Es el domingo 15 de agosto de 1971 y la Guerra de Vietnam aún está en su apogeo. El programa más visto de la televisión estadounidense es “Bonanza”, emitido por la cadena NBC a las nueve de la noche. Como es habitual fuera de temporada, hoy habrá la repetición de un episodio de la citada serie. Richard Nixon, trigésimo séptimo Presidente de Estados Unidos, tiene que realizar un importante anuncio y aprovecha la enorme audiencia de “Bonanza” para hacer una sorpresiva aparición unos minutos antes.

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La alocución de Nixon pone fin a una era: a partir de ese momento, Washington no haría más convertible el dólar yanqui por lingotes áureos (*).

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La violación de los Acuerdos de Bretton Woods, rubricados en 1944, es evidente. El detalle es que la mayoría de los ciudadanos de EEUU y el orbe no entiende a cabalidad las palabras del mandatario republicano, mucho menos las graves consecuencias que acarreará en el futuro la decisión de cerrar “la ventana del oro”.

El astronómico déficit fiscal provocado por la agresión imperialista a Hanoi, había empujado a EEUU a emitir más dinero del que podía ser respaldado por sus barras gualdas.

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En la agonía de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, este país impuso su moneda como divisa de reserva global y se comprometió a anclar el valor de ésta al metal dorado, a razón de 35 billetes verdes por cada onza amarilla.

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En el decenio de 1940, EEUU disponía de vastas reservas de oro en sus bóvedas debido al superávit comercial que ostentaba: era el exportador indiscutible en el ámbito de las naciones industrializadas.

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Recordemos que, a excepción del bombardeo a Pearl Harbor, EEUU no fue afectado de manera directa por la conflagración contra “El Eje” y sus fábricas yacían intactas; por el contrario, en el Viejo Continente había devastación, hambre y muerte.

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Territorios en ruinas que tuvieron el Plan Marshall como tabla de salvación. Al cabo de 26 años, la situación había evolucionado drásticamente: la recuperación en Europa era notoria y EEUU venía registrando un déficit en su balanza de pagos; para 1971, terruños como la República Federal de Alemania (RFA), Francia e Italia, habían retomado su rol de pujantes potencias fabriles y sus productos competían en condiciones de igualdad con los estadounidenses.

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Sin duda, Washington estaba importando más bienes desde Europa y los cancelaba con dólares, pero los receptores de estos papeles confiaban cada vez menos en el dinero gringo y trocaban estos folios por lingotes dorados.

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Francia fue una de las naciones que hasta envió navíos militares a Nueva York –al menos dos veces- para recoger las cantidades de oro que le correspondían por las acumulaciones de dólares en sus arcas.

Ante esto, Nixon tomó la decisión –presionado por la Reserva Federal- de interrumpir “temporalmente” la convertibilidad del dólar por el rey de los metales y evitar la sangría de la que era objeto EEUU en sus tenencias áureas.

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Sin embargo, han transcurrido 45 años de ese paso emprendido por la economía más poderosa del planeta y nunca ha habido la intención de revertirlo, con lo cual podría cuestionarse la tesis de que éste fuese una medida “transitoria”.

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Lo cierto es que la salida del dólar del patrón oro inauguró el “capitalismo de casino” que hoy conocemos: el cambio fijo entre monedas devino en el parqué de divisas flotantes y el endeudamiento crónico se erigió como la piedra angular de esta nueva fase del sistema de la plusvalía.

EL CAPITALISMO DE CASINO Y EL PETRODÓLAR

El desconocimiento de Bretton Woods abrió las puertas a una manipulación más abyecta en los mercados financieros, la cual estaba limitada por el patrón oro y el hecho de que la emisión de dinero estaba sujeta a la cuantía de lingotes que poseía cada nación.

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A partir del 15 de agosto de 1971, el dólar yanqui pasó a ser una moneda fiduciaria, c’est-á-dire, un medio de cambio basado en la fe.

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El valor intrínseco que había cristalizado el billete verde en 1944 al ser “tan bueno como el oro”, se había esfumado con la jugada de Nixon.

