En su miniatura está su encanto y en su tranquilidad, su magisterio. Así es León, la ciudad en la que Natalia Duco (San Felipe, 1989) persigue su sueño. Allí, ultima la preparación para los terceros JJOO de su vida. Un desafío mayúsculo que no llega ni pronto ni tarde y en el que, antes de viajar a Río, ella hace uso de la palabra con una autoridad extraordinaria. De ahí lo poderoso de esta conversación con ella, enemiga de las dudas y de las frases hechas. No construye un discurso, dice. Construye una vida de la que ella misma está enamorada. Así que no se queja del cansancio ni del sacrificio. No hay pregunta trampa que no sepa contestar. A los 14 años, en la adolescencia, promete que ya era así. Quizá por eso juega con años de ventaja que tal vez sean los que hoy, a los 27, le permiten entregarse a un sueño con motivo: la medalla olímpica.

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Así es Natalia Duco o así está en León invadida por un paisaje solemne, respetuoso como nadie con los silencios.

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Quizá por eso pasa tantas horas a solas entre los árboles visualizando lo que no imagina nadie más que ella.

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Tampoco se olvida de esos libros de filosofía que, dice, le acompañan a todas partes y que forman parte de la burbuja en la que ahora está metida.

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No es un capricho ni una reivindicación social. Es una necesidad y la fortuna fue que por unas horas nos dejase entrar en ella, en el interior de su corazón o de su lenguaje, donde la autoestima no pierde uno solo de sus derechos.

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¿Qué tal duerme estos días?

Bien, ¿por qué? No entiendo esa pregunta.

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Lo pregunto porque cada día es uno menos para los JJOO. 

Pero estoy tranquila, enfocada.

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Sé donde estoy y lo que necesito. Sé que es un momento irrepetible, pero eso no me quita concentración. He entendido que debo ir paso a paso para llegar en las mejores condiciones el día de la competición.

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No puedo salirme de esa idea. 

¿Qué es lo último que ha soñado?

Eso queda en mi interior.

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No tengo por qué comunicar mis sueños a nadie. Otra cosa es que nunca deje de soñar. Una siempre tiene que hacerlo. El primer paso es creer que lo que buscas se puede hacer y en este caso se puede. Mi deber es visualizarlo. 

¿Y cómo se visualiza el éxito? ¿De qué color es?

No se trata de eso, sino de entenderse a una misma; de saber que en esta parte final lo importante es lo mental, lo psicológico, la capacidad de canalizar tu energía.

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Ahora, una tiene que ir más allá del entreno físico, porque ahí ya se hizo lo más importante.

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¿De qué se trata entonces? De dar un extra, de buscarlo y encontrarlo, pura psicología todo.

De hecho, usted estudia la carrera de psicología.

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Antes de entrar en la universidad ya había aprendido que todo está en la mente.

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Si se admite, ya jugaba con esa ventaja. Y ahora, en un caso como el mío, entiendo que no soy yo sola, sino que todo está en mi equipo, en mi entrenadora, en mi gente, en trabajar los pequeños detalles.

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Sin ellos, no estaríamos aquí.

La próxima oportunidad puede ser la última, dicen algunas veces.

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Lo sabemos, lo sabemos. Por eso no deseamos dejarla pasar y nos enorgullecemos de lo que costó llegar hasta aquí.

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Entonces recordamos lo que significa estar aquí, los dolores que hubo que pasar, las alegrías o las tristezas.

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Nadie nos podía garantizar llegar a este momento y, sin embargo… 

¿Cuesta más ahora ser una misma?

No, no, para nada.

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Si acaso, los que me tienen que entender son los que están a mi alrededor. Tienen que comprender que yo ahora viva en una burbuja y que merezca vivir así, una burbuja en la que sólo existo yo, mi entrenadora, las balas y el gimnasio.

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La gente me tiene que entender y dejar en paz. Mire, a usted mismo le diría que hace meses que no mantengo una conversación tan larga con un periodista…

La ventaja es preguntarla entonces.

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Cuesta entender que tanto trabajo se vaya a reducir a tres lanzamientos. ¿No es una tortura?

Al final, todo el mundo siempre me dice lo mismo y no es así.

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La gente se equivoca. No se puede reducir a eso. Hay que ampliarlo a años de sacrificio, a una vida en cuerpo, en mente y en espíritu dedicado a esto todo.

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Por eso este desafío mío no son sólo tres lanzamientos, es un todo, es la búsqueda de un momento irrepetible.

No se puede hablar de sacrificio entonces.

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Habrá que hablar de perfección.

