presas, las estaciones de medición y ejercer las normas de ordenamiento del uso de la tierra, las cuales impiden la construcción de viviendas en las adyacencias de los ríos”, puntualiza. Además, hace énfasis en que debe seguirse el mantenimiento a los sistemas de drenaje y macrodrenaje, que con cada lluvia evidencian su vulnerabilidad.

Vargas no está exenta de riesgos, pues “las lluvias torrenciales son cada cierto tiempo”. Hay que prevenir, para que el tiempo no obligue a perder la memoria, de nuevo.

¿Quién pasa la factura? Cuando ocurrió la tragedia de 1999 en el estado Vargas, la precariedad en el desarrollo urbano era notoria. Así como también el congestionamiento de la red vial, el deterioro de los servicios públicos, la ausencia de programas de emergencia y la carencia de obras hidráulicas para el control de torrentes. Así lo refirió el exministro de Ciencia y Tecnología y de Desarrollo Urbano Carlos Genatios, en la investigación  Vargas: Desastre, proyecto y realidad.

El estudio presentado ante la Academia Nacional de Ingeniería y el Hábitat recuerda que las lluvias anuales en la entidad son de 510 milímetros (mm) de agua pero en el 1999 se multiplicaron casi cuatro veces hasta alcanzar los 1910 mm. Solo el 14, 15 y 16 de diciembre -días en los que ocurrió la catástrofe- se reportaron 911 mm de agua producto de las fuertes lluvias, lo que condujo a que los riachuelos se convirtieran en grandes ríos que con pendientes mayores a los 30 grados se lo llevaron todo a su paso en un gran alud torrencial.

240.000 personas resultaron afectadas, mientras que otras 100.000 fueron evacuadas. 8.000 viviendas quedaron destruidas al igual que cinco hospitales y ambulatorios. Tras el deslave 85% de la vialidad troncal fue arrasada, junto a 30% de las escuelas del estado.

“La tragedia obligó a entender, de una manera brutal, que un desastre no es sólo el producto de un fenómeno natural, sino, sobre todo, de la intervención humana, del bajo nivel de desarrollo social, de la falta de planificación, y de la debilidad institucional”, infiere Genatios.

A su juicio, lo ocurrido dejó claro cuán vulnerable es la sociedad venezolana en los temas de prevención de desastres por las lluvias excepcionales y que no ha cambiado pese al paso de los años y a los intentos que se hicieron para prevenir los desastres de esta índole en Vargas.

Fueron 63 presas de retención de sedimentos las que se construyeron a partir del año 2000. 37 de ellas fueron presas cerradas y otras 26 de tipo abiertas. Del total, 44 (70%) eran de gaviones, 14 de concreto, tres tubulares de acero y dos de redes de anillos de acero.

Todas estas fueron realizadas en las 23 cuencas que causaron más desastres: Anare, Camurí Chico, Camurí Grande, Cariaco, Carmen de Uria, Cerro Grande, Curucutí, El Cojo, El Tigrillo, Germán, Galipán, Guanape, La Zorra, Las Pailas, Macuto, Mamo, Naiguatá, Osorio, Piedra Azul, Punta Care, Quebrada Seca, San Julián y Tacagua.

La planificación y coordinación para todos estos proyectos se emprendió 20 días después de la tragedia, a partir de la creación de la Autoridad Única de Área del Estado Vargas (Auaev), a cargo de Genatios, en la cual se conformaron comisiones técnicas con 200 profesionales que se encargarían de evaluar el fenómeno, estudiar los cambios que se produjeron en las cuencas, las amenazas sísmicas y de allí idear los planes de desarrollo urbano, vialidad entre otros.

Pero nunca le fue atribuida la responsabilidad de ejecutar las obras. “Las labores de remoción de escombros, fueron realizadas bajo la directa orden de los ministerios de la Defensa, Ambiente y Recursos Naturales e infraestructura”, rememora el texto.