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A pesar de ser el “tótem” dinerario de reserva universal y representar la economía de una superpotencia, no pocos gobiernos en el mundo atisbaron con suspicacia que el dólar ya no pudiese intercambiarse por onzas áureas.

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Sin duda, Washington debía evitar a toda costa la creación de un mecanismo alternativo –cimentado en el oro- que quitase la batuta al engendro de la Reserva Federal.

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EEUU tenía que ofrecer a todos los tenedores de dólares en el globo terráqueo una opción atractiva por la cual permutar sus papelitos color esmeralda.

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Verbigracia, ¿qué harían Alemania o Japón con ingentes toneladas de “Benjamines” si no podían recibir en contraprestación barras doradas? ¿Qué otra materia prima podrían adquirir con toda esa liquidez en sus bancos centrales? La respuesta de Washington a esto fue el petrodólar.

Entre 1973 y 1974, el Secretario de Estado, Henry Kissinger, se reunió con el rey Faisal de Arabia Saudita y hubo una sucesión de encuentros secretos entre personalidades de Riad y el entonces Secretario del Tesoro, William Simon.

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Washington propuso a los sauditas que el petróleo se vendiese en dólares y, en retribución, estos últimos podrían invertir sus “lechugas” en EEUU a través de activos e instrumentos de renta fija como los Bonos del Tesoro.

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Los halcones del Distrito de Columbia también se comprometieron a brindar seguridad y apoyo militar a la monarquía de ese país.

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Con este movimiento, Nixon liquidaba tres pájaros de un tiro: a) aseguraba la supervivencia del dólar en el tiempo porque todos los que necesitasen petróleo primero debían hacerse de “verdes”; b) atraía las millonarias inversiones de Arabia Saudita y daba una bocanada de aire fresco a la vapuleada economía gringa; y c) ganaba un aliado en el Medio Oriente con el fin de frenar la expansión de la influencia soviética en la región.

La monarquía de Riad aceptó el pacto y el petrodólar nacía como un novel dispositivo de dominación geopolítica, energética y financiera.

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Éste no sólo beneficiaba a EEUU sino a sus aliados europeos de la OTAN y a Japón. En el Viejo Continente y en el Lejano Oriente ha existido una acentuada dependencia de los combustibles fósiles y estos deben traerse de otras latitudes; estos socios aprobarían sin objeciones que sus dólares, si no iban a ser sustituidos por oro, fuesen –por lo menos- trocados por petróleo.

Casi cinco décadas después, el capitalismo de casino ha causado un acelerado proceso de desindustrialización en EEUU, Europa y Japón, además de la precarización del empleo en las naciones recipientes de los puestos de trabajo que se han desplazado desde las economías más desarrolladas.

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La especulación en los mercados, gracias a la expansión monetaria, ha dejado muy atrás el capitalismo de las fábricas y las empresas productivas: las clases dominantes han descubierto que apostar a los derivados o recomprar acciones es más “lucrativo” que fundar una compañía donde se hagan tractores, por ejemplo.

LA BANCARROTA ESTADOUNIDENSE Y EL OCASO DEL PETRODÓLAR

La deuda pública de EEUU sobrepasa los 19 billones de dólares, el desempleo real es de 23% y la inflación verdadera oscila entre 15 y 20% anual.

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De acuerdo con fuentes extraoficiales, las obligaciones federales totales rebasarían los 200 billones.

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Al no estar atado al patrón oro, Washington se endeuda de forma indiscriminada porque –literalmente- puede crear “Benjamines” de la nada.

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De hecho, por eso el petróleo le sale gratis. Esta política de contraer préstamos ad infinitum ha desencadenado distorsiones graves como las tasas de interés de referencia casi en cero, con la meta de abaratar los servicios de deuda pública y privada.

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Los tratados de libre comercio han acabado con las plazas de manufactura y por ello la desocupación se acrecienta a niveles de la Gran Depresión; los precios se disparan puesto que la confianza en el signo monetario está cada vez más erosionada, entre otros elementos.

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Para variar, los fondos públicos de pensiones están insolventes (**) y el presupuesto castrense consagrado a los conflictos e invasiones en el extranjero ha anegado a EEUU de más guarismos rojos.

