Todos pensábamos, incluso quienes estuvimos en Colombia pocas semanas atrás, en un triunfo del Sí a los Acuerdos de Paz. Sin embargo, no omitíamos ciertas observaciones. La primera, que pese a valorar la posición del presidente Santos, el acuerdo no alcanzaba a disimular la disconformidad general debido a su mala gestión en las otras áreas de gobierno.

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Y esto, sin duda, le restó ascendiente sobre una parte significativa de la población.

En la Comisión de Asuntos Internacionales del Instituto Patria, señalé hace varios días que el Acuerdo estaba muy arraigado en las estructuras más involucradas, pero poco en el hombre y la mujer común.

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Si éstos últimos iban a votar favorablemente, era por una lógica aspiración a la paz, por terminar con un largo tiempo de vicisitudes, más que por plena convicción.

Conversando en varias ciudades colombianas con el mayor número posible de personas del corriente, no sólo con compañeras y compañeros militantes, noté cómo –al igual que en toda nuestra región y en el mundo– los medios manejados por los grandes poderes externos se ocupaban de angostar los márgenes de interpretación de un acuerdo que, por el contrario, tenía y tiene una enorme relevancia.

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Y lo hicieron al punto de convencer a miles de colombianos de las grandes ciudades, que no sufrieron la exclusión y la violencia igual que las regiones más afectadas, de que el acuerdo era injusto, que no sancionaba a la guerrilla como supuestamente se lo merecía, haciéndola responsable monocausal de todo, y escondiendo la responsabilidad de otras organizaciones como el propio ejército regular y los paramilitares, amén de la insensibilidad de las políticas liberales adoptadas por décadas.

Insisto, si por algo presagié una victoria del Sí –que no sucedió– fue por pensar que un grueso de los colombianos prefería el horizonte de la paz a la continuidad de lo anterior, no porque lo viera convencido o entusiasmado.

Para quienes sostenemos una mirada política desde lo que creemos son los intereses populares, los Acuerdos de Paz entre el Estado colombiano y las FARC constituían –y constituyen– un rumbo disonante respecto del presente general en la región.

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Lo resumo en tres puntos fundamentales: la distribución de la tierra y la formalización de títulos de propiedad hacia los sectores campesinos; la sustitución de cultivos ilegales y el tratamiento de los daños por el consumo de drogas de una perspectiva de salud, no del código penal y la propuesta de desarticular el negocio del narcotráfico; la reparación a la situación de las víctimas de la violencia, que son, como siempre, los más humildes.

El rechazo de los votantes –aunque por una diferencia exigua– y la abstención de la mayoría debilitan mucho estos avances, quitan esperanza a las víctimas y fortalecen a quienes, como Uribe, se montaron en una campaña de mentiras y violencia.

Pero lo que me parece más profundo es analizar someramente el mensaje del pueblo.

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Primero, de muy poco sirvió el apoyo, pocas veces visto, de todo el sistema político mundial, el pueblo optó por la posición opuesta.

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Segundo, ¿el voto al No representa estar a favor de la guerra? No, pero sí implica conseguir la paz de otro modo.

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Por la imposición y no por la inclusión, más cerca de la represión que de las garantías democráticas, por la coacción y no por el diálogo.

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Y en esto, el electorado de Colombia se comportó de modo afin a otros recientes pronunciamientos en la región.

Los militantes del campo popular tenemos que analizar muy detenidamente las razones de estos comportamientos.

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Seguramente encontremos algunos errores de nuestro lado, pero lo más profundo no es eso. Lo es no haber examinado a fondo los mecanismos cada vez más sutiles, profesionalmente planificados a largo plazo, imperceptibles a simple vista, con que los grandes conglomerados, siempre enemigos de la paz y de la igualdad, han penetrado capilarmente en las creencias de nuestros pueblos.

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Y definir inteligentemente una estrategia que lo contrarreste.

Hay una relación directa entre las políticas del miedo, la mano dura y la represión, y la desigualdad.

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Y sin embargo, los más desiguales apoyan esas políticas.

Confieso que respecto del referéndum tal vez algo me conmovió más profundamente que su resultado.

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Pasada la primera perplejidad, lo que más me preocupa es cómo salir de esta inercia en la que estamos sumergidos los militantes sobre el modo de interpretar la realidad, mientras millones de nuestros compatriotas, precisamente aquellos a quienes aspiramos a representar, transitan por laberintos del pensamiento político tan diferentes.

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En ello reside, a mi juicio, nuestro desafío más perentorio.

* Ex Dip. Nac. FpV, Sec. Gral. Partido SÍ (Solidaridad e Igualdad).

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