En Ponedera hay un aviso con su nombre a la entrada.

© Gonzalo Morales Divo

Hay una tortuga en la letra O, unos tomates en la D y unas mazorcas en la A.

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Hay una historiadora que dice que ese es solo su apodo, y que el pueblo en realidad se sigue llamando San José de Puerto Alegre.

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Hay un tractor rojo que pasa por un lado.

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Hay una pasarela de árboles con la bandera de Colombia pintada a la cintura, que lo cobijan de sombra.

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Hay una calle de pequeños hoteles.

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Hay casas en obra negra desperdigadas en el monte.

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Hay una procesadora de tomates.

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Hay una fábrica de queso.

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Hay un muelle de canoas.

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Hay una isla tapizada de maíz, guayaba, guineo y yuca.

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Hay un parque con dos canchas.

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Hay un Simón Bolívar sin nariz.

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Hay una morrocoya voladora.

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Hay dos invasiones con casas de tablas y antenas de DirecTV.

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Hay una vida apacible.

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Hay una gallera que le inyecta adrenalina.

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Y hay una cuna de cerditos-alcancía.

Tomás Mendoza Carrasedo pedalea todos los días para hacerlos nacer.

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Con sus pies descalzos le da cuerda a un torno de tablones y palos.

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Arriba, las manos y el giro le dan forma al barro.

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Levanta un bulto y sus dedos empiezan a crear un vacío, una burbuja.

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Pasa un nylon por debajo y ya está, acaba de apilar en su mesa otra vasija gris.

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Podrá venderla por $2.000.

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Antes, quemará la arcilla en un horno de ladrillos para que cobre rigidez.

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El material que manipula cual plastilina está formado con una mezcla de lodos, una parte del río y otra de tierra firme.

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Lo explica sin dejar de pedalear.

Su hija Jerlis, 37 años, les dibuja ojos a las alcancías con una tapa de medicamento.

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Con trozos de barro les dota de piernas, orejas y cola, bajo la mirada atenta de un afiche de Chayanne descamisado y desteñido.

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Ellos los hacen, otros van y los distribuyen en mercados de la Región.

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Aquí sus artesanías oscilan entre los $1.000 y $5.000, allá alcanzan a superar los $20.000 o $30.000, dependiendo del marrano.

Un grupo de jóvenes juega una partida de dominó.

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En las manos I

Tomás y Jerlis son dos de los cerca de 19.000 habitantes de un pueblo atlanticense que puede darse el lujo de no haber salido a relucir por la violencia.

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No ha habido masacres, ni tomas armadas ni desplazamiento masivo.

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Lo que puso a Ponedera en el mapa de la opinión pública nacional es una mezcla de ironía y chabacanería, por una canción en YouTube que lleva años siendo viral en parrandas y charlas de esquina en la Costa y un vicepresidente que la revivió al anunciar 170 casas gratis .

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Un sonsonete que, en esencia, dice que aquí no hay nada ni pasa nada, con palabras más creativas.

Tomás, bigotudo, con 62 años, sombrero vueltiao y grietas de barro seco en el rostro,  no está de acuerdo en algo.

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“Este es un trabajo al que nunca le han parado bolas”, reniega el alfarero nacido y criado en Ponedera, que igual sigue pedaleando.

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Hay montañas de artesanías a sus espaldas.

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Se enjuaga las manos, moja otro bulto de arcilla y sigue “Todo lo que se me viene a la mente lo hago”.

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Pero luego demuestra que está de acuerdo en otra cosa, al pasar a moldear el que, paradójicamente, considera el principal valor de su tierra: “Es un pueblo quieto.

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Donde cosas no se dan.

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Anda uno libre.

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No le teme uno a nada”.

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Pasa el nylon, corta la burla y ya está.

Desde hace 40 años el patio de Tomás, en el barrio La Concepción, conjuga oficina y área de producción de su negocio.

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Comenzó en esto al casarse con una hija de la familia Cano, los pioneros de la tradición de la alfarería en el municipio.

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Hoy son ya cuatro “emprendimientos” en torno a la actividad.

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Sobre la arena y bajo láminas de zinc, él y su hija atienden a quienes les llegan a comprar.

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Vienen de varios municipios.

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La pared de bloques grises a su alrededor sirve de agenda.

