© Gonzalo Morales

Caso 1.

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Leo que el vicepresidente electo, Martín Vizcarra, y su aliada electoral Marisa Glave proponen la misma cosa.

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Dicen que sería un “gesto democrático” que quienes ganaron en las elecciones la mayoría en el Congreso declinen la presidencia de la Mesa directiva. 

Ambos proponen que sea PPK el que ponga al presidente del parlamento (al menos el primer año), pero Glave afirma que “no se sentiría cómoda” participando en una Mesa Directiva “impuesta” por el fujimorismo.

Es decir, quienes obtuvieron la segunda minoría –o sea el partido de gobierno– con 18 curules; y la primera minoría, o sea su aliado electoral, con 20 curules, consideran que sería un “gesto democrático” que quienes obtuvieron la mayoría absoluta con 73 curules los dejen a ellos, con 38 curules sumados, presidir el Congreso. 

¿Y para esto se presiona una reunión entre PPK y Fujimori? ¿Ya no entiendo nada y debo retirarme a una casa de reposo?

Sinceramente nunca había visto la inversión de todos los valores de la democracia de una manera tan burda. 

A la vena: lo que piden Vizcarra y Glave es lo antidemocrático, además de petulante y totalitario.

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Lo democrático es que presida el Congreso quien tiene allí la mayoría, aquí y en cualquier parte del mundo. 

¿O acaso Keiko Fujimori le ha pedido a PPK declinar su presidencia obtenida con 41 mil votos de diferencia como parte de un “gesto democrático” para que se realicen nuevas elecciones? ¿No sería esto antidemocrático y absurdo? 

Caso 2.

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Se ha firmado la paz entre el Estado colombiano y las FARC, una organización terrorista.

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Para cualquiera que cree que la paz trae civilización y progreso a los pueblos es una muy buena noticia. 

Sin embargo, la premisa con la que algunos justifican la paz y su proceso es falsa. 

Creer, como Erasmo, que “la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa” porque se dejarán de perder miles de vidas es el mismo argumento que Neville Chamberlain, Primer Ministro inglés, expuso ante la opinión pública británica y mundial para justificar la paz con Hitler en Munich.

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El desdichado la llamó “peace for our time”.

Chamberlain y la mayoría de sus contemporáneos consideraban que no se podía repetir la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y, por lo tanto, siguió el derrotero de Erasmo. 

Recibió la respuesta clarividente de Churchill: “A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra.

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Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra”.

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Una guerra que fue mil veces peor que la primera. 

Por lo tanto, no cualquier paz es mejor que la guerra más justa.

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¿O estoy cucú? 

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