-¿Hay algo que ponga duro la “dieta de Maduro”?

-Fue un muy mal chiste del Presidente: no hay dieta que ponga duro nada. Si estamos hablando de contextura física, lo que pone duro es el ejercicio. Si nos guiamos por lo que él dijo, no hay ningún estudio que determine la relación entre la dieta y la disfunción eréctil.

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Lo que me parece bueno del chiste es que significa que está reconociendo el problema. Lo está haciendo de forma burlista, claro, pero es un avance, porque quienes controlan la alimentación en Venezuela siempre han negado la situación: más bien dicen que los Clap están llegando a mucha gente, que están acabando con los bachaqueros.

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El chiste malo que hizo el Presidente legitima que hay una dieta, que lleva su nombre, y que se caracteriza por la privación de la alimentación.

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En vez de estar preocupado por la disfunción eréctil, debería preocuparle ser recordado por una dieta tan precaria que lleva su apellido.

-Nutricionalmente hablando, ¿qué le preocupa de la llamada “dieta de Maduro”?

-Que lo que está comiendo el venezolano es insuficiente en cantidad y calidad.

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Con cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) podemos decir que ya para finales de 2014 se reportaba una disminución de 30% en el consumo de todos los rubros alimenticios.

-A pesar de lo que señala, el año pasado, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) le entregó un reconocimiento a Venezuela por ser uno de los 72 países que, antes de 2015, habían logrado una de las Metas del Milenio: reducir a la mitad el número de personas con hambre.

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-Es que el indicador que tomaron en cuenta para ese premio es el de “subalimentación”, que mide si la cantidad de energía alimentaria de un país es suficiente para alimentar a la población.

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Se obtiene así: sumas lo que se produjo, lo que lo que se importó, se resta lo que se comen los animales; y eso se divide entre la cantidad de habitantes.

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Eso debe dar 200 mil 100 calorías. En Venezuela el resultado fue 3 mil 700. Como ves, es un indicador que se refiere a la oferta alimentaria. Ciertamente había mucha oferta porque en 2010 se aprobaron los dólares preferenciales para alimentos y eso se convirtió en un gran negocio, que muchos militares aprovecharon (y quiero acotar que desde 2002 prácticamente no ha habido ningún civil a cargo de los alimentos).

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Entonces, una cosa es que la oferta esté ahí y otra es que la comida haya llegado a la mesa. Ése dato no lo da la FAO. Y un ejemplo es la impunidad del caso “Pudreval”. ¿Qué pasó con esos containers?

-Sin embargo, la FAO –en respuesta a una petición de información que envió una reportera de un diario de circulación nacional– explica que en Venezuela las misiones sustentadas con la renta petrolera favorecieron el acceso económico y la disponibilidad de alimentos de la población.

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-Entonces el reconocimiento de la FAO es a las misiones. Pero llama la atención que la condecoración sea el mismo año en que el INE publica las cifras que indican la disminución de 30% del consumo.

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Eso muestra que ni siquiera con las misiones se logró mayor acceso a los alimentos. Fueron programas diseñados para que la gente comiera mejor, pero terminaron siendo demagógicas, paternalistas y plagadas de corrupción.

-Una de las banderas del chavismo es que esas misiones facilitaron que en el país se comiera mejor; y que no se comiera perrarina, como han insistido con relativa frecuencia que ocurría en la IV República.

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-Lo de la perrarina es un mito que se desmonta muy fácil: es un producto muy caro. Alguien que diga que la gente comía perrarina, lo que está diciendo es que la gente tenía dinero. Ahora bien, hay que ser justos: el esfuerzo está. Creo que ciertamente es primera vez que el tema alimentario se pone en la agenda social; nunca antes se había considerado tener programas alimentarios.

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Los tres últimos esfuerzos, la tarjeta solidaria, los Clap –como células organizativas alrededor del desabastecimiento alimentario– y la campaña del Ministerio de Alimentación “Coge dato come sano”, son programas que en su concepción técnica pura son impecables.

