“Si de algo estoy orgullosa es de haberlos empoderado. La Villa 31 es el emblema de la resistencia y de avanzar.”

(De Cristina Kirchner)

Manuel Jabois, periodista y escritor español, utilizó el término “homeopatía emocional” para encuadrar la prédica de parte de la dirigencia política de su terruño en un determinado momento histórico no muy lejano. Lo hizo en una columna publicada por el diario El País, en la que también resaltó las “hermosas ficciones” que por entonces se construían y “el error” de haber creído que era un momento político extraordinario para ser periodista cuando, en realidad, España necesitaba un psicólogo.

Cómo no sentirse identificado.

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Cómo no desear ser psicólogo para analizar con armas más precisas a nuestra última presidenta -y, de paso, acertar en el diagnóstico- cuando les dice en la cara a los habitantes de la Villa 31 de Retiro que está orgullosa “de haberlos empoderado” y que ese asentamiento en el que se hacinan más de 40.000 personas es un “emblema de resistencia y de avanzar”.

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¿Cuántas flores de Bach harían falta para sobrellevar con ánimo ese discurso?

“Me siento muy segura en la Villa 31.

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Ningún lugar es más seguro en la República Argentina, por lo menos para mí”, agregó la dama de los 80 custodios y, por lo visto, escasa vergüenza y nula memoria.

Juan Romero, uno de los referentes del asentamiento porteño la cruzó sin suavidades: “Mientras ella fue presidenta, por la desidia y el olvido, fue muy grande la cantidad de muertos que hubo en la villa.

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Cada vez que le pedíamos a los ministros de Seguridad que pusieran más policía porque queríamos seguir viviendo, más paco había.

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Más droga y más aguantaderos”.

La 31 es la villa más vieja de la ciudad, a la que el anterior gobierno nacional sistemáticamente dio la espalda, no obstante tener jurisdicción sobre sus terrenos.

Asegurar que una villa es poderosa porque crece es un oxímoron, a no ser que se considere poder a la miseria, el hacinamiento, la amenaza cotidiana del narcotráfico, la falta de oportunidades, el trabajo en negro, la construcción ilegal y descontrolada, y los riesgos para la propia vida de miles de familias.

Como dice un viejo amigo periodista, que nada tiene de psicólogo pero que aprendió mucho de la vida: “Es como si uno cayera en un pozo y se viera obligado a agradecer que te bajan un aire acondicionado, un mazo de cartas y una tele, en vez de que te tiren una soga para intentar rescatarte”.

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