Se fue como pensábamos que se iba a ir: sola, cansada, triste y abandonada. Hacía dos años que era una muerte segura y hacía días que el 4804-3981 no lo atendía nadie. ¿Quién va a reservar una mesa en un local cerrado? Y pensar que en los años mozos no aceptaban reservas.

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Y sí…, arranqué en femenino porque tengo que decir que cerró “la Munich”, porque así llamábamos a uno de los restaurantes más emblemáticos de Recoleta .

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Allí, en Roberto M. Ortiz 1871, lo que algunos creen que es Junín, pero para más datos, al lado de La Biela y lo que fue el Norte.

Se notaba, se presentía y lo sabíamos.

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El último 25 de noviembre le mandé un correo a mi hermana que vive en España: “Ayer comimos solos con Rodolfo [su marido].

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Repetimos un clásico y es para mí de lo que trata la vida, aunque camine entre la infinita nostalgia y la eterna melancolía ¿Clásicos? Sí, la Munich, un Don Valentín lacrado, una omelette de alcauciles y unos riñoncitos a la veneciana.

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Creo que los dos nos despedimos de tan agradable lugar. ¡Yo no tengo ganas de despedirme más de nadie! Te quiere tanto, Mariano”.

Unos meses antes, Alonso, el hijo del dueño mayoritario, me había negado absolutamente el tema del cierre, de la venta para hacer un edificio de 12 pisos (ésa es la cota frente a la plaza y el cementerio).

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Ante una ligera amenaza de desestimar el dato, no pude publicar que la Munich estaba en venta en 11 millones de dólares y que a los mozos se les debían sueldos.

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Pero esto es el sinsabor, la tristeza que nos dejan los que se van, sean el Ligure, la Richmond, el London Grill, 05, Pink Gin, Manolete, Queen Bess o Mau Mau.

Entonces, vamos a lo bueno, a ese Buenos Aires que siempre vivirá.

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El de la Munich en su esplendor, en donde no podían faltar unos huevos Gramajo y mucho menos otro clásico de los clásicos para las chicas de minifalda, flequillo y botas: espinacas a la crema.

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¿Cómo en una Munich iban a faltar salchichas con piel y chucrut? ¿Quién no iba a pedir un Bismarck? Es cierto que la moda venció a la comida alemana y salvo el Hermann o el Edelweiss, resisten el falso sushi, el tapa todo ketchup norteamericano, el curry peruano (cuis) y los ajíes con sal, limón y tequila mexicanos.

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¿Qué diría el Gato?

En aquellos años de esplendor, hasta el Gato Dumas se escapaba de su propio restaurante para ir a comer las costillas de chancho a la riojana de la Munich.

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Es que eran de chancho, tanto como Dumas se definía cocinero a pesar de ser el dueño de La Chimère, en la otra cuadra (¡La Quimera, lindo nombre para una yegua de carrera! Pero ésa es otra historia).

¿Personalidades? No nos alcanza la guía.

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Del lugar, ¿qué les puedo contar? Un rústico y típico tirolés, cabezas de ciervo con más de doce puntas, boisserie , manteles blancos sin nylon y nueces de manteca en platitos de aluminio.

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¡Cómo olvidar la cazuela de gallina! Y el Gato que se escapaba con Micky González Moreno, Iván Robredo, Ramiro Rodríguez Pardo o Miguel Schapire, el mismo que hoy recuerda, desde su lugar en la Asociación Amigos de la Recoleta: “Va a ser difícil el relevo de un restorán así.

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De aquella inolvidable tentación de los domingos a la noche, cuando todos los clientes llegaban del campo o de las chacras para comer en la Munich”.

Hoy, al lado, los gastronómicos de La Biela siguen “bancando” el buzón de la esquina; de una cuadra que está oscura, sin el viejo bar Guido, Lola, Augustus y el Norte.

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Se nos sumó la Munich.

Igual, me cuenta la historia que la ciudad alemana está mejor que nunca, que Recoleta sigue tan linda como siempre, que Gardel canta en Buenos Aires y que no falta tanto para que el “Señor Buen Gusto” vuelva a la ciudad.

En esta nota: Recoleta Gastronomía LA NACION Buenos Aires Crónicas urbanas.

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