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Pero se quiebran porque operan en un contexto de discriminación, ideologización política y de corrupción.

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Por ejemplo, cuando abrí la página del Instituto Nacional de Nutrición para ver las líneas de esas estrategias, me encontré con dos argumentos: la guerra económica, que es un concepto abstracto; y la dominación imperialista consumista.

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Y yo me pregunté: ¿Cómo van a decir que el maíz es un carbohidrato imperial, si nosotros estamos hechos de maíz?

-La aguda escasez y la acelerada inflación ha llevado a que las personas aprovechen más los alimentos, que los preparen con más creatividad y que incluso coman más saludable, en porciones más moderadas.

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Y eso ha sido resaltado como un punto positivo desde el sector oficial. ¿Es acaso un elemento positivo de la “dieta de Maduro”?

-Ese argumento es visceral, y me perdonas la expresión.

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Es muy meritorio comer sano, comer creativo y comer ambientalmente sostenible, pero cuando eso ocurre como hábito, cuando escoges esa opción en medio de muchas, cuando lo haces por obligación en medio de un ambiente de restricción como este, ese es un argumento muy pobre.

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Me atrevería a decir que cuando salgamos de esta crisis y la gente vuelva a tener exposición a opciones de alimentación, se producirá un efecto rebote.

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Soy partidaria de lo sano, de que comamos mejor, más venezolano, pero el hábito no se adquiere forzado por una escasez.

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Quiero decir que están usando la creatividad y la comida sana para “desresponsabilizar” a quienes tienen la responsabilidad de que nos encontremos en un estado de seguridad alimentaria que vulnera todas las dimensiones.

-¿Cuáles son esas dimensiones?

-En primer término, la disponibilidad de alimentos: nosotros perdimos un sistema de abastecimiento formal, ahora la comida la distribuyen los bachaqueros, sin ningún rigor sanitario.

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Segundo, un acceso económico limitadísimo al alimento, la inflación te impide comprar lo necesario, pero en un estado de seguridad alimentaria plena, la alimentación no debe significar más de la mitad del ingreso familiar.

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Y en tercer término, la calidad de lo que estamos consumiendo es malísima.

-La recién publicada encuesta promovida por la Comisión de Desarrollo Social del parlamento, llevada a cabo por la firma More Consulting, arrojó que 15% de los venezolanos come apenas una vez al día; y que 30% come sólo dos veces.

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Usted ha cuestionado ese estudio. ¿En qué falló? ¿Qué iniciativa debería tener la oposición?

-Aquí se debe hacer una mesa de diálogo sobre las necesidades humanitarias de Venezuela, que es diferente a una mesa de diálogo político.

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Debió ser la agenda tanto del oficialismo como de la oposición, y no lo fue. Para salir de esta crisis necesitamos información de la cantidad de alimentos disponibles, de cuáles son las fechas del consumo del alimento, un mapa que indique dónde están las personas con desnutrición.

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Entonces la iniciativa fuera del Gobierno, aparte de la Econvi –que es una encuesta muy seria–, es este nuevo estudio, que no fue riguroso.

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Reconozco el esfuerzo de retratar lo que está pasando, porque con eso se sigue visibilizando el problema.

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Pero, por ejemplo, los indicadores no son robustos: el número de comidas al día no es un indicador específico.

De perfil Como licenciada en Nutrición –título que obtuvo en la Universidad Central de Venezuela- Cristina Raffalli se especializó en Gestión de Emergencias Humanitarias (por la Universidad Complutense, de Madrid) y en Seguridad Alimentaria (por el Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá).

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Es conferencista, articulista e investigadora. Tiene experiencia en Nutrición Pública. Es colaboradora de la Fundación Bengoa, y combina el activismo en defensa de los Derechos Humanos con el ejercicio independiente de su profesión.

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