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Los créditos “subprime” -o de alto riesgo- son otra cruda evidencia de la ausencia del estándar áureo: en 2007, el mercado inmobiliario fue sacudido por una cascada de impagos sin precedentes.

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En 2014, los “subprime” para adquisición de vehículos representaban el 26% de los financiamientos en el ramo y rozaban el inquietante monto de 133 mil millones de dólares.

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Estos préstamos se adjudican a individuos con un pobre o nulo historial crediticio, aunque a porcentajes muy por encima de los habituales.

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O sea, como el dinero no cuesta nada ya que no proviene de ninguna actividad productiva sino de la usura y la Flexibilización Cuantitativa, los bancos lo reparten a diestra y siniestra con una pizca de usura redoblada (***).

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En 2007 aconteció igual y arribó la hecatombe: la mayoría de los créditos hipotecarios de alto riesgo no logró honrarse, no obstante, el Gobierno de EEUU vino al rescate de los banqueros –en 2008- con más de 800 mil millones de “lechugas” de los contribuyentes.

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Voilá!

En años recientes, varios enclaves productores de petróleo han estado efectuando transacciones obviando la utilización del dólar estadounidense; en 2013, la rusa Rosneft estableció un convenio de suministro con Beijing, por el orden de los 270 mil millones de billetes verdes, en el cual se negociará con monedas distintas al “greenback”.

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En enero de 2016, India e Irán acordaron la venta de crudo en rupias; Catar hizo lo mismo con China y la factura se amortizará en yuanes.

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En diciembre de 2015, los Emiratos Árabes Unidos y China lograron un “swap” de divisas: Abu Dabi aquilatará el renminbi (RMB).

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Como podemos apreciar, el proceso de desdolarización en las naciones del Golfo Pérsico se acelera a un compás vertiginoso.

Moscú y Beijing, desde 2008, han estado acumulando barras gualdas frenéticamente.

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Ambos se están preparando para un escenario en que el oro vuelva a ser la brújula del sistema monetario global.

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El metal amarillo de EEUU -depositado en Fort Knox- no ha sido auditado desde 1953, en consecuencia, hay serias razones para dudar de la existencia de éste.

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Si el crudo dejase de cotizarse en los papeles del Tío Sam, estaríamos presenciando la demolición concluyente del dólar yanqui; igualmente, si la COMEX de Nueva York o la LBMA de Londres fuesen incapaces de satisfacer la creciente demanda de onzas áureas de sus clientes, los “Benjamines” tampoco servirían para apaciguar el inminente espanto en el ámbito de los metales preciosos.

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Lo pretérito sería el desenlace de una caída catastrófica de Wall Street y la implosión del bazar de los Bonos del Tesoro.

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El calamitoso experimento que Nixon comenzó hace 45 años e hizo del dólar un ramplón rectángulo de monopolio, está a un minuto de su medianoche.

P.D.

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La violación de los Acuerdos de Bretton Woods es un segundo “default” de EEUU que ha persistido por 45 años.

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El primero fue el 5 de abril de 1933, cuando Franklin Delano Roosevelt sancionó la Orden Ejecutiva 6102 que prohibía a los estadounidenses poseer más de 160 gramos áureos por persona.

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Esto fue conocido como “La Confiscación del Oro”. La onza pasó de 20 a 35 dólares. El 15 de agosto de 1971, Nixon también divulgó que se aplicaría un control de precios, se congelarían los salarios y entrarían en vigor sobretasas de 10% a las importaciones.

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En cuatro décadas y media, el dólar estadounidense se ha devaluado 81%.

(*) Nixon Ends Bretton Woods International Monetary System: https://youtu.be/iRzr1QU6K1o

(**) States with the most underfunded pensions: http://www.americanthinker.com/articles/2015/04/which_states_have_the_most_underfunded_pensions_.html

(***) El “dinero fácil” ha funcionado para forzar el consumo en EEUU: compras de casas o vehículos.

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Al contrario, a las PYME –desde 2008- se les niegan los créditos o se les presta a intereses muy abultados.

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Compañías como Apple piden guita al cero por ciento con el propósito de recomprar acciones, en lugar de destinarla a investigación y desarrollo, verbigracia.

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