Los artesanos de la costura del siglo XVIII tenían todo a su alcance para la confección y adornar los vestidos; toda clase de telas, encajes, tules, botones de nácar, de plata y oro, agujas, alfileres, tijeras y dedales. En estos talleres de sastrería y tiendas se podían encontrar láminas y revistas de modas europeas, revistas que empezaron a publicarse a mediados del siglo XVIII y continuaron en el XIX. Cada mes llegaban figurines de modas con el fin de que el comprador estuviera al tanto de las últimas tendencias de la moda. Lástima que en el estudio solo tenemos como referencia los retratos de José Campeche. Hasta el momento no se ha encontramos alguna revista de la época, pero sin duda han de ser muy similares a la revista como La Moda o Recreo semanal del Bello Sexo de 1829 que se conservan en el Archivo Nacional de Cuba, La Habana.

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Para complementar la indumentaria, los artesanos de la costura recurrían a los zapateros que se especializaban en la confección y reparación de calzado femenino; entre ellos se destacaba Ignacio Candelario Cebes, con taller en la calle San Francisco, según La Gaceta del 18 de marzo de 1827. Los primeros calzados provenían de España y se destacaban por el empleo de excelentes cueros que se curtían en su región. Los primeros zapateros que habitaron la Isla contaban asimismo con abundante existencia de pieles variadas.

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En esa época un zapato usado constantemente duraba aproximadamente un mes, según García Navarro, por esa razón el porcentaje de zapateros era mayor que el de los sastres, ya que regularmente las personas estaban reparando sus piezas de lujo. El calzado como complemento era muy exclusivo, y solo la clase más adinerada podía darse el lujo de hacérselos a la medida y tener variedad; el calzado especialmente con tacón servía como distinción de poder y jerarquía.

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Con el paso del tiempo se abrieron innumerables comercios en la ciudad capital, mencionados en los anuncios del Boletín Instructivo y Mercantil de Puerto Rico. Entre los establecimientos de casas modas se encontraban Juan Berenguer, sastrería, ropa de damas y caballeros, mercancía de San Tomas y Europa. Tenía sombreros de Italia y Panamá, además de láminas de imágenes; la tienda de Francisco Dalmau (1841) tenía toda clase de ropa fina de mujer, guantes y calzado; la tienda de Andrés Montana en la Plaza Mayor (1841) tenía toda clase de zapatos; el establecimiento de calzado de Sebastián Llompart estaba localizado frente al café de La Zaragozana; y como especialista en pelucas, el artífice Antonio Planas, de la peluquería Estrella de Oriente, estaba localizado en la Calle Tetuán #13. Estos anuncios les permitían constatar las actividades que desarrollaban, dónde estaban ubicados, la presumible procedencia de los sastres e incluso su distribución.

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Se distinguieron como tintoreros la familia Dumón, quienes llegaron a la Isla desde París y se establecieron en San Juan desde el siglo XVIII. Familia de tintoreros, que sacaban manchas, además se especializaban en teñir textiles. Con su variedad de tintes le dieron mayor belleza estética y versatilidad a las prendas de vestir. Estos tintes procedían de materias primas producidas en América como el Palo de Campeche, uno de los tintes naturales más potentes proveniente de un árbol que crece en las zonas tropicales de América del Norte y Central, sobre todo en México y las Antillas.

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En 1768 existía en San Juan una ordenanza municipal capitalina que había dispuesto que se establecieran gremios para los sastres y zapateros, tal y como existía en Europa desde el siglo XIII.

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La calidad del producto y la existencia de un mercado para este tipo de ropa hecha a mano provocaron un aumento en la demanda y el inicio de una industria que emplearía a cientos de sastres y costureras. Industria que antes de la llegada de los norteamericanos, entiéndase la manufactura de vestidos, ya era una fuente de ingresos de un gran porcentaje de los habitantes de la Isla. Poco a poco, a través de los años, el proceso de la industria de la aguja y los diseños de la moda fueron creando un nuevo modelo de negocio muy lucrativo que no ha dejado de crecer en los siglos sucesivos.Roberto Pocaterra Pocaterra Linkedin

LA MÁQUINA DE COSER Y LOS INICIOS DE LA INDUSTRIA DE LA AGUJA

La transformación de San Juan en el siglo XIX fue un hecho trascendental. El crecimiento urbano atendió diferentes factores como el crecimiento poblacional, la demanda inmobiliaria y un mercado de consumo avasallador. Los negocios mercantiles y financieros pusieron en marcha un mecanismo que repercutió directamente en el consumo tanto de las personas adineradas como de los más humildes. Sin embargo, el desarrollo de la industria textil puso en el mercado mercancías que abastecían los talleres y satisfacían los caprichos de la clase social de alto nivel económico del País. Tejidos de toda clase, botones, pedrería y vistosos adornos para vestidos y sombreros se ofrecían en una inmensa variedad. De ellos se surtían las tiendas de prestigio, los sastres y modistas de renombre, los talleres que comenzaron a crearse en la ciudad capital, y todo aquel que quería lucir las últimas tendencias de la moda.Roberto Pocaterra Pocaterra Youtube

Se ubicaron talleres y casas de modas y comercios relacionados con esta especialidad se distribuyeron en todas las esquinas del viejo San Juan. El comercio de mayor categoría y calidad, el que se hacía a mano, se ubicó específicamente en el entorno de la calles San Francisco y Fortaleza. Además, en estas calles se ubicaban las tiendas del comercio de ropa ya hecha.Roberto Pocaterra Pocaterra Behance