“La visión que esa institución tenía de su labor, estaba centrada en el objetivo de crear los planes que pudieran conducir a lograr un estado Vargas reconstruido y en proceso de desarrollo, con criterios urbanísticos de alta calidad. Se apuntaba a conseguir un litoral con alta seguridad y calidad ambiental, con el fin de garantizar una buena calidad de vida y el desarrollo adecuado de actividades comerciales, turísticas y recreacionales, tanto para sus habitantes como para los visitantes”, señala el estudio.

Sin embargo, según la investigación, con la ejecución de estas obras Vargas continúa vulnerable. No se siguieron los protocolos recomendados por los expertos y se levantaron obras que podrían ceder ante los fuertes embates de la lluvia.

El 6 de junio del año 2000 fue creado Corpovargas con el objetivo de levantar los planes de desarrollo ideados por el equipo profesional y técnico que conformaba la Auaev. Al primer año de haberse creado el cuerpo no hubo avances. El primer presidente de organismo fue el ingeniero Umberto Fontana, destituido dos meses después de su designación, luego de esto se nombró al vicealmirante Quintana Castro como máxima autoridad de ente pero en su ejercicio tampoco hubo mayor adelanto de las obras y mucho menos de los programas de desarrollo: El alegato fue la falta de recursos.

La ausencia de recursos fue la excusa en varias ocasiones para justificar la lentitud en la construcción de las obras e incluso en lo cambios abismales que se hicieron a los proyectos de la Auaev.

Un año después, en 2001, fue designado el coronel Alejandro Volta como el nuevo presidente de Corpovargas, su tarea sería ejecutar las obras de prevención que para ese entonces se estaban retrasadas. Durante su gestión dirigió la construcción de los torrentes en el Litoral Central, solo que según Genatios, su dirección desobedeció los lineamientos de los profesionales y dejó la seguridad de la población a la buena de Dios.

Llamó particularmente la atención, el uso de gaviones en la construcción de presas abiertas de control de sedimentos, y la ausencia de estribos que garantizaran el necesario empotramiento de distintas represas construidas. Estas alteraciones de los proyectos originales de la Auaev pueden traer como consecuencia que el nivel de riesgo de la población sea superior al previsto.

El experto explica que al ser estas piezas construidas con este material son incapaces de resistir el impacto de los materiales que son arrastrados por las fuertes corrientes. Así como también, los flujos de barro de alta densidad y piedras de grandes dimensiones. Advierte que así como el lodo logró arrastrar rocas de más de diez toneladas “pueden también fácilmente desplazar gaviones que funcionan por gravedad. La construcción de represas con estos gaviones representa una amenaza adicional para la vida”.

Otro de los problemas que tuvieron las obras que ejecutó Corpovargas según lo señalado por Genatios fue en la colocación de dos presas abiertas de gaviones en la quebrada Las Comadres, el exministro detalla que la presa de mayores aberturas se colocó aguas abajo mientras que la de menores aguas arriba, hecho que representa una violación de los más elementales principios en el control de sedimentos.

La respuesta que dio Corpovargas a las denuncias hechas por Genatios y parte del cuerpo de los profesionales que conformaron la Auaev fue que no justificaban invertir tanto dinero en cuencas que solo funcionarían 60 días al año.

El cuerpo en 2002 emitió el comunicado  Documento de justificación de modificaciones efectuadas por Corpovargas a los proyectos de Control de Torrentes  en el que alegó que “las canalizaciones propuestas implican aproximadamente 70% de la inversión estimada en cada una de las cuencas a proteger, cuyo funcionamiento será por un período de no más de 60 días al año, lo cual no se justifica considerando la relación beneficio-costo”.

Lo que espera el experto es que el tiempo y la naturaleza no sean quienes pasen la factura.

Dos goticas en Vargas A 20 años del deslave de 1999 lo que vaticinan expertos e integrantes de cuerpos de defensa y seguridad del estado es que una tragedia podría estar en puertas por la desidia del Gobierno. Aseguran que el desbordamiento de los ríos y la anegación de las arterias viales, apenas llueve, desmienten los planes preventivos que el gobierno regional dice haber llevado a cabo.

