POR ALEX NOGUERA, periodista, [email protected]

Me asusta la velocidad con que gira el mundo en estos días. Tal vez siempre fue así y no nos dábamos cuenta o, efectivamente, las sociedades azuzadas por las tecnologías, por los intereses transnacionales, por la desenfrenada necesidad de producir cada vez más para potenciar el consumismo y aumentar las ganancias hagan que los valores sean desbordados e incluso queden relegados y en algunos casos presos de cadenas, aunque invisibles.

Abel Resende

Me asusta la velocidad de hoy. Para no caer, antes la gente se sujetaba de algo cuando se mareaba, de algo sólido, de confianza, a prueba de cualquier amenaza. La pollera de la mamá fue siempre el primer refugio natural de cualquier niño, pero con el tiempo esta seguridad pasó a ser el hogar y luego la familia entera aunque estuviera diseminada en casas distintas. El amor se convirtió así en el bastión, en la fortaleza, ante todos los avatares de la vida

Con la velocidad de hoy vimos, por ejemplo, cómo esta semana se movió una estantería de valores. La prensa difundió el caso de Capitán Bado, que daba cuenta de dos alumnas de 12 y 13 años que se habían fugado de la escuela para encontrarse con un hombre. Subieron al automóvil y al ser descubiertas -luego de varias horas- inventaron la excusa de que habían sido secuestradas y pidieron un irrisorio rescate de 2.000 reales (menos de G. 3 millones) para liberarlas. Marea la idea de que niñas hagan este tipo de “travesuras”, que no cuadran ni en las jóvenes más enamoradas

Esta invención me recuerda lo sucedido hace más de 40 años atrás, cuando en una excursión escolar un niño no se había aguantado las ganas de ir al baño e hizo sus necesidades en los pantalones. Para evitar la vergüenza ante los demás el pobre chico inventó la fabulosa escena en la que dos hombres intentaron secuestrarlo y él, en el forcejeo, había caído sobre una bosta de vaca, por lo que los malhechores tuvieron que huir. Nosotros le creímos y el resto de la jornada la pasamos mirando de reojo por si esos hombres malos siguiesen acechando. Esas épocas eran de fantasía e inocencia, muy lejanas al presente

El presente es doloroso, podríamos calificarlo de terroríficamente increíble si es que no supiéramos que es real. Hace apenas unos días el Servicio de Fono Ayuda 147 de la Secretaría de la Niñez (SNNA) difundió su informe anual sobre abuso de menores. Las cifras son escalofriantes

Según esa dependencia, el número total oficial de víctimas de abuso sexual infantil en el 2017 fue de 2.249. Estos fueron los casos denunciados, pero ¿cuántos más ocurrieron y fueron callados? Esta punta del iceberg revela que algo está demasiado mal y no hay visos de solución. Como en el cuento de Caperucita Roja, todos sabemos que los lobos están ahí, impunes, y los cazadores que debía proteger a la protagonista no figuran en la historia

Según el informe, de las 1.267 víctimas directas, 472 fueron adolescentes mujeres de entre 14 y 17 años y otras 392 víctimas, niñas de entre 9 y 13 años. También indica que de las 1.015 llamadas recibidas en el número de Ayuda 147, 437 correspondieron a denuncias del departamento Central: en San Lorenzo 58, en Capiatá 54, en Lambaré 45 y en Luque 44. ¿Y en el resto del país?

Las estadísticas revelaron, además, que el primer potencial agresor de los niños fue el padrastro, luego el padre, tercero el vecino y en cuarto lugar aparece el tío. Ellos siguen danzando su impunidad pisoteando vidas, sin que las autoridades apliquen castigos realmente ejemplares. Parece que la cárcel no es suficiente. No le temen

La velocidad asusta. Hoy todo se convierte en un elemento desechable. No queda tiempo para los momentos importantes. Si alguien tiene hambre, paga por comida rápida, prefabricada; si busca diversión la cartelera de espectáculos es infinita en internet; y hasta si ansía un toque de romanticismo, existen las florerías con cientos de rosas cortadas durmiendo en los refrigeradores

Con la velocidad del mundo actual los jardines de antaño han desaparecido de los hogares. No hay tiempo ni espacio. Esos rincones coloridos, bien cuidados, aromáticos y alegres que motivaban paz real apenas son recuerdos fugaces

Cada vez hay menos jardines, cada vez menos hogares, menos valores. Me pregunto cómo sería un mundo sin rosas. ¿Quién se ocupa del jardín? ¿Quién cuida la sonrisa de los niños? Sin ese sonido mágico, sin la fragancia de las rosas, sin la inocencia, el mundo se está quedando sin alma

El cuento termina cuando el cazador y Caperucita llenan de piedras la panza del lobo, lo que provoca que este se ahogue cuando va a beber, eliminando para siempre la amenaza. Si en una inocente historia infantil el final feliz es de esa manera, ¿no es hora de cambiar la legislación para que dé respuesta real a tanta impunidad?