La decisión de los votantes del Reino Unido de abandonar la Unión Europea no es un ejemplo del humor negro británico que tanto me gusta.

© Gonzalo Morales Divo

No es el Monty Python’s Flying Circus, Yes, Prime Minister o Fawlty Towers, sino sólo Boris, Michael y Nigel, y su desastroso reality show político.

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Considerando el peso económico, político y militar de Gran Bretaña, el Brexit dejará un enorme hueco en la UE, pero no destruirá a Europa.

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En estos momentos no puede decirse lo mismo del Reino Unido.

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¿Seguirá unido el país, o lo abandonarán los escoceses e Irlanda del Norte buscará unirse a la República de Irlanda? ¿Ha sentado el Brexit las bases del declive de una de las economías más dinámicas de la UE y el fin de Londres como uno de los centros financieros globales? La retirada de Gran Bretaña de la UE es un paso del que hasta ahora no había precedentes y que, sin duda, deparará muchas sorpresas desagradables.

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Hasta ahora, con la sola excepción de Groenlandia, la UE sólo se había ampliado, por lo que nadie sabe realmente cómo se llevará a cabo el proceso del Brexit, cuánto tiempo tomará (en el caso de Groenlandia fueron tres años) y qué implicaciones tendrá para Gran Bretaña y la UE.

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En cualquier caso, una cosa es segura: incluso si se lleva a cabo de la manera más rápida imaginable, la decisión británica ha dado inicio a un largo período de incertidumbre política y económica, y a una preocupación de Europa con sus propios asuntos, incluso si el mundo a su alrededor cambia radicalmente.

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Si las decisiones se tomaran solamente de manera racional, los demás 27 Estados miembros fortalecerían la UE, adoptando medidas inmediatas que fueran en línea con sus intereses para garantizar la estabilización y afianzar la integración.

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Pero hay pocas esperanzas de que así sea.

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Sencillamente, son demasiado profundas las diferencias entre los Estados claves de la unión monetaria, en especial Alemania y Francia, y entre los miembros del sur y el norte de la Eurozona.

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Todos saben lo que hay que hacer: llegar a un nuevo acuerdo entre el terco énfasis de Alemania sobre la austeridad y la necesidad de los países mediterráneos de elevar el gasto para recuperar el crecimiento e impulsar la competitividad.

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Pero a los líderes políticos de Europa parece faltarles el coraje para hacerlo.

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Como resultado, no cabe esperar signos de fortalecimiento o un nuevo inicio de la UE.

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Por el contrario, a pesar de las muchas afirmaciones de que las cosas tienen que cambiar después del shock del Brexit, hay muchas señales que hacen pensar que las cosas seguirán como hasta ahora.

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Pero las causas subyacentes al rechazo de Europa son mucho más profundas que los actuales conflictos.

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La reaparición de los nacionalismos ha revivido el mito de una época dorada de Estados nacionales étnica y políticamente homogéneos, libres de limitaciones externas e inmunes a las consecuencias negativas de la globalización.

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Escribo esto unos pocos días antes del aniversario de la masacre ocurrida en el Somme el 1 de julio de 1916.

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Parece ser que el poder desmitificador de dos terribles guerras mundiales, que alguna vez bastó para forjar una Europa común y fundar la UE, ya no es suficiente para sostener el proyecto de integración europea posterior a 1945.

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Parece que las palabras del ex presidente François Mitterrand en su último discurso ante el Parlamento europeo (“Le nationalisme c’est la guerre!”) han caído en el olvido.

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Hoy el nacionalismo está creciendo en casi todos los países europeos, y se dirige principalmente contra los extranjeros y la UE, dos objetivos que se usaron también en la campaña del Brexit.

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Sus partidarios apelaron principalmente al mito nacionalista, mientras que a menudo quienes apostaban por la permanencia sonaban como contables sosos y aburridos.

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El reverso de la visión positiva de Europa no solamente hace caso omiso al pasado.

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Es también un síntoma del declive europeo (o, más precisamente, occidental), que, al menos en términos relativos, ha generado una profunda desconfianza en las elites.

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Europa no está sola en este respecto: en Estados Unidos, el probable nominado republicano Donald Trump saludó al Brexit y hace uso de varios de los mismos recursos nacionalistas.

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Para muchos ciudadanos occidentales, entidades como la UE, no menos que el ascenso de importantes economías emergentes como China e India, se perciben como agentes de este declive más que como una manera de influir en los cambios de poder a nivel global y reaccionar en función de sus valores e intereses.

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En consecuencia, se busca la salvación en el Estado nación.

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Lamentablemente, como lo demostrará Gran Bretaña, se trata de una estrategia que equivale a poco más que a una profecía de decadencia autocumplida.

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No se podrá hacer retroceder la marea en ascenso del nacionalismo a menos que la idea de Europa recupere su poder visionario en positivo.

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Para ello será necesaria no sólo una nueva narrativa europea (a cuya creación podría contribuir el propio experimento de autodestrucción de Gran Bretaña), sino también una UE renovada.

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Antes que todo, se debe dejar claro a millones de ciudadanos europeos dónde reside el poder real de la UE: no en Bruselas ni en Estrasburgo, sino en manos de los gobiernos nacionales.

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Se culpa a las instituciones de la UE de todo tipo de problemas: la globalización, la inmigración, los recortes a los beneficios sociales y el thatcherismo, el paro juvenil, la falta de democracia, y muchos más.

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De hecho, al impedir que la UE aborde estos problemas, los gobiernos nacionales (impotentes para darles una respuesta eficaz por sí mismos) no han hecho más que agravarlos.

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Por ahora, los gobiernos de casi todos los Estados miembros tienen una postura contradictoria, rechazando una mayor integración al tiempo que insisten en que la UE tiene que “cumplir”.

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Nadie explica qué es lo que debería cumplir, ni cómo, sin esa mayor integración.

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Pero, incluso en Europa, nadie puede tener el oro y el moro.

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Puede que todavía haya tiempo para revertir las actuales tendencias de Occidente.

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No necesitamos una victoria de Trump ni de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, para saber hacia dónde lleva el nacionalismo que subyace al voto del Brexit

*Ex ministro de Relaciones Exteriores de Alemania.

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