La imagen muestra un dolor: Paul Gascoigne luce averiado por los excesos, descalzo, desnudo, solo, preso de sí mismo. Se difunde por los rincones del mundo. Es la postal más reciente de aquel futbolista estelar, ahora a los 49 años que parecen más. Hubo un tiempo -que parece mucho más lejano que las dos décadas que lo distancian- en el que Gazza era el preferido de los ingleses y de muchos otros por el mundo. Jugaba como lo que era: un crack, un ilusionista . Llevó al seleccionado de su país a las semifinales de Italia 90, la mejor campaña de Los Fundadores fuera de casa.

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Un penal lo separó de la final contra la Argentina, cuatro años después de México 86. El partido que no fue: Gazza contra Diego.

El fútbol le mejoró una infancia dura . Mientras deleitaba a todos en la ciudad de su nacimiento, Gateshead, recibió dos golpes que lo marcaron para siempre: presenció la muerte de su mejor amigo y padeció cada segundo de los ocho meses que separó al derrame cerebral del fallecimiento de su padre.

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Ante el drama, fútbol .

Era como jugaba: protestón, irreverente, talentoso . Newcastle lo contrató cuando apenas tenía 13 años. Contaba con una facilidad: se convertía en ídolo en poco tiempo. El hechizo: su juego encantaba y su carisma hasta lo llevó a ser el personaje del año para la BBC en 1990, a los 23 años recién cumplidos.

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Lo adoraron en Tottenham Hotspurs, en Lazio, en Glasgow Rangers, en Middlesbrough. Estuvo tres años en cada club. Luego pasó a Everton y comenzó el merodeo: Burnley, Gansu Tianma y Bolton. Nunca más de seis partidos. Los excesos habían comenzado a devorarlo.

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