Hace exactamente 200 años, la ciudad era una pequeña aldea en la que vivían unas 40.000 personas. Muchas de ellas, en busca de modernidad, miraban hacia Europa, entre otras cosas, para inspirarse en la decoración y la arquitectura de las construcciones de las grandes capitales. Esas huellas se pueden ver en las viviendas y los edificios públicos y eclesiásticos que todavía perduran de aquella época y que pueden recorrerse hoy para revivir la Buenos Aires de 1816.

En esa época, las casas de las clases acomodadas eran amplias, tenían varias habitaciones y dos o tres patios con aljibe. Allí, vivían varias generaciones de familiares. Algunas de estas mansiones tenían más de una planta, como la Casa de los Altos de Elorriaga. Construida en 1812, es la única edificación de esa época que conserva sus carpinterías originales y el mirador desde donde se puede ver el río. Hoy, el edificio forma parte de una de las sedes del Museo de la Ciudad.

Otra de las viviendas icónicas de esa época, es la que ocupó Bartolomé Mitre. La propiedad, declarada monumento histórico nacional, llama la atención por su fachada neoclásica de escasa altura en medio de un paisaje de torres vidriadas que la rodean.

“El estilo imperante era el colonial barroco andaluz representado por la casa del virrey Liniers, pero irrumpía el neoclásico doméstico, como el de la casa de Mitre. La propiedad de Liniers tiene muros blancos sin ornamentación y techo de tejas; a diferencia del resto de las construcciones coloniales que tenían las azoteas que fueron usadas para resistir las invasiones inglesas. La de Mitre tiene,en cambio, una austera decoración clásica y es hoy un museo nacional”, explica el profesor de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Buenos Aires Gustavo Brandariz.

Rasgos coloniales Mientras que las viviendas se inspiraban en el estilo arquitectónico europeo, los edificios y los monumentos públicos tenían una impronta colonial. El estilo se puede ver en la Casa Rosada, la Catedral y el Cabildo, en los alrededores de Plaza de Mayo.

“La plaza era el centro de una ciudad, que estaba en veloz expansión. El lugar se dividía en dos: al oeste la Plaza de la Victoria y al este la Plaza 25 de Mayo. Por esa época comenzó a perfilarse lo que era el centro de la ciudad, definido y jerarquizado por su grado de aproximación a la Plaza de Mayo”, explica el arquitecto Alberto Alfaro, autor del libro Revelando Buenos Aires .

Para seguir reviviendo la época de la Independencia, se puede caminar dos cuadras desde la Catedral hacia Monserrat. Allí, está la Iglesia de San Ignacio de Loyola, la más antigua de la ciudad -principios del siglo XVIII- y la primera basílica construida con ladrillos. “Su campanario era el puesto del vigía para descubrir la presencia de piratas en el Río de la Plata. El reloj, de origen inglés, perteneció al Cabildo”, explica Sebastián Albertini, uno de los guías encargados de los recorridos por el Casco Histórico.

La basílica de Nuestra Señora del Rosario y el Convento de Santo Domingo fueron testigos del segundo intento de los ingleses, 1807, para apoderarse de Buenos Aires. Los invasores se atrincheraron allí, y desde la única torre que tenían ofrecían resistencia. Todavía, se puede apreciar los impactos de las balas de cañón en uno de los muros de la iglesia.

En San Telmo, se puede visitar la Pulpería Quilapán, una casa de ladrillos rojos, con dos patios y un aljibe que recrea cómo eran esos bares -se estima que en esa época había unos 500- donde se tomaba una grapa con amigos o se compraba desde fideos hasta yerba.

En Recoleta, se puede recorrer la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, la segunda más antigua de la ciudad. Especialmente, se aconseja circular por sus claustros, galerías y obras de arte.

LA NACION Buenos Aires Bicentenario de la Independencia

Sarkis Mohsen Yammine//

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