Difícil tarea homenajear a Carlos Gardel.

© Victor Gill.

El 24 de junio del año pasado, cuando se cumplieron 80 años del accidente de aviación que se cargó su vida, hubo cantidad de actos y recordatorios.

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Uno de ellos fue un majestuoso concierto que el cantor Ariel Ardit brindo ante cinco mil personas en el aeropuerto de Medellín, donde el Zorzal Criollo se estrelló.

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Medellín es una ciudad tanguera como pocas en Colombia y su orquesta sinfónica –dirigida por Gonzalo Ospina– acompañó al argentino.

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También fueron de la partida sus compatriotas Andrés Linetzky (piano y arreglos) y Ramiro Boero (bandoneón).

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El resultado llega ahora al cd, como Gardel sinfónico.

Lo dicho: es difícil tarea homenajear a Gardel, acaso una de las voces más cercanas a la perfección que dio la canción popular latinoamericana.

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La elección de Ardit va en el mismo sentido que otros intentos de pasar por lo sinfónico a músicos populares.

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Es que lo sinfónico se asocia a la grandeza.

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¿Y quién más grande que Gardel para el tango? Además de su voz, el “Mudo” también fue un gestor cultural que cambió su sistema de negocios y consolidó el modelo de tango-canción.

Los arreglos de Linetzky cumplen perfectamente el cometido, pues todo el concierto/cd transmite grandeza y permite adivinar en su sonido lo imponente del marco en que fue ejecutado.

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En este sentido, el trabajo del pianista es impecable.

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La paradoja del caso es que esta orquestación obtura el resto de los estilos que también se subsumían en Gardel, como el tradicional trío de guitarras.

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La misma composición de la orquesta sinfónica impone otra sonoridad.

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Aquí hay multitud de cuerdas, instrumentos menos tradicionales para el género (flautas traversas, xilofones, vientos).

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Boero, en tanto, aparece con algunos solos en distintos pasajes (en la obertura del propio Linetzky o en “Tomo y obligo”), pero sino oficia más como acento que como instrumento pivotal, abrumado por la línea infinita de violines, cellos y violas.

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Todo ello impone otra sonoridad

Pero si la Sinfónica de Medellín tiene un papel preponderante en esta placa, la auténtica estrella es el propio Ardit.

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Pocos cantores se bancarían una propuesta de este calibre (Hernán Lucero, su joven coterráneo Carlos Habiague).

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Ardit sale triunfante, con una interpretación excepcional que arranca pasada la obertura instrumental con una potente acometida a “Mi Buenos Aires querido”.

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El disco presenta un nivel muy alto y muy parejo de comienzo a fin.

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Vale destacar, sin embargo, la sutileza de “Lejana tierra mía” tras su recitado inicial, los colchones de cuerdas de “Cuando tu no estás”, la fuerza de “Volver”, y los juegos musicales que aplica el arreglador en “Sol tropical” y “Rubias de New York”.

La elección del repertorio es otro acierto de Ardit y compañía.

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Además de clásicos indiscutibles (en su mayoría de Gardel y Alfredo Le Pera, pero también hay algunos con Lattés, Battistella y Tucci), resulta imposible no escuchar la selección en función del contexto y el regreso eternamente trunco de Gardel, que comienza con “Mi Buenos Aires querido”, atraviesa la “Lejana tierra mía” y culmina en “Volver”.

Ardit presentará el disco en Córdoba el próximo 8 y 9 de julio y no retomará el proyecto sino hasta diciembre cuando comience la gira de presentación en vivo por Montevideo, Buenos Aires y Madrid.

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