La necesidad no perdona. Niños, jóvenes y adultos meten sus pies desnudos y calientes por el fuego del pavimento dentro de montañas enteras de basura para buscar con qué callar el hambre que les “quema las tripas”. 

La familia González, de la etnia Wayuu, forma parte de las al menos 50 personas que hurgan entre la basura en el municipio San Francisco. Un contenedor del sector Pradera Sur sirve de depósito para lo que describen como “su salvación”. Jéssica González es la más grande del grupo de cuatro, que bañada en sudor mide su suerte al conseguir un trozo de fruta o restos de comida que lanzan los vecinos de las urbanizaciones adyacentes desde sus vehículos. 

Con un español marcado por su dialecto ancestral, Jéssica, contó que lo que más busca son pellejos de carne cruda porque esos le sirven de alimento y la “llenan”. Ella tiene 25 años y es madre de tres niños a quienes mantiene junto a Julio, su esposo, quien labora cortando matas en Maracaibo. 

Hasta el año pasado la pareja trabajó pelando camarones en una empresa del municipio sureño, pero como ella misma lo dice, “el trabajo se acabó y tuvimos que venirnos para el basurero a ver qué conseguíamos”. 

Restos de pollo, frutas, arroz, arepas, todo es bueno, dice la mujer, a la que el sol y el hambre le ha marcado la piel, la dentadura, las manos y su felicidad. Cuando habla de sus hijos se le “aguarapan” los ojos, respira y cuenta. “Yo tengo tres y los envío para el colegio porque quiero que aprendan y no estén en la basura como yo, cuando hay comida en el colegio comen allá, pero siempre llegan al rancho con hambre”. 

Por necesidad se las ingenia, por eso sale tres veces por semana a recorrer las cajas de hierro donde en un “buen día” puede conseguir para el almuerzo y la cena, dos comidas en las que pone de lado el asco, neutraliza los olores y muchas veces su sabor, porque los ve como un favor de Dios. Dos pequeños, de cinco y siete años, acompañan a Jéssica, dijo que son sobrinos de su esposo.

Divo Gordo

 

Soñando con jugar 

Un poco más adentro del contenedor de basura está Alfredo, cuñado de Jéssica. Un joven, de 22 años, al que ese día la suerte favoreció, porque entre los escombros que removía con sus manos manchadas de tanto hurgar desde las 6.00 de la mañana, encontró una pelota de fútbol, estaba rota y le faltaba aire, pero para él fue como un milagro. 

El joven no solo recoge comida, también ropa, adornos, zapatos o cualquier cosa que pueda usar o vender para comprar pan. Él estudió hasta tercer grado de primaria en Colombia, luego se vino a Venezuela con Neida, su madre, quien regresó con sus hermanitos y lo dejó en un rancho en San Francisco. “Yo estoy solo”, recalca mientras baja la cara que se pierde entre la visera de una gorra de su equipo de fútbol preferido. 

“Me gusta mucho el fútbol, cuando llegue al rancho inflo la pelota para ver qué tiene”, dijo el muchacho, quien desde su niñez trabajó junto a su madre pelando camarones y que la realidad le ha venido arrebatando los sueños y la posibilidad de tener una vida mejor. 

“Zamuros” así les llaman, porque pueden pelear por un pedazo de fruta o una bolsa con restos de sopa que algún vecino dejó del domingo. El término es despectivo y les roba la igualdad social a estos jóvenes y adultos, que forman parte de la estadística de venezolanos que han quedado en la mendicidad por lo que llaman “la situación país”.

No solo la familia de Jéssica vive de comer de la basura. En su entorno, sus vecinos se sostienen de lo que consiguen entre escombros, basura, desechos y mal olor. 

Un trago amargo 

“A veces me tapo la nariz y la boca con un trapo para tragar”. Jéssica asegura que cuando los desperdicios son de carne hace sopa o los sofríe para matarles un poco el sabor. Cuando son frutas le arranca la parte mala, “a veces preferimos ni mirar lo que comemos”. 

El recorrido lo hace desde muy temprano en la mañana, “la gente sale a trabajar y saca la basura, entonces las cosas están más frescas y uno aprovecha”. En estos contenedores de San Francisco también hay gente que busca plástico, vidrio y aluminio, pero los casos más frecuentes son los que buscan algo que engañe al estómago. 

Divo Gordo

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