A los 78 años, Marco Bellocchio es –sólo los hermanos Taviani estarían en condiciones de disputarle el trono– el veterano del cine italiano que se mantiene en mejor forma, más activo y sin que se le haga ni una arruguita al traje de maestro. El año pasado se celebraron los cincuenta años de su ópera prima I pugni in tasca, una de las más impactantes no sólo del cine italiano sino de los años 60 en general. De aquel film se presentó una copia restaurada en agosto, en el Festival de Locarno, donde medio siglo antes ese réquiem feroz a la familia aristocrática de provincias había iniciado su andar. Ligando pasado y presente, al mes siguiente el realizador de La Cina é vicina y La hora de la religión presentaba su opus 23 en Venecia. Después vino la número 24 en Cannes, en mayo pasado, Fai beli sogni. Pero ésa es otra historia. Cincuenta años de carrera, una película cada dos, debut a los veintipico en Locarno y Venecia, y sus películas más recientes en Venecia y Cannes, pisando los 80: la de Bellocchio parece la trayectoria que todos quisieran tener.

Lo otro que vincula I pugni in tasca con Sangre de mi sangre es que ambas fueron filmadas en Bobbio, ciudad natal del realizador, ubicada en Piacenza, provincia ubicada en la región de Emilia-Romagna.

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Una antigua prisión abandonada inspiró a Bellocchio y sus alumnos de un taller de cine a imaginar la historia de una monja encerrada allí, punto de partida de un film organizado en dos episodios y un epílogo, con vagas interrelaciones entre sí.

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“La condición extraña define a Sangre de mi sangre”, asegura Bellocchio en la entrevista que sigue, reafirmando para su película la clase de libertades formales y retóricas que se sigue tomando, tal como en los inicios de su carrera.

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Si bien el título del film es vinculable con el contenido de ambos episodios (dos mellizos en el primer episodio, viejos vampiros en el segundo), también se lo podría ver como autorreferencia.

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En Sangre de mi sangre, Bellocchio no sólo evoca a su propio hermano mellizo, que se suicidó a comienzos de los 80, sino que además incluyó en el reparto a otro de sus hermanos, que hace de cardenal en el segundo episodio, y a sus dos hijos.

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Pier Giorgio Bellocchio aparece en ambos episodios, con el nombre de Federico, y Elena Bellocchio es la joven que evoca al viejo vampiro retirado los tiempos del deseo.

–¿Cómo surgió la historia, o mejor dicho las historias de Sangre de mi sangre?

–Se armó de manera bastante heterodoxa, ya que lo primero que surgió fue el epílogo, que en su origen fue un corto, filmado cinco años antes que el resto.

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Lo hice con los participantes de un taller que coordino allí en la ciudad de Bobbio, donde transcurre la ficción.

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En Bobbio descubrí la antigua prisión abandonada de Santa Chiara, y la prisión me retrotrajo a la historia de la monja de Monza, un personaje muy perturbador, cuyo destino siempre me tocó profundamente.

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Se trata de Virginia María de Leyva, que inspiró a Manzoni para su novela Los novios. Su padre la envió a un monasterio al morir su madre, cuando tenía un año de edad, y desde entonces Virginia nunca más salió.

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Más tarde tuvo un amante y una hija. Benedetta, la monja de nuestro corto, se inspira en ella. De ese corto surgió lo que terminaría siendo la primera historia de Sangre de mi sangre, que es imaginaria y se retoma en el epílogo de la película.

–Usted presenta dos historias que tienen puntos en común y a la vez diferencias entre sí.

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¿Qué apunta a señalar con eso?

–Efectivamente, hay un mismo actor interpretando a dos personajes que llevan el mismo nombre.

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Pero no se trata del mismo personaje, ni tampoco de personajes que ocupen roles intercambiables. El hecho de que ambas historias sucedan en el mismo sitio no implica necesariamente que haya correspondencias precisas entre los personajes de la primera parte y los de la segunda.

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Hay, sí, un tema en común entre ambas y es el del poder. El poder de la Iglesia Católica en el primer episodio, cuando esa institución podía decidir sobre la vida y la muerte de cualquiera, y un poder ya en crisis, seriamente corroído, en el segundo.

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Tal vez no sea exactamente el poder de la iglesia católica como tal el que está desgastado, sino el poder eclesiástico y político de esa región.

