Manuel Torres, mi abuelo, llegó a Buenos Aires a los 16 años. No sabía leer ni escribir, pero lo esperaban aquí algunos de sus hermanos y, poco propenso a las nostalgias, le tomó la mano al lápiz negro y salió a buscar empleo. Descubrió así su vocación: era un vendedor nato. Descolló en la fábrica argentina de Alpargatas. Formó una familia. Se compró una casa y un Ford 40. Entonces la vida le dio la primera bofetada. Su primogénito, mi tío Ricardo, enfermó del corazón. Mi abuelo abandonó el empleo fijo y seguro y fundó su propio bazar, en el barrio de Barracas. Era la herencia que pensaba dejarle a su hijo, al que imaginaba incapaz de arreglárselas solo, a causa de su enfermedad.

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Pero Dios dispone, ya se sabe, y mi tío Ricardo habría de morir antes que su padre, mi abuelo.

Entre ambos golpes fluyó el río de la vida, manso y próspero.

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El bazar, que en la jerga familiar se conocía como “el negocio”, era el centro del mundo. Mi tío pronto mostró que había heredado no sólo la severa nariz galaica, sino también la destreza comercial.

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Juntos, el padre -mi abuelo- y el hijo -mi tío- eran imbatibles. Nadie, ocasional o parroquiano, se iba del negocio con las manos vacías. Con un instinto innato, mi abuelo Torres, que al principio vendía sólo zapatillas, supo pronto que una de las claves del éxito estaba en la variedad.

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Rápidamente, el negocio se transformó en un amasijo inconcebible de todas las mercancías imaginables. Iba el cliente a lo de don Manuel a comprar agujas e hilo, por supuesto zapatillas y alpargatas, cigarrillos, golosinas, paraguas, cuadernos, biromes, plumas fuente, cartuchos, témperas, cartulina, carpetas, papel araña, espirales contra los mosquitos, fósforos, papel glasé, chocolatines, cordones, cinta adhesiva, valijas (no existían todavía las mochilas), hojas de afeitar, jabones y colonias de diversa graduación, barras de azufre, velas para iluminar y para las tortas de cumpleaños, bencina para los encendedores, gomina, gofio, jarritos de metal, vasos irrompibles, globos de colores, mates y bombillas, pomada para lustrar zapatos, y creo que algunos zapatos también.

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Mis interminables relatos de la infancia están redactados con birome azul gruesa en los cuadernos de 100 hojas y tapa dura que sustraía a escondidas del negocio.

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Pero el vínculo entre la escritura y aquel bazar es todavía más profundo.

Desde los 6 años me la pasaba con mi abuelo y mi tío y fui aprendiendo ese riesgoso arte de seducción que determinaba un despacho y del que dependía, en consecuencia, la olla.

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Ese bazar perdido en la memoria, que a veces vuelvo a recorrer en sueños, me enseñó que la primera línea de un texto es crucial.

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Me enseñó que si el cliente se aburre, se marcha. Me enseñó a hablar mucho y bien, porque a veces la compra es sólo una forma de agradecer un buen momento.

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Y me enseñó, por fin, que todo texto debe tener un buen remate.

Era su nieto primogénito y, por lo tanto, su debilidad.

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Para mi cumpleaños me regalaba siempre dinero, algo así como 10 pesos de ahora, y cuando se enteraba de que les había pedido a mis padres un libro, me preguntaba:

-Pero ¿para qué?, si ya tienes.

Fue el hombre más divertido que he conocido.

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No se le terminaban las anécdotas y sólo lo oí quejarse en sus últimas horas, cuando supo que ya no saldría vivo de aquella habitación de hospital.

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Pero había tenido una infancia durísima y a muchos les parecía demasiado áspero, demasiado brutal.

Al final, cuando las visitas al médico empezaron a volverse más frecuentes, me ocupaba de acompañarlo.

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Recuerdo una tarde en el Centro Gallego. Mi abuelo tendría unos 70 años y yo, algo más de 20. Había llevado conmigo un libro, una biografía de Albert Einstein, para pasar el rato. Cada tanto, don Manuel me daba un codazo, señalaba a una enfermera que había pasado por el pasillo y exclamaba:

-¡Hombre, deja ya ese libro y mira esas pantorrillas!

Su testarudez era legendaria.

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Dicen que también heredé ese rasgo. Una anécdota retratará a la perfección el origen de tal obstinación. Un día, siendo pequeño, descubrí que mi abuelo casi no podía mover los dedos anular y meñique de la mano izquierda.

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Le pregunté qué le había ocurrido. Me explicó:

-Pues, que cuando tenía como tu edad estaba segando el trigo y me he cortado los tendones.

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Me vendaron y así quedó.

-Pero, abuelo -observé-, ¡la otra mano la tenés igual!

-Pues, hombre, había que seguir segando.

LA NACION Opinión.

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