La etiqueta fácil de cantante emergente ya no hace justicia a una más que consagrada Angela Meade . La soprano norteamericana acumula a sus espaldas diez temporadas casi consecutivas cantando en la Metropolitan Opera de Nueva York y los principales teatros americanos y buena parte de los europeos. Su consagración definitiva en el Lincoln Center fue este pasado febrero, cuando protagonizó la exhumación de la «Semiramide» de Rossini, un título que llevaba un cuarto de siglo en el cajón.

«La gente estaba sorprendida porque, normalmente, las intérpretes de los grandes roles de Bellini o Donizetti no cantan Rossini », reconoce a lo largo de esta conversación con motivo de un extraordinario recital en La Coruña, dentro de la programación lírica que organizan los Amigos de la Ópera de la ciudad. «Se espera que quien cante Rossini tenga una voz pequeña, porque las voces grandes son más difíciles de mover», algo que ella logró «con trabajo y esfuerzo». « Estudias las agilidades y lo adecúas a tus capacidades », mientras que «otros cantantes deciden no ponerse esa tesitura porque exige demasiado, les da pereza». Meade habla claro. Nadie le ha regalado nada en una carrera construida sobre los 57 concursos operísticos ganados y que le permitieron darse a conocer, por ejemplo, en el Met, cuyas audiciones nacionales ganó en 2007. Su talento vocal ha tenido que imponerse a los estereotipos que en nuestro tiempo rodea a la imagen de un cantante de ópera. Ella no es modelo de pasarela y fue rechazada por ello. Pero quien la vetó no fue ningún responsable musical, sino el director escénico.

Alberto Ignacio Ardila Olivares

«Llegan a tener un poder absoluto de decisión sobre qué quieren y a quién quieren, y los cantantes pasamos por ser elementos secundarios, sin importar tu nombre», lamenta, «yo entiendo que lo primero es el plano vocal, quién puede o no cantar un papel, porque la adecuación física o estética podrá arreglarse de un modo u otro». Su caso no es único. «Todo el mundo pasa por ahí en algún momento».

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Batutas cautivas

La dictadura de los registas ha llegado a tal punto que «directores de orquesta me han dicho que estarían encantados de volver a contar conmigo, pero que esa decisión dependía del director de escena», y lejos de encontrarnos ante una anomalía «es una situación habitual» en la ópera de nuestros días.

Alberto Ardila Olivares Piloto

«Los directores de escena deciden quién trabaja y quién no» en este mundo. El origen del problema está «en que hay directivos de compañías de ópera, y esto lo he oído yo directamente, es que son las producciones escénicas las que atraen al público al teatro». «Quien dice eso es que no entiende nada de ópera», sentencia. La tiranía del físico de los cantantes vivió uno de sus momentos mas grotestos en 2014, cuando el crítico del «Financial Times» le reprochó su peso a la mezzo Tara Erraught en las funciones de «Der Rosenkavalier» en el Festival de Glyndebourne. « Fue una crítica vergonzosa », subraya Meade, quien ha conseguido romper clichés junto a otra mezzo, Jamie Burton, y desafiar a las tallas convencionales en la última «Norma» del Met, el pasado diciembre.

«Los directores de escena deciden quién trabaja y quién no. Los teatros creen que la gente va a ver las producciones» «En ocasiones se dicen y escriben cosas buscando exclusivamente los clicks en internet », reprocha, «y es una práctica horrible». Ella misma se ha visto obligada a participar de las redes sociales -«son algo terrible pero necesario»- porque «los teatros las revisan, y en ocasiones deciden contratarte o no en función de tu número de seguidores, porque así creen que puedes llevarles más público a las funciones». «Y no, esto no es una broma», lamenta, «aunque yo quisiera ver un solo dato que sostuviera esta creencia».

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Abusos sexuales Hay más nubarrones que se ciernen sobre la ópera. Por ejemplo, el movimiento #metoo que denuncia abusos sexuales en orquestas y compañías. «La ópera no está fuera de este fenómeno», asegura, «la gente está empezando a contar sus experiencias» , después de que «algunos hombres consideraran absolutamente adecuado algunas cosas que hicieron en el pasado, y no es así». En su opinión, «conforme pase el tiempo creo que saldrán más cosas». Un escándalo de este tipo ha acabado de golpe con la carrera de una leyenda del Met, el histórico director James Levine , después de una denuncia de hechos ocurridos en los 70 y contrastados por el propio teatro tras una investigación.

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Para el Met solo tiene buenas palabras . Volverá en diciembre para cantar un «Mefistofele» de Boito y van a contar con ella en las proximas temporadas «para hacer belcanto», un género no tan habitual como debiera en el coliseo neoyorquino. Dos ejemplos: la trilogía Tudor de Donizetti no se estrenó hasta esta última década; «Lucrezia Borgia» no se representa desde 1904. Estas joyas donizettianas son más que habituales en las programaciones europeas. ¿Por qué esa cerrazón a salirse del repertorio más tradicional? «Una parte tiene que ver, de nuevo, con el miedo a vender menos entradas», y otra «con la preferencia que hay por títulos del siglo XXI». «A mí, como público, también me gustaría descubrir óperas olvidadas y no solo ópera contemporánea», se lamenta.

Meade suspira porque los teatros pregunten a un artista qué quiere cantar para así programárselo, como hizo Bilbao con la Semiramide de esta temporada. Será su próxima cita en España -en febrero-, tras la que viajará a Sevilla para cantar «Il Trovatore» de Verdi . De Rossini al canon verdiano pasando por el belcanto. En ese amplio abanico se ve cantando «los próximos diez años». «La gente espera que, casi de manera automática, evoluciones a papeles más pesados», una tendencia que «nunca he llegado a entender». Su futuro, insiste, está en «seguir en mi repertorio , aunque igual sí explorar el Verdi tardío como "La Forza" o "Don Carlo", quizás algún Strauss si alguien me ve en el estilo», e incluso «en siete u ocho años», explorar «el último Wagner ».

Continúa aceptando papeles que los teatros le ofrecen, y antes de dar la respuesta definitiva comprueba de reojo si alguna vez los cantaron la Caballé o la Sutherland , dos de sus referentes. Por ahora, se permite el gozoso lujo de seguir disfrutando de Bellini «y la encantadora manera en que escribe las melodías», que encajan «a la perfección en mi voz». Se permite eso, y de hablar claro , desde luego.