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Se ven garabateados nombres y números.

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En una esquina hay unas 500 piezas de candelabros.

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También hay vasos.

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En otra, más de 600 chonchos esperan apilados el bautizo de su primera moneda.

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En un corral a un lado asoma el hocico un cerdo real, de carne y hueso, que ha de servir de inspiración.

Por su tamaño y población, Ponedera podría ser equivalente a un barrio de Barranquilla, la capital del departamento.

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Solo que está a 40 minutos por carretera.

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La vida se desarrolla de forma casi rural, en la ribera del Magdalena, entre calles destapadas y palmeras, almendros, mangos y laureles más altos que las casas.

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Sopla la brisa.

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Agita las hojas verdes alrededor.

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Una voz, ronca a través de un altavoz, llega de las calles a interrumpir el silencio de la mañana del sábado.

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“Hoy, gran riña de gallos en la gallera La Candelaria, donde Rita.

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Las mejores espuelas, con participantes de Palmar, de Santo Tomás.

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La invitación es para que disfrute en familia”.

Iglesia del municipio de Ponedera, cuyo santo patrono es San José.

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Picotazos I

A las 6 de la tarde se empieza a llenar la gallera.

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El primer encuentro será entre Espartaco, un giro de plumas blancas, y Marquitos Figueroa, uno chino con nombre de sicario criollo.

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Será con espuelas de 30 líneas, es decir tres centímetros, para que la contienda sea menos letal.

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Antes batallaban con espuelas de 60 líneas, y las peleas terminaban mucho más rápido.

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A un animal le podían atravesar el corazón o un pulmón con una sola estocada bien propinada.

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Ahora se picotean, se despluman, se laceran, pero no se matan.

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“Nos estamos modernizando”, dice sonriente Giancarlo Díaz, que trajo a Espartaco y Zeus desde el corregimiento de Santa Rita.

Moscos chocan bajo el foco que baña de blanco un agrietado redondel de cemento enrejado con varillas negras.

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Está detrás de un portón metálico, en el patio de una casa en los bordes del casco urbano; el pueblo se va desvaneciendo sin mucho orden entre la manigua circundante, y en las zonas más extremas ya no hay calles sino trochas.

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En la fachada no hay ningún aviso, pero el Junior Stereolaser lanza la voz de Diomedes Díaz con indiscutible fuerza a dos cuadras a la redonda.

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Para llegar solo hay que seguir la pista de acordeonazos que arroja este pequeño picó de dos parlantes.

Cae un atardecer enrojecido.

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Hay una báscula colgando de un gancho.

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Hay una nevera de la que emergen inagotables cervezas heladas.

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Llegan motos y motos.

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Los primeros contendientes son alineados en jaulas a ras de piso, uno frente a otro.

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“Para que estén alentados”, dice Giancarlo.

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Tiene 27 años y es gallero desde hace 9.

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¿Por qué? Porque su padre también lo es.

A los gallos les rasuran los muslos.

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Así queda al descubierto una musculatura que envidiaría cualquier asadero, producto de “correteadas” con pesas amarradas a sus patas.

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Pero Giancarlo no quiere continuar con el tema cuando sabe que habla con un periodista.

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Pide que vayamos a su corregimiento.

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Que veamos que no tiene ni una sola vía pavimentada.

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Que vayamos al puesto de salud y constatemos que no hay médicos, ni camillas, ni instrumentos.

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Que contemos que toda la plata se la roban, y por eso es que aquí no hay nada más que gallos.

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Que no nos creamos lo de las casas gratis, porque eso se lo van a dar a los que son amigos de los políticos de turno.

Acercamientos históricos

“Por lo demás, y para concluir este primer tranco, Ponedera, según su número de historiadores, tendría tantas fundaciones cuantas se desearen y con algunas ventajas analizadas así: la que parece oficial (noviembre 28 de 1743) la hace, hasta 2007, 264 años más antigua.

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La segunda (19 de febrero de 1745) le quita dos años como hacen algunas vanidosas mujeres cuando niegan su verdadera edad.

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Y la tercera (1777) la hace coquetear con 230 años.

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Esto socarronamente tiene sus ganancias posteriores pues bien se le podrían celebrar a Ponedera tres cumpleaños distintos en el año.

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¿No es acaso esto otra genialidad del espíritu ponederense?”.

