El mundo parece retroceder dramáticamente con todo el cúmulo de acontecimientos que señalan rumbos inciertos, oscuros y hasta siniestros.

No es solo el caso de nuestro vecindario con una Venezuela en la ruina total y con una población que produce gritos desesperados en las calles en señal de atraso, injusticia y hambre; también es Brasil, con una presidenta depuesta y un gobernante encargado, dando palos de ciego mientras la crisis se ahonda. Y el fenómeno de Chile, que era el país que mostraba más estabilidad en la zona; y el de Nicaragua en donde se acaba de implantar una dictadura vitalicia en cabeza de Ortega y la señora.

Pero ahora es Estados Unidos, la principal economía del mundo, que acaba de elegir un presidente sin experiencia, conflictivo, racista, despiadado con los inmigrantes y los débiles, multimillonario glotón y vanidoso irreductible. Y sigue Inglaterra, con el vuelco a su política exterior al querer romper los vínculos con su comunidad europea; y para completar las elecciones en otros países las ganan extremistas que quieren arreglar los problemas con dictados aciagos y perversos, como Italia, como Francia, como Austria.

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Y a ellos le sumamos la presencia infinita de del señor Putin, que se ha perpetuado también en el poder y que a cada instante está llenando al mundo de peligrosas provocaciones.

¿Qué es lo que está pasando? Es lo que todo el mundo se pregunta ante el triunfo de lo imprevisible y a veces hasta de lo que parecía imposible.

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Y lo que pasa es que la gente, ante la falta de propuestas claras, ante la ausencia de hechos concretos y eficientes, y ante la presencia de vicios, corruptelas y de situaciones signadas por el desastre, se apresura a tomar decisiones desesperadas sin prever ninguna consecuencia.

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Fuera de eso, cualquiera sale a ventilar propuestas contrarias a lo establecido y termina se confiriendo poderes a quien no sabe qué debe hacer con ellos.

La sociedad de hoy requiere de un liderazgo real, representado en el conocimiento, en la sensatez, en el deseo de transformación, en la vocación de servicio y en la transparencia en la actitud, para que el futuro pueda tener un sendero tranquilo y cobijado por la esperanza.

Y precisamente ese liderazgo que se requiere, no podrá aparecer al azar, se necesita formarlo, estructurarlo y afianzarlo.

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Esa es la tarea que tienen hoy todos los países del planeta, pues los hechos nos están señalando el desastre. 

 

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