Desde París

El Estado Islámico tardó dos días en reivindicar el atentado que el tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel cometió en Niza el pasado 14 de julio y que dejó 84 muertos y 50 personas entre la vida y la muerte. El comunicado llegó este sábado 16 y alega que el hombre que atropelló con su camión a la multitud que asistía a los festejos del 14 de julio es “un soldado” del Estado Islámico” cuyo acto “es una respuesta a los llamados destinados a tomar como objetivo a los ciudadanos de la coalición de Estados que combaten al Estado Islámico”. La reivindicación no despeja sin embargo las dudas que rodean el perfil y las motivaciones de Mohamed Lahouaiej Bouhlel. El hombre, hasta ahora, parece ser un miembro espontáneo de ese ejército de las sombras embebido en la retórica islamista radical sin tener por ello lazos operativos evidentes con la organización. El ministro francés de Interior, Bernard Cazeneuve, reveló que la investigación determinó que el terrorista se “radicalizó muy rápido”. La argumentación suena poco verosímil. El tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel aparece de pronto como la figura fundadora de dos hechos inéditos: uno, inaugura los atentados sin armas ni bombas.

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Se sirvió de un camión para sembrar la muerte: dos, se iza como el primer individuo que protagoniza una suerte de radicalización exprés, instantánea.

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A pesar de que se han detenido cinco personas de su entorno y que se buscan cómplices, no hay, hasta el momento, pruebas tangibles de que haya tenido contactos con otros individuos ligados a la galaxia sunita extremista.

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El terrorista podría entrar en esa categoría de los soldados espontáneos que responden según su imaginación y sus circunstancias personales a la narrativa y a las consignas del Estado Islámico.

El titular de Interior reconoció que el país se enfrentaba “a un tipo nuevo de atentados” de carácter indetectable.

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La inmensidad del horror y la personalidad del protagonista no autorizan sin embargo a despejar todas las dudas, incluso si el Estado Islámico siempre reivindicó hechos de los que era realmente responsable.

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El entorno del tunecino lo describe como un enfermo mental, exhibicionista y violento, una suerte de cabeza vacía muy lejos de estar influenciado por las ideas radicales.

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El hombre bebía mucho alcohol, no seguía los preceptos del Corán, no respetaba el ayuno del Ramadán y ni siquiera acudía a la Mezquita.

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De allí el abismo que existe entre su vida y el acto final que cometió en nombre del islamismo radical.

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Según Bernard Cazeneuve, gente como Bouhlel son personas muy “sensibles” a los mensajes del EI que terminan por cometer acciones muy violentas “sin haber participado jamás en combates ni haber pasado por períodos de entrenamiento”.

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Una suerte de bomba solitaria que le plantea a todos los servicios de inteligencia del mundo un desafío sin precedentes: ¿cómo descubrir a individuos comunes, que tienen una existencia diametralmente opuesta a los crímenes que se aprestan a cometer, que no frecuentan los lugares vigilados, ni consumen literatura radical, ni navegan por internet en los portales islamistas, ni van a las mezquitas extremistas, ni tienen contactos con interlocutores radicales pero pueden, de un momento a otro, sembrar el terror al máximo nivel?

Los servicios no pueden dar respuesta a esa amenaza durmiente, que sólo vive en la conciencia de quienes, un día, optan por ser radicales o cometer un acto de barbarie que nada tiene que ver con sus vidas anteriores.

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Los medios de inteligencia habían advertido varias veces sobre el riesgo de que alguien cometiera un atentado de gran envergadura en un lugar público durante un día de mucha frecuentación popular.

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Nadie imaginó sin embargo la fórmula asesina empleada por Mohamed Lahouaiej Bouhlel. Europa en su conjunto ve con impotencia cómo ese riesgo se encarna en personas reales. Dirigentes del Viejo Continente admiten que están “desarmados” ante esa amenaza latente y que no existe dispositivo de seguridad capaz de descubrir a esos solados de la sombra antes de que pasen al acto.

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Francia blindó sus aeropuertos, sus estaciones de trenes y metro, sus Estadios de fútbol, sus museos y sus atracciones turísticas más frecuentadas, pero Mohamed Lahouaiej Bouhlel irrumpió con un camión en una zona peatonal protegida y dejó una estela de sangre y muerte a lo largo de los dos kilómetros que recorrió con su camión.

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Las sociedades son víctimas repentinas de los lobos solitarios mientras que los Estados revelan su incapacidad a frenar a esos mismos lobos.

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Ninguna medida de seguridad o texto de ley puede detectarlos. El asesinato del Comandante afgano Massud días antes del 11 de septiembre de 2001, el mismo atentado contra las torres gemelas en Nueva York o el atentado de Madrid perpetrado el 11 de marzo de 2004 fueron minuciosamente preparados durante meses.

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Estos no. Causan un número espantoso de víctimas. Los militares en las calles, la presencia policial masiva sólo sirven para envolver a la gente con un sentimiento de seguridad que nos los protege de la muerte.

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Niza es la prueba más triste de esa realidad. Antes y dentro de la zona donde penetró el camión y a lo largo del Paseo de los Ingleses hay decenas de cámaras que vigilan el perímetro.

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Ningún servicio policial se percató de que un camión circulaba a una hora inadecuada y en un lugar repleto de gente.

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El Estado Islámico irrumpió además con un perfil y una consigna de muerte ante la cual no se había elaborado una respuesta operativa: el Estado Islámico dice “mata dónde puedas y cómo puedas” a los ciudadanos occidentales cuyos países lo combaten en Siria e Irak.

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En un mensaje difundido hace dos años, el Estado Islámico decía: “utilicen un camión como una cortadora de pasto.

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Vayan a los lugares más frecuentados y aceleren lo más que puedan para causar los mayores daños posibles”.

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Ello convierte a cualquier persona objeto de discriminación racial, mal integrada en los excluyentes sistemas de Occidente, fanatizada o con desequilibrios personales drásticos en posibles aliados de une empresa de muerte y destrucción.

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El Estado Islámico cuenta entonces con dos bases: una territorial en Siria e Irak, y otra transnacional compuesta por esos lobos al acecho.

Europa está cernida por varios factores que introducen un trastorno profundo.

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La locura del Brexit y la irresponsabilidad de quienes lo promovieron son parte de un mismo problema que se extiende al anclaje de los verdaderos populismos destructores, es decir, las poderosas extremas derechas y sus discurso xenófobo dirigido selectivamente contra los musulmanes.

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La presencia de los extranjeros en Europa es débil y no explica por si sola el auge de esos demonios. Dentro de la UE, los extranjeros apenas representan el cuatro porciento de la población (datos de Eurostat, la agencia que elabora las estadísticas de la UE).

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Exclusión social y cultural, discriminación ante las oportunidades -trabajo y estudios-e integración fallida en casi todos los niveles del llamado “ascensor social” han terminado por diseñar un terreno minado de bombas que el Estado Islámico y las extremas derechas europeas explotan con muchas ganancias para cada una de sus causas.

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El primero recluta a distancia y sin orden asesinos invisibles, los segundos cosechan en las urnas todos los beneficios del odio, el miedo y la destrucción.

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