Todo empezó hace dos años, cuando una pareja decidió echar una mano con su barco a los militares en el rescate de migrantes en las costas de Libia. Ahora son diez embarcaciones, financiadas con fondos privados, y asumen más del 20% de las operaciones.

Christopher y Regina Catrambone, un matrimonio italo-estadounidense indignado por un naufragio que causó más de 365 muertos en octubre de 2013 en la isla italiana de Lampedusa, no quiso quedarse de brazos cruzados.

En agosto de 2014, su asociación MOAS (Estación de asistencia ‘offshore’ para los migrantes) echó al mar el ‘Phoenix’, un pesquero de 40 metros de eslora equipado con un dron.

Parecía poca cosa en comparación con los buques de la operación ‘Mare Nostrum’, de la marina y los guardacostas italianos.

Pero socorrió a 3.000 personas en seis semanas. Y dio ejemplo en un momento en que, bajo presión de la Unión Europea, Italia abandonaba ‘Mare Nostrum’ a finales de 2014.

“No podíamos dejar a la gente morir así”, explica Sophie Beau, directora general de SOS Mediterráneo, una organización radicada en Francia, Alemania e Italia.

Actualmente, una decena de barcos humanitarios patrullan las cosas de Libia, pertenecientes a MOAS, a Médicos sin Fronteras (MSF), a SOS Mediterráneo, a la ONG catalana Proactiva Open Arms y a las alemanas Sea-Watch, Sea-Eye o Jugend Rettet.

Algunos como MSF y Sea-Watch llegaron en 2015, otros como Proactiva intervinieron primero en el mar Egeo y luego en el Mediterráneo.

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El ‘Iuventa’ de Jugend Rettet se estrenó la semana pasada.

Cinco de los barcos desplegados tienen capacidad para conducir a los migrantes a Italia.

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Completan, a su manera, el dispositivo militar europeo.

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Las embarcaciones humanitarias más pequeñas localizan las lanchas de migrantes en peligro, distribuyen chalecos salvavidas y prestan los primeros auxilios, a la espera de la llegada de barcos grandes.

Una contribución “muy útil”, explica a la AFP el comandante Filippo Marini, portavoz de los guardacostas italianos, que coordinan las operaciones de socorro en las costas de Libia.

La situación es crítica.

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“Hay que llegar rápido” y para ello tenemos que ser cuantos más, mejor, añadió.

De los casi 98.000 migrantes socorridos este año, 20.300 fueron salvados directamente por navíos humanitarios, precisó el portavoz.

La ayuda es variada.

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“En algunos casos, hemos sacado literalmente a las personas del agua, en otros, hemos garantizado la seguridad de lanchas, o enviado a un médico a bordo de un navío militar para examinar a los migrantes”, explica Gerard Canals, responsable de la misión de Proactiva Open Arms.

Nada se improvisa.

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Las ONG buscan a marinos con experiencia para los barcos, a socorristas capaces de ocuparse de decenas o cientos de personas con hipotermia o presas de pánico y a personal médico equipado para atender a los migrantes que han sufrido torturas o abusos.

Algunos de los equipos, como los de MSF, están remunerados; otros, no.

Otro de los desafíos es la recaudación de fondos para cerrar presupuestos que oscilan entre los 670.000 euros de Proactiva y los más de 4 millones anuales de MOAS y MSF.

Pese a esta movilización, este año al menos 3.000 migrantes han muerto o desaparecido engullidos por el mar.

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“Salvamos a todos los que podemos, pero no somos parte de la solución”, insiste Ruben Neugebauer, portavoz de Sea-Watch, que, al igual que las otras ONG, pide rutas legales para los migrantes.

“No tenemos la intención de quedarnos para siempre”, apunta Jens Pagotto, responsable de misión en Sicilia de MSF.

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“Pero mientras no veamos una alternativa (…), es difícil marcharse”, remata.

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