© Francisco Velásquez

El Brexit barrió de un golpe las ilusiones europeas que habíamos aprendido a amar en los libros.

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Los otros días seguí el escrutinio pegado al celular, pendiente de cada actualización de Twitter, de cada nuevo cómputo.

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Cuando la diferencia tocó los 800.000 votos, sentí ya que la ventaja a favor de la salida de Gran Bretaña era irremontable y que esas buenas y viejas ilusiones de la literatura y la filosofía se habían vuelto a disipar.

Ya desde mucho antes de pisar por primera vez el continente, la idea misma de Europa me acompañó desde chico, y poco a poco empecé a sentir la máxima simpatía por quienes concebían una Europa que, sin embargo, no anulara la singularidad de sus partes.

El obrero de Birmingham que votó leave es un viejo personaje de la historia europea.

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Tan viejo como quienes resistieron esa visión particularista y alentaron la unión precisamente en las épocas de crisis.

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Casi como respuesta anticipada a las inminentes Guerras Napoleónicas, Novalis publicó un escrito muy breve que llamó La Cristiandad o Europa , en el que imaginaba un continente unido místicamente bajo el signo de la Cruz.

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Lo que queda de eso, aparte del estilo, es el modo en que el poeta vislumbra en la tristeza la alegría de la unión.

Pero nadie llegó más lejos que Goethe, para mí el primer hombre auténticamente europeo, el que inventó una idea, la de la Weltliteratur (literatura universal), que desbordaba Europa pero que no era concebible sin ella.

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Mucha agua pasó desde entonces bajo el puente de la historia, y Edward Said, el intelectual palestino que fundó con Daniel Barenboim la West-Eastern Divan Orchestra, presentó las cosas del siguiente modo: “Es hora de preguntarse qué sentido puede tener todavía la palabra Weltliteratur si la vinculamos, en el presente, con el pasado y con el futuro.

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Nuestra Tierra, que es el mundo de la Weltliteratur , se empequeñece y pierde diversidad.

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Pero la Weltliteratur no se refiere meramente a lo común y a lo humano entendidos en un sentido muy general, sino que considera la humanidad como resultado de la mutua fecundación en el interior de lo diverso.

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Su condición de posibilidad es justamente la felix culpa del despedazamiento de la humanidad en un cúmulo de culturas.

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¿Y qué ocurre hoy en día? Por miles de razones que cualquiera conoce, la vida de los hombres tiende a estandarizarse.

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El proceso de uniformidad, que partió originalmente de Europa, sigue activo y socava la singularidad de todas las tradiciones”.

En Inglaterra, aquí en la Argentina y en todas partes los populismos nacionalistas se esfuerzan por convencernos de que podemos -y debemos- “vivir con lo nuestro”.

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La Weltliteratur de Goethe es, por lo tanto, un concepto visionario en la medida en que trasciende lo nacional sin destruir sus singularidades y, por ende, refuta anticipadamente esa estrechez intelectual.

Los tiempos de crisis son propicios a la emergencia del pathos nacionalista, y en Europa eso se manifestó siempre en un rechazo a la integración.

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Pasó en la Primera Guerra Mundial, que vio el fin de una unión en miniatura: la maravilla del Imperio Austrohúngaro.

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En un momento crucial, el 31 de diciembre de 1914, en el nacimiento mismo de la contienda, Romain Rolland escribió estas palabras un poco dolorosas: “Las pasiones nacionales triunfan y, desde hace cinco meses, desgarran nuestra Europa.

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Creen haberla destruido y haber borrado su imagen del corazón de los últimos que seguían siéndoles fieles.

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Se equivocan.

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Han reavivado la fe que teníamos en ella”.

Pasó después en la Segunda Guerra, cuando Stefan Zweig, que era vienés hasta los huesos, tituló su libro póstumo de memorias Recuerdos de un europeo , con un doble fondo: el europeo que recuerda y lo recordado que es ya lo europeo.

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Gracias a gente como Zweig y como Goethe es que también yo me permito sentirme europeo.

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Será el amor a las causas perdidas.

Volvamos a Goethe, que es lo que hace falta.

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Ya viejo, a los 82, en 1831, escribió uno de sus últimos poemas, uno de los menos conocidos, el ejemplo perfecto de poesía de ocasión.

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Se llama “A los diecinueve amigos en Inglaterra”.

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La primera estrofa: “Las palabras que dice el poeta/ se escuchan en la patria/ pero él nunca sabe/ si se escuchan en el extranjero”.

Es claro que los ingleses del leave no escucharon esos versos.

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Es claro también que, acaso más que nunca antes en su historia, Europa tiene un destino común.

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Todo esto es tan claro como que mis ilusiones europeístas ya corresponden tal vez a eso que Zweig llamaba “el mundo de ayer”.

LA NACION Opinión

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