Hace poco en un seminario, en el que se analizaba la coyuntura venezolana, me tocó compartir una mesa de trabajo con otras cuatro personas. En un breve receso, mientras tomábamos un café, uno de ellos, un empresario ya entrado en años, suelta la frase: y mis nietos están creciendo en Canadá y yo sin poder estar con ellos en su día a día, para consentirlos y verlos crecer.

En esa mesa habíamos coincidido cinco personas, todas con distintas actividades profesionales y/o comerciales, de diferentes puntos del país. Todos teníamos algo en común: cada uno de nosotros tenía un hijo o hija que recientemente se había ido del país en búsqueda de mejores horizontes.

Hace dos semanas, mientras espero mi ingreso a la sala de embarque en el aeropuerto de Barquisimeto, observo una de esas escenas dramáticas que se han hecho cotidianas en Venezuela. 

Una pareja, tal vez en los 70 años, se despiden de hijos y nietos.

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Cuando se despiden de los jóvenes adultos logran contener el llanto, pero las lágrimas se desatan cuando le dan a los dos pequeños nietos lo que se vive como el último abrazo.

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Incluso el señor, que ha intentado mantenerse firme en todo momento, rompe en llanto. Es un llanto silencioso, en medio de un montón de desconocidos, en un lugar público como el aeropuerto.

La diáspora, como se suele llamar en el argot académico, puede estudiarse o cuantificarse.

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No es el caso de Venezuela, donde la política sistemática es ocultar la información, pero ya comienzan periodistas e investigadores universitarios a recopilar no sólo datos, sino también testimonios de esto que es un fenómeno inédito en nuestra vida social.

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Los venezolanos jóvenes se están marchando del país, a cualquier lado, a hacer cualquier cosa… literalmente.

Escribo desde Buenos Aires, he venido con un doble propósito. Vine a cumplir una visita académica que me ha hecho la Fundación Cadal (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina), pero al mismo tiempo es la oportunidad de estar con mi hija que hace un año se vino a estas tierras.

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Acá vivo en el terreno eso de la diáspora.

Voy a comer en un centro comercial. Selecciono un lugar de carne, en la feria de comida. Se me acerca el promotor con la carta y las recomendaciones. Es venezolano, de Cumaná. Luego de seleccionar la comida procedo a pagar. El que maneja la caja es también venezolano, de San Cristóbal, me dice con orgullo. Ambos son profesionales.

Un reciente reportaje de El Estímulo ha contado la exitosa experiencia de “Caracas Bar” en la zona de Palermo, en Buenos Aires.

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Se trata de un negocio familiar, en el que los miembros de una familia progresivamente han emigrado y trabajan en el bar.

Un profesor universitario amigo, venido a Buenos Aires desde Barquisimeto, comienza recoger en Instagram imágenes de cómo los venezolanos van “colonizando” algunas prácticas culturales y comerciales.

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Su más reciente éxito es mostrar cómo una harina de maíz tradicional argentina, ahora le añade una imagen y la palabra “arepas” para que quede claro que esa harina, que no es la Pan, también sirve para nuestro emblemático plato alimenticio.

Una chica de La Vega, que logró trabajar mientras estudiaba en la Universidad Católica Andrés Bello, me dice oronda: “Profesor, renuncié y me voy a Buenos Aires en agosto, con mis prestaciones compré el pasaje.

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Nos vamos cuatro compañeras de la carrera (estudiaron Educación) y vamos a alquilar un apartamento entre las cuatro”.

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“¿De qué van a vivir?”, me atrevo a preguntarles. “Allá veremos, lo que salga -me responde-, igual aquí estamos pasando muchas necesidades”. La chica resume de esta forma su dilema: ¿Si pasamos hambre aquí qué sería lo peor que nos pueda pasar allá?

Mientras escribo estas líneas pienso en el gran desafío que tendrá el nuevo gobierno venezolano: cómo evitar que se sigan yendo los venezolanos y cómo tentar a los que están fuera para que regresen.

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Ojalá haya gente en la Mesa de la Unidad Democrática trabajando en eso.

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