Este lunes 1 de mayo de 2017 el régimen totalitario que gobierna Venezuela en contra de la voluntad popular de sus ciudadanos, indudablemente hará el mejor uso de su discurso procaz, falaz y retórico, para en nombre del proletariado anunciar, con la mayor rimbombancia posible, propia de su política propagandística goebbeliana, el aumento del salario mínimo o mejor dicho el reparto de inflación, para todos los trabajadores venezolanos o sobrevivientes del vendaval hiperinflacionario de la cleptocracia revolucionaria.

Indudablemente previo a dichos anuncios, impera como de costumbre la marcha de los holgazanes y bandoleros de la oclocracia chavista al frente, mientras en la retaguardia seguirán las legiones de trabajadores públicos amenazados y obligados asistir para hacer bulto hasta el lugar de parada, para luego dar inicio a sus discursos delirantes, cimentados en una dialéctica gatopardiana, donde le dirán al país que este es el Gobierno defensor de los trabajadores, ante una supuesta clase burguesa que los oprime, es decir el viejo discurso de la lucha de clases ya trillado y fastidioso.   

Toda esa verborrea comunista que los caracteriza, para luego pronunciar el porcentaje del tan esperado aumento del salario mínimo y posiblemente el incremento del cestatique; -pues déjenme decirles que lo va haber- en realidad es un obsceno reparto de inflación en lugar de un aumento de sueldos o salarios, porque en una economía en franca recesión tendiente a la depresión como la venezolana, un aumento de los salarios nominales se traducirá en la disminución de los salarios reales; es decir del poder adquisitivo real; precisamente dicho fenómeno, fue catalogado como “ilusión monetaria” por el prominente economista británico John Maynard Keynes.

En una economía sana, fundamentada en políticas económicas confiables y coherente, el incremento de los salarios debe hacerse en la misma proporción que crece la renta real de la misma, de lo contrario lo que se producirá es un espiral inflacionario aún mayor al existente, que termina dilapidando el salario real de los trabajadores sometiéndolos a un empobrecimiento inmoral e inhumano; pero es allí precisamente a donde busca conducirnos este régimen, para convertirnos en una sociedad de mendigos hundidos en la miseria, impidiendo cualquier posibilidad de cambio político, y sea doblegable al poder absolutista del Estado dirigido por una élite cleptócrata.

Como lo escribiera  el tirano francés Napoleón Bonaparte, en la última página de su ejemplar del libro El príncipe de Nicolás Maquiavelo, el fin justifica los medios; o como lo plantea la ética marxista: todo aquello que favorezca la destrucción del sistema capitalista es revolucionario y en consecuencia desde la moral sería bueno. En definitiva, la ética del marxismo es la moral revolucionaria que consiste en la destrucción del capitalismo y todo aquello que impida la construcción del estado socialista y del advenimiento del comunismo como última etapa de la historia. 

Sarkis Mohsen

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