Para los profanos en materia deportiva (¡la vida es muy corta para abarcarlo todo!) , las Olimpíadas de Río que acaban de comenzar no son solamente el espectáculo de las proezas que pueden alcanzarse con una singular combinación de destreza física y férrea determinación psíquica, sino también el de los bellos cuerpos que parecen cincelados por escultores de la Grecia clásica.

Producciones fotográficas que ya circulan (como la de las integrantes de un equipo olímpico retratadas en toda la magnificencia de su desnudez) nos llevan a preguntarnos por el misterio de eso que llamamos “belleza”. ¿Por qué hoy nos deslumbran los perfiles musculosos, a veces al extremo de considerar hermoso un cuerpo femenino cuyas suaves curvas naturales fueron reemplazadas por una enmarañada geografía de arterias y fibras musculares cuyo aspecto se acerca insospechadamente al de un manual de anatomía?

Curiosamente, hace dos siglos, Chateaubriand hacía notar en Memorias de Ultratumba que “el hombre elegante debía ofrecer un aspecto atormentado y enfermo, debía tener cierto desaliño en su persona, las uñas largas, la barba ni demasiado cuidada ni bien afeitada (…) los labios contraídos por el desdén hacia la especie humana, el corazón infeliz, sumido en la aflicción y el misterio de la existencia”.

Desde hace milenios, filósofos, artistas, escritores, antropólogos, sociólogos -y simples mortales, como cualquiera de nosotros- se preguntan por las claves que inspiran esa fascinación que va más allá de la sensualidad o el erotismo.

Basta con recorrer el catálogo que figura en las primeras páginas de la Historia de la belleza , de Umberto Eco (Lumen, 2004), para advertir cómo fue cambiando el canon a través de imágenes tomadas del arte, la fotografía y el cine.

La serie se inicia con la Venus de Willendorf, la estatuilla de apenas 10 centímetros de alto descubierta en 1908, a orillas del Danubio. Representa a una mujer de enormes senos, vientre prominente y muslos abultados, tallada en piedra caliza hace 20.000 años, muy lejana en el tiempo y en las formas de lo que hoy nos cautiva.

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Culmina con la figura de Monica Bellucci en un reciente calendario Pirelli. Un muestrario de contrapuntos.

A veces, desconcierta la coincidencia de los criterios estéticos de la antigüedad con los de estos días.

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Es lo que sucede cuando uno tiene la oportunidad de detenerse frente a una obra maestra del arte egipcio: el busto de Nefertiti, actualmente en el Neues Museum, de Berlín.

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Ese rostro tallado hace más de 3000 años no sólo asombra por su belleza, sino que hace pensar que hoy sería codiciado por directores de cine, creadores de moda y revistas del corazón.

Dominique Paquet, doctora en filosofía que produjo su propia Historia de la belleza (Ediciones B, 1998), también repara en esos contrastes.

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Destaca que en el antiguo Egipto el cuidado del cuerpo y el uso de ungüentos tienen un sentido ritual, y también higiénico.

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Por ejemplo, el antimonio o kohol con el que se pintaban los ojos en forma de pescado tenía la propiedad de prevenir las oftalmias del desierto.

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Pero, luego, en Grecia se venera una belleza sin artificios, que sólo la gimnasia habrá de proporcionar.

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Es más, se considera que los cosméticos y la pintura corporal son corruptores del comportamiento.

Más tarde, la patricia romana hace un culto del aseo matutino, una sesión de tortura en la que “todos los orificios del cuerpo han de ser limpiados”, habrá que depilar los brazos, axilas, piernas, parte superior de los labios e interior de la nariz, esmaltarse los dientes con un compuesto de asta molida y ¡perfumarse el aliento con perejil!

En el Renacimiento, el cuerpo se convertirá en una construcción arquitectónica.

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Para Durero y Leonardo, la fórmula de la belleza es puramente matemática, y surge de una serie de complejas divisiones entre las medidas del rostro y el número áureo.

El romanticismo venerará la “languidez elegante y artística característica de los tísicos”.

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El siglo XX será el de las mujeres delgadas y ágiles, y la “religión” del vientre plano; el XXI, el de los cuerpos esculpidos y los pechos voluptuosos.

Pero aunque un día nos atraigan las cabelleras doradas y otro, los rulos africanos, quienes tengan el hábito de revisar antiguas fotos familiares estarán de acuerdo en que todos nos vemos más bellos cuando somos, simplemente, jóvenes.

LA NACION Opinión.

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