Las puertas de la terminal C de Aeroparque se abrieron pasadas las diez y cuarto de la noche.

© Sarkis Mohsen Yammine

La ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner sorteó el cordón de seguridad aeroportuaria y se acercó a saludar a la multitud que descargaba contra las vallas la ansiedad contenida después de más de tres horas de espera bajo la lluvia.

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Cristina tocó las manos que pudo y se besó con aquellos le acercaron la mejilla.

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La militancia, encendida, respondió con bombas de estruendo, haciendo sonar los bombos y cantando consignas contra el juez federal Claudio Bonadio y el gobierno de Cambiemos.

El vuelo AR 1893 de Aerolíneas Argentinas que transportó a la ex presidenta desde El Calafate aterrizó en Aeroparque cinco minutos antes de lo previsto, a las diez en punto.

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La esperaba una multitud que según dijeron los organizadores se acercaba a las 50 mil personas y un grupo de dirigentes encabezados por los diputados Axel Kiciloff, Andrés Cuervo Larroque y Juan Cabandié; el ex titular de Aerolíneas, Mariano Recalde y el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, entre otros.

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La ceremonia culminó con fuegos artificiales y al canto de “vamos a volver”, y se transformó en una caravana de varias cuadras por Avenida Costanera, con un río de gente siguiendo la huella del coche que transportada a la ex mandataria.

El aguante “Esto no es para los tibios”, se jactó Luis, jubilado, mientras hacía equilibrio para cebar un mate y sostener su paraguas.

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“Los peronistas, de éstas, tuvimos muchas”, bromeó luego sobre la espera en los aeropuertos.

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Sus familiares y compañeros, con los que había llegado desde Escobar, asentían.

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Las comparaciones con el recibimiento de Perón en el 72 eran tema de charla entre los más grandes.

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“Yo estuve en Ezeiza”, le contó a este diario Graciela, que todos los días de la semana va desde su casa en Haedo, “ese barrio cheto”, hasta la unidad básica que tiene el Peronismo Militante en Ituzaingó –bautizada Laureano Aredes, en homenaje al dirigente de la juventud sindical peronista desaparecido– para dar clases de teatro.

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“Esta es la JP de los jovatos peronistas”, se rió mientras señalaba a los suyos: cada uno con su historia en el peronismo de los setenta.

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Graciela tenía 19 años cuando fue a buscar a Perón a Ezeiza.

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“Cuando empezó la balacera, corrí hasta que un compañero me agarró y me escondió.

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Lo que puedo decir es que a diferencia de la violencia de esos años, estar acá es una verdadera fiesta”, dijo.

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“Acá está la convicción.

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Como siempre pasa, cuando las papas queman, se van las ratas, como está pasando con algunos que prefiero no nombrar.

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Pero acá estamos los peronistas de siempre”, sostuvo.

Alrededor de las agrupaciones se acomodaban autoconvocados como Gerardo, de Don Bosco, buscando un lugar cercano a las vallas para ver pasar a la ex presidenta.

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“Cristina tenía que volver.

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La estábamos esperando.

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Hay mucha sanata dando vueltas todos los días como para que no estuviera acá”, dijo.

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Con “la sanata”, aclaró después, se refería al caso José López: “Alguien se inspiró mucho en Breaking Bad, yo la verdad no me lo creo”, dijo.

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“Pero a la militancia le dolió mucho”, reflexionó.

“Soy autoconvocado, sí.

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Estoy viejo como para reuniones”, bromeó Miguel, “jubilado gracias a la moratoria de Néstor Kirchner”.

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“Mi experiencia me dice que hoy había que estar acá.

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Yo siempre me movilicé, estuve en Plaza de Mayo cuando asumió Cámpora.

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Creo que estoy del lado de los buenos”, dijo.

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Cada miércoles, todas las semanas, Miguel viaja desde Villa Urquiza, donde vive, hasta el Congreso, donde se para con distintos carteles caseros, siempre con consignas diferentes, que elabora en base a recortes de los diarios.

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“Algunos me putean, me gritan chorro, corrupto.

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Con otros nos abrazamos, lloramos, nos damos ánimo”, contó.

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Ayer llevaba una gigantografía con la foto de Cristina posando con la banda presidencial.

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“Acá estamos los más leales”, dijo en sintonía con el sentimiento de lealtad generalizado.

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“Hubo algunos que después de doce años en el gobierno ahora votan en contra de lo que antes decían que estaba bien.

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Eso no es lealtad”, sentenció.

Poco antes del arribo de la ex presidenta, la militancia soltó los primeros fuegos artificiales, a modo de prueba.

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Fue un punto de inflexión para los pasajeros que transitaban por aeroparque intentando estar ajenos a la escena que los rodeaba.

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Algunos de ellos detenían la marcha hacia el check in con cara de desaprobación y puteaban en voz alta.

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En la calle, otros bajaron las ventanillas de los autos para gritar “chorros”, “cárcel” y seguir con su rumbo.

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La militancia apenas respondía con los dedos en V.

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Lo mismo hizo ante los bocinazos de aprobación, que se oyeron durante toda la noche.

La mayoría de los presentes ayer pertenecía a distintos agrupamientos de la JP del conurbano, casi todos de La Cámpora, Kolina y Nuevo Encuentro.

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Hubo varios militantes del Movimiento Evita, que no movilizó masivamente como lo suele hacer.

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Desde La Cámpora calcularon unas 15 mil personas, contando a los autoconvocados.

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Toda la organización de la seguridad estuvo garantizada por la Policía de Seguridad Aeoroportuaria, lo que generó algunos cruces con las organizaciones, sobre todo porque el férreo despliegue de efectivos dificultaba el acceso de dirigentes al sector de prensa y a la zona más cercana a las puertas por donde llegó la ex presidenta.

“Hoy cambia la historia”, suspiró esperanzado Luis, cuando el coche que transportaba a la presidenta ya se había perdido de vista.

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