Final del primer capítulo del libro ‘Acercamientos históricos y testimoniales de Ponedera.

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1743-2008′, escrito por Diva Colina de Rocha.

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En la primera página se lee una nota escrita a mano y firmada por ella.

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“Este es el único libro que me quedó, por lo tanto es el mío”.

Trabajadores descargan de las canoas el maíz que es cultivado en la isla El Socorro.

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Recuerdos

En Ponedera hay sacos de maíz por todos lados.

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Hay carromulas que los cargan.

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Hay motos que los cargan.

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Hay canoas que los cargan.

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Hay montañas apiladas en la vía que desemboca en el muelle.

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Hay canastas de cervezas llenas de mazorcas a los lados de la carretera.

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Hay niños en el parque lanzándoles piedras a los pájaros con caucheras.

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Hay una laguna formada por los vertimientos de un incompleto alcantarillado, que se riegan sin más al final de un callejón.

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Hay un presupuesto anual que ronda los $15.000 millones, más o menos lo que invierte Barranquilla en un nuevo estadio.

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Hay una nueva cancha sintética llamada La Cabaña Club.

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Hay una cartera de $4.673 millones por impuestos no cobrados en los últimos 5 años.

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Hay una pareja de hermanos que se inspira en peinados de futbolistas para cortarles el pelo hasta 50 personas por día, al aire libre, en un parque, bajo un palo de mango, al frente de un estadio de fútbol.

Hay una señora de 78 años que resguarda la memoria de municipio y que se balancea en su mecedora de tablones verdes, en la terraza de su casa.

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Hay un grupo de niños descamisados jugando fútbol en las calles sin pavimentar, a pocos metros de ella.

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“La historia nos cuenta que Ponedera siempre ha sido un pueblo pacífico”, dice Diva Colina de Rocha, que se autodenomina “periodista sin título”.

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Abre su libro y enseña una foto amarillenta de la primera casa del pueblo, en la primera calle: la Calle del Banco.

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Techo de paja, paredes de barro, sobre la misma arena destapada.

“Su nombre de pila es San José de Puerto Alegre”, insiste sobre su municipio.

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Explica que esto se debe a que su patrono es San José, y “se le decía puerto alegre por el río”.

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Diva señala que la población fue fundada por dos españoles, José Pertuz y el sacerdote Francisco Pérez de Vargas.

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“Eso dice la historia, porque yo ni existía”, aclara.

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Construyó su libro a partir de entrevistas con personas mayores, “como la que me están haciendo ustedes”.

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¿Por qué se terminó llamando Ponedera, entonces? La anécdota es conocida.

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“Por el río venían los anfibios y ponían sus huevos.

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Y entonces los españoles, creo que fueron ellos, dijeron: este es el puerto de las ponederas.

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Porque ponían las hicoteas.

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Y Ponedera se quedó”.

Picotazos II

La gallera llevaba meses sin ser utilizada, pero apenas la gente sepa que hoy hay gallos se llenará, porque esta es una tradición cultural en Ponedera.

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Son palabras de Jonathan Hernández, otro joven de 27 años que fue quien alquiló el lugar para esta velada.

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“Aquí la gente es bien.

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No pasa nada”, advierte desde el principio.

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Son las 8:20 y empiezan a tomarles el peso a los gallos.

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Una mujer entra sonando una campana.

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Primer llamado.

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La multitud se agolpa.

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En cuestión de minutos, el ruedo está lleno.

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Ya no se ven los choques de moscos que presagiaban el vuelo de plumas ensangrentadas.

La ley de maltrato animal aprobada el año anterior mantuvo una exención de sanciones específica para este tipo de eventos, en los que dos pájaros intentando matarse hacen el espectáculo central.

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Pero contrario a la apariencia que despierta lo que está por comenzar, las estadísticas ratifican que una de las cosas que no hay en Ponedera es violencia.

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Solo ha habido cinco homicidios en los últimos seis años, una de las cifras más bajas para un departamento donde la capital concentró más de 400 asesinatos en 2015.

Un gallo llegó en limusina, una caja de plástico con el eslogan “gallos finos” sobre la tela negra a un costado.

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Su dueño le peina las plumas, le aprieta el pico y le da un beso al sacarlo.

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Varias motos se han estacionado a un lado.