De sacrificio no, efectivamente, porque no me gusta esa palabra. El sacrificio es dolor, es pérdida.  Y al recordarlo es entonces cuando me doy cuenta de que mi vida no es sacrificada. Yo todo lo que estoy haciendo lo he disfrutado. He llegado a ese punto en el que me encanta el dolor o en el que disfruto del cansancio. No le puedo decir a usted que estoy sufriendo porque entonces le engañaría. Yo no soy así. 

¿Está usted orgullosa de sí misma? 

Sí, yo creo que sí. 

¿Lo cree o lo afirma?

Lo afirmo rotundamente.

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Mire, en esta vida lo primero es amarse y yo me amo a mí. Tengo una autoestima que me convence y en la que no hace falta que nadie me convenza. Creo en mí a ciegas y sin preguntarme por qué. Pero he llegado a esa etapa de mi vida en la que sé que puedo ser la mejor, en la que tengo todos los recursos dentro de mí para lograrlo, realmente ésa es mi mejor arma. 

Envidio esa hoja de ruta.

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Pero yo le hablo desde la honestidad. No le hablo de la seguridad con ánimo de encontrar un bello discurso, porque yo no soy así.

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Prefiero la honestidad. Me eduqué en ella y en decir lo que pienso, a eso no puede renunciar una nunca. 

¿A los 14 años también era así?

Sí, claro que sí.

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Siempre tuve esa seguridad. Mi mayor virtud desde muy chica fue la de tomar decisiones difíciles en los momentos en los que más cuesta.

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Siempre supe lo que quería sin necesidad de dar explicaciones teóricas. No me importo que no fuese correcto para la sociedad si a mí me parecía que eso era lo correcto.

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Creo que la vida es así y que la fidelidad más importante está en una misma. 

¿Qué le enseñó la sociedad?

No se trata de lo que me enseñase o no, sino de que no me impidió nunca ser yo misma.

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Me negué siempre a ir al ritmo de una manada de ovejas que se limitan a seguir a un pastor. De muy chica vi que no valía para eso, que prefería seguir mi propio camino. 

¿El reflejo perfecto sería una medalla olímpica?

El reflejo creo que está en mi vida, sinceramente, en centrarme en mí, en apoyarme a mí misma a con seguir lo que quiero o en tener un corazón lleno de fuerza interior y libre de miedos.

¿Qué es el miedo para usted?

Yo prefiero preguntarme de qué valen las preocupaciones, las barreras, los problemas.

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¿Por qué tienen que impedirnos a ser como somos? Yo prefiero creer en la fuerza que todos tenemos, en el amor, en esta energía positiva que ahora visualizo cada día, y se lo digo ahora que quizá esté en un momento irrepetible de mi vida.

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¿Quién me dice que vuelva a llegar hasta aquí?

No sé qué decirle. 

Pues precisamente por eso tengo que creer en mí, en la capacidad para llegar hasta aquí mía, de mi entrenadora, de mis padres o de mis hermanos que van adonde yo vaya, que me van a ir a ver y que me dejan mi espacio: una no sabe como agradecer eso.

Vamos a relajar esta conversación.

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¿Qué hace para relajarse?

En realidad, es parte del trabajo, del entrenamiento psicológico y claro que lo necesito.

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De otra forma sería imposible. Voy a ver la naturaleza, a pasear y,. sobre todo, a ser feliz, y eso se puede encontrar en cualquier parte, hasta yendo de compras a las rebajas.

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Luego, puede que no compre nada, pero me vale igual, porque me quedo con el momento que he pasado, eso es la relajación.

¿Y esto ahora en Chile no era posible?

No, porque en este momento necesitaba aislarme, vivir en el anonimato en el que desapareciesen las barreras, en el que todo fluyese como fluye en León.

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Sé que en Chile la gente me tiene cariño y espera con ilusión el día en el que yo compita.

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Pero tienen que entender que ahora necesitase aislarme de ellos, reducir mi vida a esto que he encontrado en León, donde tengo el mundo que necesito en este momento.

¿Quién fue su espejo?

Nadie, y soy tajante en esta respuesta.

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Nunca tuve a alguien al que imitar.  

¿Qué aprendió de sus padres?

De los padres siempre se aprende lo máximo, pero sobre todo tengo que agradecerles que me permitiesen tener una vida en el campo jugando con los animales, me encanta recordar esa infancia. 

¿Las medallas olímpicas empiezan en la infancia?

Bueno, es que tengo claro que mi medalla, si llega, no sería solo mía, sino de mucha gente.

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Pero sobre todo, porque es natural, mía y de mi entrenadora, que es la que está las 24 horas del día conmigo desde los 14 años.

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Por eso insisto en que Dulce y yo, en realidad, somos la misma persona. Ella también decidió entregar la vida a este sueño.

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