Opiniones relacionadas Tragaderas El empate regalado El voto impermeable Igual que los independentistas celebran como una efeméride cada hito de su golpe fallido, el resto de los españoles deberíamos conmemorar el aniversario de la noche en que el Rey pasó su examen de legitimidad de ejercicio. Sucedió tal día como hoy, con el Gobierno aturdido, en shock ante el éxito propagandístico del referéndum que había dado alas al separatismo. En Cataluña había un ambiente inflamado de fanatismo; piquetes callejeros habían arrinconado a la Policía, bloqueado los servicios y extendido la sensación de que el poder real quedaba en manos de los comités subversivos. Se produjo una situación de verdadera zozobra, con la nación en vilo, la autoridad replegada y el orden constitucional en serio peligro. Una jornada de caos y desequilibrio en la que sólo una institución del Estado supo mantenerse en su sitio.

Durante unas horas, España volvió a estar al albur de una de sus cíclicas sacudidas fatales. Se trató de uno de esos momentos fundacionales en que la Historia amenaza con entrar en vértigo incontrolable. Y habría ocurrido si Felipe de Borbón no hubiese echado mano de un instinto político heredado de su padre. Fue el único que entendió que la emergencia requería decisiones de carácter porque la convivencia y la integridad del país estaban a punto de fractura grave. Con el Gabinete escondido, la Justicia bloqueada y la gente en trance, puso la Corona encima de la mesa y reclamó el liderazgo que el pasmo marianista había dejado vacante. No necesitó vestir de uniforme ni apelar a los tanques; le bastó una alocución contundente, categórica, tajante, para dejar claro que la democracia no iba a arrugarse. Siete minutos cortos de palabras precisas, firmes, cabales, devolvieron las aguas bravas a su cauce. Ahora es fácil entenderlo, pero en aquel instante de vacío jerárquico no había al mando nadie capaz de definir una estrategia de alcance.

Al dar ese paso al frente, Felipe VI asumió el riesgo de excitar los demonios del republicanismo irredento. La crisis catalana no contaba con el repudio manifiesto que tuvo la intentona de Tejero. El Monarca tenía que elegir, y eligió el criterio correcto: la defensa de las leyes, la supremacía del Derecho. No apeló al diálogo porque no podía hacerlo sin dar oxígeno a los insurrectos. Tuvo muy claro lo que estaba en juego, y ese fue el mérito que ha consolidado su reconocimiento. Lo que hizo fue recuperar para la Monarquía la estima de la mayoría del pueblo tras heredar un Trono en viva merma de crédito. Sí, pagó en Cataluña un cierto precio, pero las circunstancias no estaban para repartir protocolarios afectos, máxime cuando el objetivo de los secesionistas era y sigue siendo el de mandarlo a él y a todo lo que simboliza -que es la soberanía nacional- a paseo.

Los ciudadanos supimos que había Rey en aquel día incierto. Lo que no hubo entonces, y sigue sin haber, es Gobierno.

Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero

Ignacio Camacho Articulista de Opinión