Días pasados alcanzó amplia difusión el caso de un chico con síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista, apartado de su curso en una escuela de Merlo por pedido de las madres de sus compañeros. La decisión, que lejos estuvo de contemplar el interés del chico, disparó un lamentable intercambio entre nueve de ellas por WhatsApp celebrando la medida. El problema no es nuevo y está plenamente resuelto desde lo legal, puesto que las escuelas están obligadas a dar cabida a todos, pero presenta dificultades en su materialización a la hora de brindar abordajes especiales, dentro del sistema educativo, a quienes presentan algún tipo de dificultad para el aprendizaje.

La educación es un derecho de todos.

© Jorge Plaza Marquez

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En el caso de las personas con capacidades especiales, a la propia dificultad asociada a la discapacidad se suma cierto grado de reticencia a reconocerles el derecho a ser incluidos en las aulas.

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La exclusión es una forma clara de discriminación y, como tal, una violación del derecho de igualdad que a todos nos asiste.

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Según datos de la Secretaría de Gestión Educativa de la Nación, unos 77.000 alumnos con capacidades especiales están integrados en escuelas comunes y son 124.000 los que asisten a escuelas de educación especial por presentar condiciones más severas.

Una sociedad que impone barreras y construye murallas para separar y encerrar al diferente expone una enorme crueldad y una falta de sensibilidad que avergüenza.

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Cuando se segrega a un niño remitiéndolo a una escuela “especial”, se evidencia la incapacidad de una sociedad para aceptar e integrar desde las diferencias.

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Perseguir falsos paradigmas de perfección conduce inevitablemente a la deshumanización de las personas.

La inclusión, y dentro de ella la educación inclusiva, aspira a darles a todas las personas los mismos derechos, igualando situaciones y, si de educación se trata, debemos pensar en incluir en el aula de educación común a aquellas personas que frecuentemente son víctimas de distintas formas de exclusión por su condición, con innumerables pretextos y no pocos prejuicios.

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Ocuparse de los “diferentes” no es encerrarlos en una escuela especial donde todos “ellos” estén juntos para preservar o no alterar a los “normales”.

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Incluir significa agregar, sumar, englobar, contener, esto es, todo lo contrario a la institucionalización o el encierro en guetos donde se impone que todos los diferentes son iguales entre sí.

El Estado y las instituciones intermedias deberán esforzarse para brindar todos los apoyos necesarios que contribuyan a garantizar esta igualdad en la proporción requerida.

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Esto implica trabajo y esfuerzo por parte del cuerpo docente, que deberá revisar y adaptar la currícula que resulte más adecuada a la persona que la necesita.

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No se trata de apelar al facilismo ni de invocar una falsa lástima. Se trata más bien de un acto de auténtica justicia que propone darle a cada uno lo suyo, aceptando que habrá que capacitar a los educadores y facilitadores para que cumplan con la desafiante misión que esta educación inclusiva les propone.

Las expresiones “integrar” e “incluir” tienen denominadores comunes.

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Integrar supone un cierto esfuerzo de la institución educativa para que el niño “encaje” en el aula, con apoyo si es necesario, planteando para él algunas actividades en conjunto y otras separadamente.

Por su parte, “incluir” es mucho más amplio, más abarcativo y supone una mayor receptividad dirigida a aceptar a todos, tal como ocurre en las escuelas públicas, donde, de entrada, no hay restricciones y existe la posibilidad de apoyos que el Estado ha de proveer.

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La consigna es siempre educar desde la igualdad, pero reconociendo la diferencia, aceptándola, enseñando a respetarla y amarla en tanto el contacto con lo distinto es una fuente de riqueza incomparable.

Para que la “inclusión” sea real, muchas cosas del sistema educativo deberían modificarse a partir de un mayor compromiso de los directivos, dueños o representantes legales de las escuelas que bajen línea a los docentes más claramente.

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Las escuelas de gestión privada ponen muchos más obstáculos a la hora de integrar, y ni hablar de incluir.

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Hay una preocupante y grave falta de conciencia que se evidencia cuando se esgrimen razones económicas o de logística para rechazar una admisión.

El enriquecedor desafío para los docentes es el de captar las bondades de la diferencia y recoger la inestimable experiencia y el aporte que la educación inclusiva brinda al resto de los educandos, a los compañeros de clase.

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Transitar en el aula estos senderos repercutirá muy favorablemente pues habrá mucha menos violencia latente entre los compañeros si se aprende a respetar y amar al nuevo, al más débil, a aquel que más necesita.

Muchos padres compartirán su preocupación expresando: “Mi hijo se va a atrasar si en el aula tienen que atender a quienes tienen otras capacidades”.

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Una mirada profunda sobre el verdadero aporte de la diferencia al aprendizaje de los valores y las conductas que regirán la vida de sus hijos debiera ser suficiente argumento para cambiar de opinión.

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Recordamos haber citado años atrás el caso, en Córdoba, de un chico ciego, excluido de la escuela por su dificultad física, cuyo compañero de banco pidió irse con él a la nueva escuela, para acompañarlo.

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Un claro y tierno ejemplo que da una idea de lo que auténticamente significa “incluir”.

Los padres tenemos todos mucho que aprender.

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Este derecho humano, esta igualdad esencial, este respeto por lo distinto que nos muestra con meridiana claridad qué distintos somos cada uno de nosotros, es relativamente nuevo en nuestra sociedad.

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Haber empezado a hablar de “capacidades diferentes” en lugar de “discapacidades” abre un sinfín de nuevas posibilidades que el sistema educativo debe adoptar y potenciar.

Todos necesitamos ser educados en el amor y la inclusión.

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Ellos, los niños con dificultades, nos muestran las nuestras y nos enseñan a ser mejores. Los padres, a su vez, debemos ampliar la mirada y sortear los obstáculos que la sociedad va dejando atrás a la hora de incluir e integrar al diferente, para alegrarnos de que nuestros hijos tengan la oportunidad de aprender aquello que los libros no pueden enseñar y que tanto bien hace al corazón.

LA NACION Opinión Editorial.

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