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Algunas vinieron cargadas de niños.

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Hay bebés de brazos, adolescentes, ancianos.

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La gente corre de un lado a otro mientras equipos se disponen en distintas esquinas, para preparar las espuelas.

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Se hace inevitable recordar el boxeo.

José Beltrán, sentado afuera del hotel del pueblo.

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Símbolos

Diva Colina abre un dilema de biodiversidad que queda sin explicación, y que deja pensando a muchos visitantes.

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¿Por qué el monumento de la tortuga voladora, una estatua de unos tres metros elevada sobre unos tubos en una pequeña plaza del pueblo, representa una morrocoya y no una hicotea, que son las tortugas de río? Y, además, ¿por qué no le han dado una mano de pintura?.

Esas respuestas ya no le corresponden a Diva.

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Ella dedicó dos años a escribir su libro, pensando en dejar un legado para las nuevas generaciones.

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Antes de despedirse, señala que apenas habiendo terminado cuarto de primaria, ella participó en el primer Foro de la Mujer Colombiana, en una época en que todas las mujeres que conocía “se quedaban como amas de casa”.

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Tuvo “la módica suma” de nueve hijos, “más cuatro sobrinos que desde que vinieron al mundo críe”.

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De los nietos perdió la cuenta, “son como treinta y pico”.

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Bisnietos son cuatro.

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El menor de los varones, Ernesto Rocha, es una de las personas indignadas con ese video que dice que aquí no hay nada, con palabras que no repite por respeto a su madre.

A la sombra de un árbol de torombolo, muestra otras canciones de YouTube que jamás se han viralizado.

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“Tierra de paz, donde el que habita vive en plena libertad”, se oye en los versos vallenatos de ‘A Ponedera’.

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Rocha es un abogado ponederense de pelo blanco que dice enfáticamente que “en Ponedera sí hay cosas buenas que resaltar.

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Hay grandes profesionales”.

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Su madre tiene un altar a la Virgen en el patio de su casa; un labrador negro llamado Jack juguetea con pequeños patos a sus pies, y dos azulejos se resisten a cantar.

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Habla de Roque ‘Ponedera’ Mejía, exjugador de Junior.

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Referencia la página de Facebook Bella Ponedera, que tiene más de 4.900 contactos.

En Ponedera hay una isla, conocida como El Socorro, que le permitió al municipio resistir el embate de la larga sequía.

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“La verdadera despensa agrícola del departamento”.

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Rocha dice que “a la hora que sea” hay plátano, yuca, maíz, melón.

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“Sacan tractomulas de guayaba.

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Mientras otros pueblos sufrieron, aquí siempre tuvimos para el pancoger”.

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Para bien o para mal, al tratarse de un aluvión, un formación de sedimentos supuestamente transitoria, no ha sido objeto de programas gubernamentales ni reclamaciones de nadie.

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Pero ese pedazo de tierra fértil es más grande que el casco urbano del pueblo, si se le mira desde Google Earth.

En Ponedera hay incluso un superhéroe: el Costeño Enmascarado.

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Se trata de un personaje de redes sociales cuyo superpoder consiste en blindarse de la nieve con una marimonda, para enviarle mensajes vaciladores al Junior desde Chicago, Estados Unidos.

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Su identidad secreta es Silvio Herrera Jr., ponederense.

Modorra

En Ponedera hay cuatro veredas: Puerto Giraldo, Martillo, La Retirada y Santa Rita.

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Hay un rebaño de chivos que deambula por ahí.

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Hay una ferretería que se llama La Cachetada.

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Hay una supertienda de verduras llamada Olimpo.

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Hay una casa con una reja metálica con la forma del escudo del Real Madrid de España.

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Hay un mototaxi con una bandera de Junior descosida a la mitad, de cuando solo tenía seis estrellas.

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Hay un conductor de ceño fruncido llamado Nelson Fontalvo a un pie de la carretera, en la entrada del municipio, esperando viajeros al mediodía del viernes, que dice “qué va.

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Aquí no hay nada, principiando por las calles”.

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Hay un hotelero sonriente llamado José Beltrán, llegado hace 15 años desde Pivijay, Magdalena, sentado en la puerta esperando clientes, que dice “aquí sí hay cosas, lo que pasa es que no es tan reconocido”.

