Colombia tiene un brillante futuro turístico. Bendito sea. No se ven muchas otras alternativas para impulsar crecimiento con una pata en el mercado externo. Inseguridad jurídica y barreras sicológicas de las comunidades congelan otras oportunidades. Se está, por ejemplo, en vías de renunciar a explotar riquezas naturales no renovables. En cambio, la puerta turística está abierta a la incontenible explosión mundial, ávida de escenarios frescos.

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Llegan modernos Jiménez de Quesada a descubrir Colombia. Óptimo que se acerquen a comprar in situ lo que es difícil venderles afuera.

Loable la promoción liderada por el Ministerio de Comercio.

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Se ha logrado mucho, una vez se abandonó el ambiguo ?Colombia es pasión?, en difundir las bondades del país.

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Además, la iniciativa privada ha respondido para dotarlo de infraestructura turística, con un muy efectivo estímulo tributario para la hotelería.

Se ha conseguido también, a medias, neutralizar la noción de que el turismo contamina la cultura autóctona.

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Idea muy de la Colombia mediterránea, y preconizada en su momento hasta por Alberto Lleras. Compartía la visión con el denodado don Sancho Jimeno, defensor de Bocachica en 1697: a los descreídos y a los herejes había que cortarles el paso con firmeza.

Y don Sancho tenía razón a medias.

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Conviene prepararse desde ahora y con sentido práctico contra los inconvenientes colaterales del turismo.

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Aquí, se reflexiona poco al respecto. Ya en Cartagena, imán radiante para atraer visitantes a Colombia, se sienten efectos adversos. Cualquier día habrá consultas populares para limitar y reglamentar el ingreso de gigantes aparatosos cándidamente llamados cruceros.

En Europa se preocupan por sus perlas del Mediterráneo, asfixiadas por el turismo en masa.

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Hay ejemplos impactantes de deterioro e inflación en Venecia, Barcelona o Santorini. Abruma visualizar 100.000 personas de todos los pelambres en los 15.000 metros cuadrados de la Plaza de San Marcos, a veces con el agua al tobillo.

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Proporciones guardadas, un espectáculo tan descorazonador como la cartagenera Plaza de Santo Domingo saturada en noches de enero.

No es ciencia ficción.

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Sitios emblemáticos como el Eje Cafetero o Cartagena podrían, en menos de una generación, convertirse en Disneylands monstruosos, con infraestructura desbordada y deficientes en servicios públicos, contaminados y ahogados por el ruido y olor a comida rápida, para no hablar de tráficos sexuales degradantes.

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Dejado a la libertad sin disciplina, el turismo masivo es un bumerán.

Antes de que interfieran intereses especiales, que obstaculicen medidas duras e indispensables para implantar orden en pro del bien común, el turismo debe convertirse en política de Estado, dotada de organismo rector con dientes.

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Bien llevada, ninguna otra actividad en Colombia es capaz de generar más empleo y bienestar. Pero sin concertación global, planeada y obligatoria para todos los agentes, desde lo cultural hasta el transporte, será tan caótico como la minería ilegal.

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