María Araujo

La gente suele quejarse de las injusticias del mundo, de la maldad, envidia, y otras taras humanas que causan malestar y dolores entre personas de cualquier lugar, edad, sexo, religión, ideología. Basta iniciar el día y consultar las redes sociales, medios de comunicación tradicionales, conversar con conocidos o desconocidos para enterarnos de lo mal que andan las cosas, de lo terrible que puede ser alguna gente, rayando muchas ocasiones en perfiles monstruosos. Ciertamente el entorno suele presentar esas espantosas caras que sobresalen por encima de la bondad y cosas buenas que tenga la vida, porque siempre destaca lo malo sobre lo bueno, como aquello de que si haces cosas buenas y una no tan buena, te califican como lo peor por ese bajísimo porcentaje, considerado con mayor peso sobre el noventa y nueve por ciento de acciones positivas que realizaste.

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Entre los deseos de hombres y mujeres de bien sobresale el hecho de querer un mundo mejor, donde el odio y la maldad desaparezcan para dar paso a lo bueno, al amor, a la paz.

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Pero, como ya hemos referido en anteriores ocasiones, somos quienes debemos dar esos primeros pasos para lograrlo, porque solemos creer que somos los buenos y otros los malos, sin analizarnos con verdadera conciencia.

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Ser bueno no es solo dar una limosna a quien lo solicite; ser amable para que vean que tenemos buenos modales; sonreír para mostrarnos simpáticos o agradables; ayudar a otros pero tratando de hacer saber a la gente (si no tenemos testigos) de nuestra bondad; contar las acciones favorables que hemos realizado para beneficiar a otros menos afortunados, etcétera.

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La verdadera bondad nace cuando el corazón desconoce la arrogancia, cuando el ego baja la guardia para darle paso a la auténtica humildad, cuando sólo nosotros somos testigos del apoyo de cualquier índole que podamos brindar en determinados momentos a quienes lo ameriten sin sentirnos orgullosos por la acción, cuando suprimimos el deseo de darle a conocer a los demás lo buenos que somos o podemos ser.

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Como dicen las escrituras bíblicas: ?Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha??.

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Cuando demos esos pasos iniciales seguramente serán avances agigantados para empezar a transformar la maldad o arrogancia del mundo, cuando empecemos a reconocer nuestra propia mezquindad con el prójimo, cuando empecemos trabajar por realizar desde nuestros propios espacios las transformaciones que queremos ocurran en los demás, pues cómo vamos a criticar lo negativo circundante cuando en nuestro propio corazón guardamos recelo, prepotencia, egoísmo.

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Somos nosotros mismos quienes tenemos que empezar a reconocernos verdaderamente para poder formar parte de esas grandes transformaciones que decimos querer ocurran en el mundo.

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Cómo criticamos a los vecinos, a los jóvenes, a los padres, si no somos modelos a seguir en cuanto al respeto, solidaridad, humildad, ética.

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Mientras perdamos el tiempo en ver la paja en el ojo ajeno en vez de sacar la viga que tenemos en los nuestros entonces no estaremos colaborando en avanzar hacia el mundo ideal.

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Continuaremos limitados, creyéndonos quienes realmente no somos. Expertos en crecimiento humano han escrito verdades muy sabias: ?Hasta que no comprendas que eres tú quien tiene que cambiar y no el mundo a tu alrededor, tu vida seguirá siendo exactamente como es ahora?.

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La vida repetirá una y otra vez los malestares que queremos erradicar pero que no lograremos hacer mientras desconozcamos ni apliquemos las correcciones para lograrlo.

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Como parte del todo podemos iniciar el orden desde el interior hacia afuera, para contribuir a la armonía que aspiramos exista en el mundo del que formamos parte.

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Hay que empezar por casa. María Elena Araujo Torres

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