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Hay un restaurante titulado ‘No te pases’ que vende mojarras sobrealimentadas que dejan groggy al recién llegado.

Hay un viejo de 84 años que solo lleva sombrero y pantaloncillo, Santiago Zambrano, a quien su familia dejó reposando bajo un árbol en su silla de ruedas.

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Hay otro de 81, Eduardo Fontalvo, que a pocos metros de ahí ofrece en un tablón melones y patillas cultivadas “en tierra firme, los que nunca pierden el sabor”, así como “guineo cuatro filos, el que da el mejor patacón”.

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Hay un tas, tas, tas sobre madera que revienta la quietud del postalmuerzo.

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Un grupo de ocho jóvenes juega un dominó de fichas rojiblancas a un lado de la iglesia.

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Uno de ellos es  Alfonso Barraza, un guardia de seguridad de 30 años que vive arrendado y tiene cuatro hijos.

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“Así es.

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Todo se lo roban.

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“Por eso es que no hay nada”, dice tras una carcajada cuando se le pregunta si en Ponedera no hay nada.

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Tampoco recibe con entusiasmo el anuncio de que vendrán casas gratis.

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“Al que de verdad necesitan no lo ayudan.

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Coronan es los que ya tienen casa, por política.

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Y después las venden”.

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Tas, tas, tas, están apostando los partidos a 500 pesos y va ganando.

Picotazos III

Aposté $10.000 al chino, alias Marquitos.

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Revolotean, se picotean, se desgarran.

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Chorros de cerveza circulan a su alrededor.

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“Jugando a la guerra, todo el día”…

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se oye al fondo.

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Se lanza un crescendo de pandereta y el chino rasguña al blanco en lo que parece una patada kung fu.

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“El gato que está, triste y azuuul, nunca se olvida, que fuiste mía….”, prosigue Roberto Carlos a todo volumen en el fondo.

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La gente se agarra de la reja, la sacude.

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“¡Dale duro!”.

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“¡No te dejes nojoda!”.

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“¡Enséñale, enséñale!”, son los gritos enardecidos que complementan la banda sonora.

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El blanco intenta escapar.

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El chino lo persigue en círculos y lo picotea en el pescuezo.

Giran un reloj de arena hecho con botellas de ají invertidas y suena la campana.

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Gané $8.000.

Aposté en la lista, por recomendación de Héctor González, y en contra del animal que trajo desde Santa Rita Giancarlo Díaz.

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Además de gallero por vocación, González vende frutas ponederenses en una carretilla en Barranquilla.

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“Esa apuesta era segura.

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El chino se respeta, es más pluma”.

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Con cerveza en mano, eufórico, me dice que lo mejor es apostar así, en la bolsa general.

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También se puede apostar directo con personas que desafían a último minuto.

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De ahí viene el término “palabra de gallero”.

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“Pero si vas directo después se agarra uno a trompá.

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Si ganas no quieren pagar”.

Suena la campana y empiezan los gritos.

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“Voy $30.000 al blanco”, grita un joven moreno de camisilla, tatuaje de estrella y corte rapado, que no debe tener más de 20 años.

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La segunda batalla es mucho más rápida.

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Al blanco que llegó en limosina le reventaron un ojo, y quedó tendido en la lona.

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Su dueño intervino para sacarlo, y ahora le levanta el ensangrentado cuello, con cuidado, para una foto.

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“Llorarás y llorarás, sin nadie que te conduela…”, chilla en el fondo el Junior Estereolaser.

En las manos II

“A mí no me duelen las manos.

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Mientras tenga vida, seguiré tocando”.

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José Antonio Salas Meza es un músico de 91 años que arregla tambores con cuero de terneros biches, y que les sigue sacando ritmo a pesar de verse frágil y menudo por la edad.

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“Ese es el más delgado.

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Con otro cuero no suena igual”.

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Toca con un grupo de jóvenes, Los quitasueño, y colabora con tres cumbiambas que hay en Ponedera.

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A sus espaldas, dentro de su casa pintada de color guayaba y limón, está su pareja María Cárdenas haciendo bollos.

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Con sus manos, la mujer de 60 años amasa el maíz molido.

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Rocía anís, para darle sabor a las piezas de masa que venderá en $1.000 y terminarán, por un mayor precio, en platos de Barranquilla.