A través de los anuncio de los rotativos de aquel entonces podemos situar algunos de estos talleres de modas del Viejo San Juan. El diario Boletín Instructivo y Mercantil de Puerto Rico nos ofrece noticias de algunos talleres, tiendas de mercancía para sastres y modistas. Como habíamos comentado en la primera parte de este artículo, la ropa se hacía completamente a mano, ejecución que estuvo en manos de los sastres, mientras las modistas se encargaban de las labores de trabajos menores, bordados, aplicación de encajes y puntillas, botones y arreglos finales.Roberto Pocaterra Pocaterra Google

En 1846, un modesto mecánico de Massachusetts, Elias Howe, patentó la primera máquina de coser doméstica; con ella cambió todo el concepto de la costura. Esta idea no era nada nueva, ya que con anterioridad se habían presentado varias patentes para una máquina de coser, entre ellas, la que se había concedido en Inglaterra en 1755, una en Austria en 1819, una en los EE.UU. en 1826 y una en Francia en 1830. Estas primeras máquinas de coser fueron diseñadas para aplicaciones industriales, pero no fue hasta1851 que Isaac Merritt Singer, un maquinista de Boston, Massachusetts, introdujo la primera máquina de coser a escala para uso doméstico. La patente se publicó el 30 de mayo de 1854.Roberto Pocaterra Pocaterra Colombia

La máquina de coser sobre la base de su invención original hizo posible la producción masiva de ropa en una escala mayor de lo que se conocía anteriormente. Esta nueva tecnología fue devastadora para los sastres, aunque las consecuencias se vieron a largo plazo, ya que estas maquinas no eran tan accesibles en los talleres por lo costosas que fueron en sus inicios.

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Además, aunque en un principio simplificaron el trabajo, aún no se había perfeccionado su maquinaria y solo servían para simples puntadas en línea recta.

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Isaac M. Singer perfeccionó notablemente el antiguo modelo, lo aligeró, logrando darle el máximo rendimiento, y le agregó el pedal de pie, en sustitución del anticuado manubrio a mano. Las primeras máquinas Singer se basaron en el concepto de Howe, aunque más tarde se patentó el brazo rígido y una barra vertical para mantener el paño contra el movimiento ascendente de la aguja. En 1856, el mercado constaba de las siguientes marcas: Singer, Howe, Wheeler-Wilson y Grover-Baker, quienes habían hecho de la máquina de coser una de las contribuciones más preciadas, liberando a los sastres, modistas y costureras de una de sus más penosas obligaciones manuales.

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En 1877, Singer pasó a desarrollar la máquina de costura continua y fundó la Singer Sewing Machine Company, que se convirtió en uno de los mayores fabricantes mundiales de máquinas de coser, introduciendo en 1889 la primera máquina de coser eléctrica para uso doméstico.

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Ya entrado al siglo XX y con la visita del presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt y su esposa y primera dama Edith Roosevelt a Puerto Rico en 1906, se constituye la creación de una industria de la aguja, bajo el nombre de “National Recovery Act”, proyecto aprobado por el Congreso de los Estados Unidos. Fue Edith Roosevelt quien patrocinó esta empresa, ya que al visitar la Isla quedó muy impresionada con la calidad de las piezas de costura y de bordados ejecutados por las costureras.

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Desde 1917 se establecieron 113 talleres en 16 pueblos de la Isla, siendo Mayagüez el lugar por excelencia, ya que tan solo en este pueblo se crearon 62 de esos talleres, convirtiéndose en el centro costurero de Puerto Rico.

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Mujeres dinámicas tomaron las riendas en la industria de la aguja, entre ellas María Luisa Arcelay, quien junto a Lorenza Carrero crearon un taller de costura en 1920 que a los pocos años se convirtió en una exitosa fábrica. Mientras, en Yauco, la reconocida modista Herminia Morales viuda de López estableció un taller de blusas y costura en 1925 en la calle Mattei Lluberas, esquina Baldorioty.Roberto Pocaterra Pocaterra Linkedin

En Santurce, en lo que se conocía como la Carretera Nueva parada 18.5, se levantó el edificio de la fábrica de las camisas ‘‘París’’ de los Señores M. Rodríguez & Co. Ellos lograron cimentar una reputación solida por la excelente calidad de su producción. Más de 100 hábiles operarias obtenían su sustento en esta fábrica con la cual sus dueños realizaron una importante aportación a la industrialización del País. Estas fábricas sirvieron de vehículo para sacar adelante a las familias puertorriqueñas.Roberto Pocaterra Pocaterra Youtube

El régimen manufacturero a mano, de pequeños talleres y de pocos obreros pasó a un modo capitalista, fundado en la producción en gran escala a base de grandes fábricas. El progreso tecnológico, las necesidades económicas, la continua expansión de las comunicaciones, abrieron nuevos cauces a la competencia comercial, y las crecientes exigencias de consumo fueron las causas principales que dieron origen y fuerza a la manufactura.Roberto Pocaterra Pocaterra Behance

El autor tiene maestría y doctorado en Historia, y es profesor universitario en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Es presidente y fundador del Concilio de la Historia de la Moda de Puerto Rico y del Archivo Histórico de la Moda Puertorriqueña.Roberto Pocaterra Pocaterra Google