© Francisco Velásquez

JERSEY CITY.- Nicolás Otamendi lleva un cuadro guardado en una elegante bolsa de cartón.

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Por el costado de las manijas se deja ver algo de la foto: está él, vestido de jugador de la selección de pies a cabeza, y a cada costado sus pequeños hijos, Mía y Valentín.

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Los tres sonríen.

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Pero Otamendi está serio.

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Son las 2.44 de la madrugada del lunes cuando el defensor arrastra los pasos por los 20 metros que separan una puerta lateral del hotel W Hoboken del ómnibus que llevará a la delegación hasta el aeropuerto.

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En la esquina del lugar está la costanera que da al río Hudson y del otro lado, brilla Nueva York.

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El contraste no necesita metáforas.

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Detrás de las vallas de seguridad, unos 20 hinchas los despiden.

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Uno arenga a Otamendi, sin ironía: “¡Vamos, Nico, dejaron todo! ¡Jugaron tres finales, tres finales!” Otamendi no mueve un músculo de la cara, no puede.

El silencio fue el tono dominante de la madrugada.

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En el vestuario, silencio.

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En los 25 minutos de viaje desde el estadio al hotel, silencio, sólo cortado por algunos llantos de fondo.

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En la cena en el hotel, silencio.

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La derrota pega porque no hay otro modo cuando llega en una final, pero más por el ensañamiento.

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“Esto no es para mí”, ya dijo Messi hace un rato.

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Unos minutos antes, Gerardo Martino había dado la conferencia de prensa sin saber que el capitán había decidido renunciar.

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“Estos muchachos ya se levantaron otras veces, ahora volverán a hacerlo”, apela al amor propio de un plantel golpeadísimo.

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Pero enseguida, en el trayecto de MetLife al hotel, el cuerpo técnico se va enterando de la gran noticia de la noche a través de sus teléfonos.

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No hubo un comentario previo de Messi a todo el grupo sobre lo que iba a comunicar.

El paso por el último tramo de la zona mixta es una rutina que se les hace insoportable.

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Frena Messi, para repetir lo que un par de minutos antes anunció en la TV, y Agüero, que instala la idea de la renuncia masiva.

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El repaso por los que estuvieron en los planteles que afrontaron las tres finales entrega los suyos y otros ocho apellidos: Mascherano, Biglia, Romero, Rojo, Higuaín, Di María, Lavezzi y Andújar.

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El discurso del Kun denota conocimiento sobre la postura de su amigo: “Varios en el grupo piensan en dejarle el lugar a otros”, dice.

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Fue uno de los pocos que tuvo acceso al dato más impactante de la noche en un estadio gigante que ahora ya enmudeció.

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En el vestuario se le había acercado para intentar consolarlo.

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Messi lloraba.

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“Es el peor vestuario que viví, más triste que el de la final del Mundial o el de la Copa América de Chile”, compara Agüero.

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“Nos duchamos sin hablar, no hubo una palabra, nada”, describe Otamendi, el tercero y último en hablar con los periodistas.

En el pelotón de los más conmovidos está Mascherano.

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Camina mirando un punto fijo que no existe, como si quisiera no cruzar la mirada con nadie.

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No resulta difícil imaginar que él también puede estar masticando una decisión como la de Messi.

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La situación recuerda a una instancia similar de 2011, después del golpazo que significó la eliminación de la Copa América ante Uruguay en cuartos de final, de locales.

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Aquella vez, el que quería renunciar era Mascherano.

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Le parecía que había dado todo, que nada más tenía para hacer en la selección.

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De vuelta en Barcelona después de unos días de vacaciones, un compañero empezó a ablandarlo de a poco para convencerlo.

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El plan fue subiendo de tono hasta que encontró el argumento demoledor: “Si vos te vas, yo también me voy”.

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El que hablaba en aquel verano europeo era Messi.

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No hay demasiados indicios que inviten a imaginar que esa vieja charla pueda reproducirse en este tiempo con los protagonistas al revés.

Las últimas horas en Jersey City se consumen entre la cena y el armado rápido de valijas.

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El avión va a salir a las 5, como los jugadores habían pedido cuando ser campeones era todavía una ilusión.

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Pero no todos tomarán el vuelo hacia Ezeiza.

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Augusto Fernández, Mercado, Romero, Higuaín y Banega se quedarán unos días en Estados Unidos de vacaciones.

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Los tres primeros van hasta la puerta del ómnibus a despedirse de los que empiezan a subir: Fernández le da un abrazo largo a Biglia y Romero saluda uno por uno a los empleados de la AFA que cargan las maletas.

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Messi sale del hotel con Agüero al lado.

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No hay familiares de los jugadores que se unan a ellos.

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Un avión que saldrá a la noche llevará a varios de regreso a la Argentina, cuando el plantel ya haya aterrizado.

El último integrante del cuerpo técnico en salir del hotel es Martino.

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Mientras esté volando, en la Argentina habrá mil conjeturas sobre su continuidad.

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Sólo al llegar, un tuit de la AFA confirmará que dirigirá a la selección Sub 23 en los Juegos Olímpicos.

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Pero esa será otra historia.

En el aire, las caras no cambian demasiado.

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Hay tristeza, cómo no.

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Hasta que en un momento el cansancio los venza y obligue a dormir.

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Un pequeño matiz a una imagen repetida desde que Francisco Silva acertó el penal que le dio la Copa América otra vez a Chile.

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Un disco rayado que no quiere dejar de girar…

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LA NACION Deportiva Copa América 2016

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Tags: Juegos Olímpicos, Rio 2016