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En el epílogo y de un modo que de- safía la crasa realidad, la imagen libre de esta mujer destruye, pulveriza tanto al viejo vampiro como al viejo cardenal, los dos representantes del poder.

–Este “reciclamiento” de personajes de una historia a otra recuerda a lo que se estilaba en la Comedia del Arte.

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¿Se inspiró en esa tradición?

–No había pensado para nada en eso, pero ahora que lo dice pienso que tal vez sin darme cuenta lo haya tomado de allí.

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A veces no se sabe bien de dónde vienen las influencias, ni en qué momento.

–¿La idea era subrayar continuidades entre el pasado y el presente?

–La idea era narrar una historia y un tema que me interesaban con la mayor libertad, sin atarme a la clase de linealidad a la que el cine de Hollywood se esclaviza voluntariamente.

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La condición extraña define a Sangre de mi sangre.

–Como en otras de sus películas –El diablo en el cuerpo, La nodriza, Buongiorno notte, Bella adormentata–, las mujeres son claves en la narración.

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–Mi propia experiencia me lleva a atribuir fuerza, vitalidad y carácter a las mujeres. La Benedetta de la película no acepta rendirse, tal como exige la autoridad eclesiástica, y se mantiene fiel a sí misma hasta el final, a pesar del terrible castigo inquisitorial.

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El suyo es un poder simbólico que termina venciendo al tiempo, de modo milagroso.

–La religión es otro tema que reaparece una y otra vez en su obra.

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–Si bien fui criado en una familia burguesa católica, no creo en dios ni en ninguna forma de trascendencia, y me considero anarquista, ya que tiendo a estar en contra de todo poder institucional.

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Cuando era pequeño, en la Italia de posguerra, se vivía un clima de guerra fría al que la Iglesia Católica no era ajena.

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Aparte, la iglesia tenía un poder enormemente superior al que tiene actualmente. Ahora el Papa Francisco es, en muchos aspectos (el de las migraciones, por ejemplo, que es clave actualmente en Europa) más de izquierda que los partidos de izquierda.

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En muchas otras cuestiones, sin embargo –sobre todo las relacionadas con la familia– sigo estando muy en desacuerdo con la política eclesiástica.

–Federico, el militar que llega al convento en el primer episodio, es hermano mellizo del cura confesor que se enamoró de Benedetta.

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Parece tratarse de una referencia personal. [N. de la R.: Bellocchio tiene un hermano mellizo que se suicidó]

–Ya me había referido al tema en mi película Los ojos, la boca, de 1982, donde trataba la muerte del hermano mellizo, un año después de ocurrida la de mi hermano.

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Aquí tuve ocasión de hacerlo de modo más indirecto.

–Los vampiros del segundo episodio se ven bastante viejos e inofensivos.

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De hecho, no tienen ni colmillos.

–Están próximos a su fin. No les queda nada por hacer. Sólo pueden observar, pero ya no succionar. Es la situación de Bobbio en este momento: el vampirismo aislacionista terminó. Estos viejos vampiros fueron vencidos por la modernidad y el progreso. Intentaron aislarse pero no lo lograron.

–Al vampiro más reconocible lo interpreta Roberto Herlitzka, el mismo actor que hizo de Aldo Moro en Buongiorno notte.

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¿Podría inferirse, por inducción, que los vampiros de Sangre de mi sangre representan a la Democracia Cristiana?

–La Democracia Cristiana no existe más.

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Durante más de medio siglo ese partido fue parte de un sistema que permitió sobrevivir a Italia. Un sistema de asistencia, protección, ayuda y corrupción. Ese sistema está actualmente en plena crisis. Está por verse si una nueva clase política repetirá esa situación –espero que no–, o si la sociedad italiana desea un cambio más radical.

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No lo digo en sentido revolucionario, sino sólo en cuanto a diferenciarse del sistema anterior, por medio de una cultura meritocrática que promueva la creatividad e inventiva de los jóvenes, en lugar de los meros puestos de trabajo, que es lo que sucede actualmente.

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Todavía hay una izquierda, representada por partidos que responden a una ideología comunista. Pero la agrupación política a la que los partidos tradicionales temen es el Movimiento 5 Estrellas, que sostiene un principio meritocrático.

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Se propone combatir la corrupción y el sistema asistencial que permitió a Italia sobrevivir hasta ahora.

Traducción e introducción: Horacio Bernades.

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