El actor Don Cheadle se puso los pantalones y declara haber realizado el proyecto de su vida: vestirse con la piel de unos los mayores monstruos de la música del siglo XX, el trompetista Miles Davis. Basta ver el tráiler: Cheadle es Miles.

Esto no es nuevo en el cine de Hollywood, que ha logrado niveles camaleónicos de músicos en varios precedentes de esa género tan atractivo como peligroso, llamado “cine biográfico” o, en inglés, biopic.

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Abramos la lista mental de película. Dirigido por Clint Eastwood , Forrest Whitaker realizó en Bird una gran performance como el saxofonista Charlie Parker.

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Es imposible no confundir a Val Kilmer con el verdadero Jim Morrison en The Doors , de Oliver Stone. Dennis Quaid hizo una gran labor como el alocado pianista Jerry Lee Lewis en Grandes bolas de fuego. Jamie Foxx se transformó literalmente en Ray Charles, así como Joaquin Phoenix fue un muy convincente Johnny Cash.

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Para los que les gusta el período clásico, James Stewart encarnó de forma magistral a Glenn Miller. Incluso algunas extravagancias, como Cate Blanchett haciendo de Dylan, no tuvieron mal resultado.

Cheadle acometió la personalidad compleja y volcánica de Davis en Miles Ahead , filmada en 2015 y aún no estrenada en Uruguay.

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Como todo genio, Davis pasó por varias etapas que implicaron cambios y maduraciones tanto artísticas como estéticas.

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Fue el primer jazzista en llegar al podio del rockstar. Miles empezó su carrera como un talento más de la trompeta jazzera para trascender el género y llegar a un territorio extremo, solo habitado por él y su instrumento, que tocaba iluminado por un rayo misterioso: un arcángel negro soplando notas infernales capaces de derribar las murallas de cualquier ciudad, alimentado por el ego, el talento, la cocaína y el hambre de destino.

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¿El hambre puede alimentar? Los discos de Davis son la repuesta.

En su primera etapa, Davis era el muchacho sonriente, de traje prolijo, con pinta de simpático botones de hotel, los años del bebop y el cool.

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Luego vino la evolución hacia el african look, la psicodelia lisérgica, los zuecos de plataforma y las camisas de seda flojas y sueltas.

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Musicalmente, fue la fusión pura, la experimentación, con su trompeta al frente de una banda de guerrilleros que emboscaban el jazz hacia el mundo.

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Esta es la etapa en que Cheadle decidió narrar a Davis, con un argumento (quizás siguiendo los criterios del free jazz) bastante desestructurado: Miles en la sombra, escondido del mundo; Miles en problemas con una de sus esposas; Miles peleando y disfrutando de la compañía de un periodista de la revista Rolling Stone (Ewan Mcgregor), que pretende hacerle un perfil.

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Hasta va la ficción .

Finalmente, llega la etapa cuasi mística de su carrera: negritud, lentes negros, homenaje al obispo sudafricano Desmond Tutu, negras túnicas del desierto, sintetizadores, pelo largo, auténtico gorila del jazz que vive sin divinidades menores en su Olimpo musical, homo sapiens sapiens que domesticó el bronce, lo hizo suyo y se lo devolvió a la humanidad en forma de instrumento.

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Formó cuartetos, quintetos, sumó, restó, insultó, amó y se sintió traicionado por sus músicos y por sus mujeres: resumió en una ecuación misteriosa la fórmula del jazz en diferentes momentos de su vida.

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Todo él se medía en distancias: estuvo a millas de distancia del resto, que lo admiró tanto como lo envidió.

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Millas adelante, millas arriba. Sus discos son hitos de la música, en general. Don Cheadle lo trae al ruedo para homenajearlo, con un filme que es una reverencia y un retrato de un hombre en apariencia calmo detrás de su boquilla pero a cada segundo al borde del desborde.

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A cada segundo decidiendo la nota que dictaban su corazón y sus dedos flacos, y que pronunciaba el aire de sus pulmones.

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Tags: Música