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Llegó desplazada desde Pivijai, Magdalena.

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“A ese pueblo les dicen los matacuras”.

Con las manos también sobrevive Diana Marina Noriega Parra, que tiene 33 años.

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Ella amasa harina de trigo con azúcar para darle forma a “hojaldas” que luego frita en aceite.

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Su esposo, Luis Cervantes, las sale a vender por $600 en las calles.

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Con lo que obtienen les dan de comer a sus cinco hijos: José Guillermo, Andrés Felipe, Luis Carlos, Milton Alberto y Manuel Demesio.

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También llegaron desplazados de Magdalena.

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Viven con su madre y una hermana en una casa de unos 4 metros cuadrados, donde bolsas plásticas con remiendos de palos hacen las veces de paredes, bajo zinc oxidado de bordes filosos.

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La sala es al mismo tiempo la cocina y el cuarto.

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Son solo una de las cerca de 300 familias que se han concentrado en las tierras desocupadas de Ponedera.

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El municipio reporta el mayor número de solicitudes de restitución de tierras, con 111 procesos de personas que reclaman haber sido desplazados de otros puntos de Atlántico y Magdalena, por el conflicto armado.

Con las manos también arrastra su canoa Heriberto De La Hoz, un agricultor de 30 años que hunde un palo en el fondo para impulsarse.

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Antes el río bordeaba Ponedera.

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Ahora está seco, y ni siquiera llega al Muelle que solía ser orgullo de los locales.

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El kiosco y las sillas que fueron adecuados allí se están desmoronando.

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Hay cinco canoas encalladas, volteadas.

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“El Parrandero No.

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2″, se lee en una de ellas.

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Siguen revoloteando por ahí las garzas blancas, pero el agua que separa el pueblo de la isla del Socorro no es más que un pantano maloliente, rodeado de tarulla.

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Heriberto lo cruza todos los días para llegar hasta sus cultivos y limpiarlos de plaga.

Regresa con sacos de maíz que arranca con sus manos.

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Usa botas de plástico, y una camisa y un sombrero pringados de pintura.

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También pinta casas por unos pesos.

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“Esta isla ha sido la salvación” dice, y sonríe empapado en sudor mientras amarra su canoa con candado a una cerca de alambre de púas.

Picotazo final

Con esparadrapo y cuchilla, Janil Sánchez se dispone a instalarle un punzante aguijón de carey a un gallo.

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Ese material lo extraen de tortugas en La Guajira.

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Él no trajo animal alguno, su oficio es específico: preparador.

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Tiene 37 años y viene de alistar gallos en plazas de Caracas.

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Viste sudadera azul remangada en los brazos, y una gorra tricolor.

Ponedera, ese pueblo donde supuestamente no había nada, es nada más y nada menos que una parada obligada en el circuito extraoficial de galleras del Caribe.

© Gonzalo Morales Divo

Un circuito que va desde Panamá hasta Venezuela, pasando por toda la Costa colombiana, sin olvidar Cuba.

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Un municipio blindado a la violencia, pero que para mantenerse así la abraza en su corazón.

Janil cuenta que se volvió experto en sus años en Venezuela.

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Usa una técnica con fuego y velas que deja perplejos a los niños a su alrededor.

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Pero ahora está atrapado en Ponedera, donde aprendió el oficio con su padre.

“Estaba de visita en el pueblo cuando cerraron la frontera.

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Dejé todo allá.

© Gonzalo Morales Divo

Acá quedé como un desplazado”.

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Su frase final recuerda algo.

© Gonzalo Morales Divo

En Ponedera solo hay lo mismo que en la mayoría de los pueblos de la Costa; históricamente olvidados por el Estado, obligatoriamente recordados ahora que se han vuelto receptores de víctimas.

© Gonzalo Morales Divo

En Ponedera lo que hay es un adelanto del posconflicto; una gente tratando de vivir en paz y no encontrando cómo.

Pero, a su vez, la gallera aureliana recuerda otra cosa en sí misma.

© Gonzalo Morales Divo

En Ponedera lo que hay es un Macondo que se preserva, natural, en pleno siglo XXI.

© Gonzalo Morales Divo

A la nada que pasa todos los días aquí no le falta más para ser mágica (y supera cualquier montada). 

© Gonzalo Morales Divo

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