© Gonzalo Morales Divo

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Un debate amplio y extenso se ha reabierto en el mundo a partir del voto anticomunitario del Brexit el pasado jueves.

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Viejos miedos recorren la Europa comunitaria, resurgen los nacionalismos y aparecen con peligro creciente, los populismos que arrasan opiniones extendidas sobre temas delicados.

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El Brexit fue impulsado por una serie de irresponsables y prestidigitadores de la política, el señor Nigel Farage, líder del UKIP, de forma muy señalada, quienes le hicieron creer a un extendido segmento de la población británica, que abandonar la Unión Europea traería una serie de beneficios y bendiciones para el Reino Unido.

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Se equivocaron y tarde o temprano, se impondrá una realidad cruda, tal vez no brutal, pero muy distante de lo que les hicieron creer.

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Miles de millones de euros y de dólares -ya ha empezado a suceder- se perderán en acciones bursátiles; las calificadoras internacionales disminuirán sus notas sobre la Gran Bretaña -ya también sucedió con Standard &Poors y Fitch- degradando la percepción de inversionistas en torno a Londres; eventualmente, capitales europeos emigrarán hacia el continente, dejando desempleo y muchas oficinas vacías.

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La Unión Europea propone una salida acelerada del Reino Unido, no conducidos por un sentimiento de venganza -que podría caber- sino en busca de la estabilidad.

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Mientras más prolongado sea el período de retiro, mayor volatilidad golpeará los mercados.

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La posición de los tres líderes de las economías más poderosas en la Unión, la señora Merkel de Alemania, el señor Hollande de Francia y el señor Renzi de Italia, acordaron ya con impecable eficiencia “no negociaciones en corto, que la GB presente su solicitud formal de retiro”.

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El mensaje es inequívoco: cortar un posible contagio del fenómeno a otras naciones que se quejan y protestan por las cuotas comunitarias.

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Los populistas nacionales Farage y Boris Johnson tendrán que empezar a explicar a sus ingenuos votantes, por qué no obtienen condiciones favorables o preferenciales para la salida.

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Adiós cuotas de arancel cero, adiós cruces automáticos, adiós comercio preferencial con el continente.

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Adiós vino francés de buena calidad a 25 libras la botella.

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Pero todos esos son sólo signos externos de una atmósfera comunitaria.

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El problema de fondo vendrá cuando todos estos votantes de la Inglaterra media (Midlands) descubran que sus viejos empleos de los años 80 ó 90 no retornarán con la salida efectiva de la Unión.

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Es una falacia, un espejismo: la economía mundial cambió hacia el libre comercio y la globalidad, el sentimiento nostálgico de la mina y la fábrica del condado que mudó su producción a India, o China, o Irlanda, no regresará por abandonar la Unión Europea.

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El discurso populista de Farage con “Queremos de regreso a nuestro país”, se estrellará en el pavimento frío de la insularidad, ante un mundo integrado, globalizado, interconectado.

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La City de Londres, imán poderoso de capitales árabes, industriales europeos y rusos, enormes flujos asiáticos en busca de ganancias bursátiles, presenciará la mudanza a Frankfurt, a Paris y dañará inevitablemente el añejo poderío financiero londinense.

Mr.

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David Cameron, saliente Primer Ministro pasará a la historia como el político que jugó con fuego y se quemó.

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Ofreció el referéndum como instrumento de campaña, como mensaje tranquilizador a un electorado inconforme e insatisfecho.

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Ganó, conservó el puesto y tuvo que cumplir, pensando que sería capaz de convencer a los votantes de permanecer en la Unión: se equivocó, se le salió de las manos y creció una bola de fuego que arrasó con su cargo, su gabinete, sus relaciones comunitarias y aún no sabemos con certeza, cuántas cosas más.

Escocia buscará inevitablemente su independencia como lo hizo ya hace dos años.

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El Brexit y su resultado, coloca a los escoceses, más europeos que británicos a los ojos de muchos, en la antesala de la separación.

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El Reino Unido podría desintegrarse en un lapso de dos años, gracias a la irresponsable actitud de políticos y líderes que prometen quimeras y fantasías envueltas de independencia.

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¿Cuándo dejó de ser independiente el Reino Unido?

El inevitable tema migratorio está en el corazón del debate.

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No sólo en la Gran Bretaña, sino en Alemania, en Italia, en Francia y qué me dice usted de Estados Unidos.

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La inmigración que fue semilla de crecimiento y desarrollo en el siglo XIX, se convirtió en problema social y económico a finales del XX y motor de encono y temor al inicio del XXI.

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Surgen encendidas voces en el mundo que prometen muros y sanciones, controles fronterizos, revisiones exhaustivas: son las voces del pasado, son la regresión a los nacionalismos del 1900 que tanto daño causaron a la humanidad.

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Por eso las consecuencias del Brexit son aún insospechadas y desconocidas.

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Mire usted la victoria de los nacionalistas en Austria, la reaparición de los nazis franceses, el fortalecimiento de Le Penn y las felicitaciones de Trump.

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¡Qué vergüenza!

El gran problema del siglo XXI será la inmigración, no sólo la económica en busca de mejores condiciones de vida y trabajo -permitida y promovida por la entonces Unión Europea- sino la de conflicto y guerra, que huye por la atrocidad de los extremismos, vea usted a ISIS y los destrozos brutales en la zona bajo su dominio, y qué decir de la inmigración humanitaria que se desprende de la anterior.

El Reino Unido inicia un viaje al pasado, en busca de un tiempo ciertamente perdido que rechaza la modernidad.

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El mundo deberá buscar nuevas soluciones y alternativas para prestigiar con mayor eficiencia, los tratados y las alianzas, no sólo como instrumentos de paz, de armonía y de bienestar, sino especialmente, de progreso y avance social para millones de ciudadanos exigentes, impacientes.

Twitter: @LKourchenko

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