En entrevista a  TalCual   el Especialista en respuesta a Emergencias y Gestión de Riesgos por la Universidad de Texas A & M, Gilberto León, denuncia que al Estado se le olvidó lo que es hacerle mantenimiento a las torrenteras de los ríos y por ello se encuentran con exceso de sedimentos.

León explica que la hidrogeomorfología propia de una zona como el litoral central ha sumido a la entidad en la recurrencia de fenómenos naturales generadores de daños como perturbaciones atmosféricas y tormentas; a lo que se suma que las gestiones deficientes de las autoridades regionales han incrementados los niveles de riesgos.

Con ello coincide un integrante de Protección Civil que prefiere mantenerse en anonimato por miedo a represalia en su contra por parte del régimen de Maduro. El informante agrega que cuando “caen dos goticas” la entidad colapsa casi en su totalidad porque los sistemas de drenaje funcionan a medias y las calles y avenidas se anegan.

“Una llovizna delata la situación en la que se encuentra el sistema”, dice.

La fuente alerta que Vargas no ha dejado de ser un territorio de alto riesgo y el descuido de las autoridades ha empeorado la situación. El integrante de PC devela que las autoridades siguen usando como alegato “la falta de recursos” para justificar la ausencia de mantenimiento.

Asegura que una de las razones por las que se abandonó la atención a las cuencas fue la cantidad de recursos materiales que se necesitan para hacer estos trabajos

Amenaza latente En Vargas la amenaza de los aludes siempre está presente. En 2005 se repitieron lluvias excepcionales que también causaron estragos, para ese entonces apenas se había construido 21 presas de las cuales dos fueron destruidas y las 19 restantes sufrieron daños menores.

Se calcula que ese año se acumularon 114.000 metros cúbicos (m3) de sedimentos en las presas Curucutí, que pasa por zonas como La Pedrera y Montesano y Piedra Azul, río en cuyas adyacencias se encuentra la comunidad El Rincón, en Maiquetía.

Cinco años después nuevas lluvias volvieron a azotar el Litoral Central. En este evento se calcula que 160.000 m3 de sedimentos se acumularon en las presas, así fue referido por expertos en la materia durante el foro  Los aludes torrenciales de 1999 en Vargas: 20 años después , realizado en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Durante la ponencia se aseguró que así como hay algunas presas que han cumplido su función otras necesitan mantenimiento urgente mientras que algunas requieren ser reconstruidas. Así como también resaltaron que se deben actualizar los mapas de amenazas y reacondicionar las estaciones de medición.

El presidente de la Academia de Ingeniería y Hábitat, Eduardo Buróz, también afirma que los aludes torrenciales en Vargas son más frecuentes de lo que la memoria permite recordar. Cita un recuento hecho en la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales por Eduardo Rohl en 1949, sobre un devastador alud ocurrido en 1798 en el río Osorio en La Guaira.

Según lo expuesto por el académico durante su participación en el foro, Rohl habría registrado además  riadas y aluden en la primera mitad del siglo XX en Vargas y otras zonas del país: en 1914 en Puerto Cruz, en 1927 en Las Trincheras y El Palito, Carabobo; en 1938 en Maiquetía, estado Vargas en la entrada de aguas de 1944 en Chichiriviche de la Costa y en la salida de aguas de ese mismo año en Mamo, y un evento extendido de Maiquetía a Camurí Chico en 1948, lo cual es clara manifestación de sucesos frecuentes.

Por esta razón Eduardo Buróz enfatiza en que las autoridades deben minimizar los riesgos y sobre todo sembrar cultura preventiva en la entidad pues así como la amenaza de los aludes siempre está presente siempre se terminan borrando de la memoria estos grandes desastres por considerarlos “poco frecuentes”.

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