Al decirle adiós a una amiga, lamentamos no haberle dicho en persona lo mucho que la apreciábamos. Sofía fue generosa ayudando a otros, sin temer a ir contra la corriente. Cuando la moda intelectual en Venezuela era ser de izquierda, de bocas para afuera, ella supo defender la democracia contra todos sus enemigos, comunistas y fascistas.

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Alentó el talento de un Guillermo Meneses y de un Carlos Rangel. No solo fundó y dirigió el Museo de Arte Contemporáneo, como se recuerda ahora, sino que se atrevió a enfrentarse con los seguidores de Fidel Castro cuando el castrismo era la religión no oficial de los intelectuales venezolanos.

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Por todo esto le sobraban enemigos. Apreciaba el talento donde lo encontrase.

Ahora se olvida que Fidel Castro en algún momento fue un dios para los intelectuales y para muchos políticos venezolanos.

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El Fidel de la guerrilla y de los fusilamientos era aplaudido con furor en América Latina, porque el marxismo era la religión laica de esa época, el santuario que consagraba las reputaciones.

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No se podía tener enemigos a la izquierda, pero ella no vaciló en enfrentar a la izquierda fascista en defensa de la democracia , en denunciar los crímenes de la Unión Soviética y de la Cuba de Castro.

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Eso le costó mucho, hasta perder amistades, sufrir que se le cerraran las puertas. No le importó.

Todo esto no se recuerda ahora, porque en Venezuela se pre ere siempre olvidar, no mencionar que muchos de los que hoy se proclaman demócratas apoyaron a las dictaduras de izquierda, porque ser intelectual venezolano equivalía, con frecuencia, a colocarse junto a dictaduras como la de Castro.

Había un curioso racionamiento que distinguía entre muertos buenos y muertos malos.

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Los primeros eran las víctimas de las dictaduras de izquierda, los segundos, los de las de dictadura de derecha.

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Un Franco torturaba, un Che Guevara luchaba por la libertad y podía fusilar impunemente ; se prefería, y se pre ere, no recordar que el castrismo signi có un río de sangre en nuestro continente.

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No se reconoce que hombres como Betancourt, Pérez, Leoni y Caldera representaron los ideales democráticos enfrentados a los admiradores de Stalin y de Fidel Castro.

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Hitler era un asesino, Stalin no.

Y si nos fijamos sencillamente en el número de víctimas, Stalin causó más muertes en el mundo que el propio Hitler.

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No se tome estúpidamente esto por una defensa del fascismo, sino todo lo contrario: es una simple acusación contra los que cerraron los ojos sobre los millones de muertos que causó el estalinismo y el castrismo, los principales enemigos de las democracias en el mundo.

Sofía, Sofía Ímber se atrevió a decirlo en los tiempos en que periodistas e intelectuales simpatizaban con eso; veían en Castro a un héroe y cerraban los ojos a los millones de víctimas del castrismo.

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Todavía hoy abundan los adoradores de Castro, que se indignan cuando se le coloca al lado de los dictadores, cuando se señala que Castro fue el peor enemigo de la democracia en América Latina, el que creyó que por oponerse a Estados Unidos se justificaba las peores atrocidades.

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Sofía nunca se calló. Es verdad que fue la dama del museo, pero también representó a la dama de la democracia, a la mujer que no le temió al chantaje estalinista y castrista. 

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