–¿Qué deshís ahora, eeehh? ¿Qué dice el compañero crítico?

Mario Wainfeld cuenta que Néstor Kirchner le preguntó eso en noviembre de 2007, a días de concluir su mandato. Ante ellos estaba también Cristina Fernández, a esa altura ya electa como su sucesora en la Presidencia; Kirchner lo chicaneaba para que hiciera una valoración de su gobierno. “La pregunta siempre venía con sorna –escribe Wainfeld–. Presuponía paliques y discusiones de años”. Algo antes había precisado que nunca había hablado con él hasta que consolidó su candidatura en 2003 y que, en la campaña de esas presidenciales, lo entrevistó para este diario, en el que por entonces era editor de política.

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Un balance: Wainfeld le adelantó lo que publicaría pocos días después.

–Por lejos, el tuyo fue el mejor gobierno desde el primero de Perón.

“Dado todo lo que pasó después, me alegra haberlo expresado cara a cara –escribe trascartón Wainfeld–.

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Al hombre le gustó; recuerdo (o acaso quiero pensar) que lo emocionó. Me abrazó a su modo: era tímido y hasta torpe, le costaba manejar su cuerpo, como suele ocurrirles a algunos lungos, pero sabía transmitir sus sentimientos”.

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La escena está bien al comienzo de Kirchner, el tipo que supo, el libro que acaba de publicar la editorial Siglo Veintiuno.

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“Es un ensayo libre, género de noble linaje nacional, que ansío no haber deshonrado, aunque no intento competir con los pesos pesados que admiro y a los que pretendo emular, sin imitar –encuadra, de arranque, Wainfeld–.

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La propuesta a quien lea estas líneas, nuestro contrato, es hablar de políticas públicas, de realizaciones, de fracasos, de rumbos, de lo que puede la voluntad, de sus límites”.

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Sobre el final anota que lo pone contento que se haya hecho habitual “sincerar las premisas acerca de cómo y desde dónde se escribe”, y en ese sentido es clarísimo cuando consigna, por ejemplo: “El balance de su obra es admirable, cotejado con gobiernos de otro signo u otra etapa”.

La ponderación no priva, por supuesto, de las disidencias que mantuvo con Kirchner en temas específicos, momentos que el presidente leía como difíciles, como cuando los reclamos de mano dura del falso ingeniero Blumberg, cuyo hijo fue secuestrado y asesinado.

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Cosas que también charlaron cara a cara, o por teléfono: “En algunos momentos, con algunas discusiones, por ahí podía enojarse –cuenta Wainfeld–.

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La conversación podía ser cortante, como la que tuvimos sobre Blumberg: ‘¿No te das cuenta de que esto puede costar la caída del gobierno?’, decía.

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Yo no quería la caída del gobierno, claro que no; en algunos momentos que él leía como graves yo pensaba que se sentía más jaqueado de lo que estaba.

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Bueno, yo entonces le explicaba mi posición y él decía: ‘Vos, con tus devaneos garantistas’. Y él era muy garantista, también. Eso pasa todo el tiempo en la discusión pública, que uno le atribuya al otro exageraciones de argumentos que comparte.

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Ahora, más allá de que la discusión fuera difícil, siempre cerraba con esta expresión, por lo menos conmigo: ‘Con respeto, eh.

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No te vayas a enojar’. Una especie de cierre de no ruptura. Las conversaciones nunca eran protocolares, nunca eran ceremoniales, nunca eran vacías. Siempre se hablaba de algo específico, de política, y yo siempre sentía que me había podido expresar”.

Ventanas a la avenida Scalabrini Ortiz: en su departamento de Palermo, Wainfeld habla con velocidad, sopesa elementos de continuo, es inquieto y frondoso, se manda por una rama y se tienta con otra, y siempre tiene presente el núcleo, el árbol, el bosque.

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Una línea tal vez obvia para el lector de este diario: es un columnista político excepcional, que pinta panoramas complejos ágil y fluidamente, que entrevera lo coloquial y lo intelectual con swing, humor y lucidez.

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“Hay un corte temporal muy deliberado, nunca lo pensé como una biografía –dice Wainfeld–. Ensayísticamente puedo incursionar un ratito y decir bueno, las personas de montaña son desconfiadas (cosa que creo entusiastamente), y detenerme en que era muy receloso con los porteños, pero esto siempre cae en la política, en cómo se manejó y demás.

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Es un libro sobre la acción pública nacional de Kirchner. Se centra en su presidencia y también en la etapa subsiguiente, parte de la primera de Cristina, una etapa larga y fértil, productiva en materia de políticas públicas y en hechos, como el conflicto por la 125.

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Para esos momentos pensé que si esto fuera una película, la cámara lo sigue a Kirchner. Ellos acuerdan todo, no tengo duda, pero la decisión crucial, inteligente y súper funcional de mandar la votación por las retenciones móviles al Congreso es de Cristina.

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Se manda para ganar. Y se pierde. Pero creo que en el fondo, y aunque no haya sido pensado así, resultó mejor perder que ganar por un voto, porque hubiera sido una victoria traumática”.

Wainfeld distingue matrices entre ellos, también por imposición de las circunstancias: la gestión de Kirchner, dice, es el gran momento del gobierno, y la de Cristina es un momento importante del Estado.

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Explica: “Fútbol para todos es matriz Néstor, una medida práctica, eficaz, veloz: gobierno; que aparte apunta a un derecho concedido de forma más o menos automática, y a dañar los recursos patrimoniales y materiales de Clarín.

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La ley de medios es una matriz más de Cristina, una ley más sofisticada, compleja. ¿Estaba Kirchner comprometido a favor de eso? Claro que sí, y así lo cuento. Con Cristina sobrevienen normas institucionales, que se dictan para lapsos más largos, como la nacionalización del sistema jubilatorio, la Asignación Universal por Hijo, el Matrimonio Igualitario.

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¿Néstor qué hubiera hecho? Posiblemente cosas parecidas. Ahora, yo no la sigo a Cristina en esto: describo su acción y lo sigo a él. Porque siempre quise que este fuera un libro sobre Kirchner, cuya influencia histórica, creo, no ha cesado: es una figura siempre presente y discutible.

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No es un libro sobre la coyuntura, pero por su implicancia seguramente va a inscribirse en una cantidad de polémicas que hay: al respecto no me parece ni bien ni mal, ni fatídico ni maravilloso.

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Lo que me gustaría es que dentro de dos años, en cualquier otro escenario político, este siguiera siendo un libro legible sobre Néstor Kirchner”.

LA CARGA DEL LIBRO En la organización del libro por sobre lo cronológico predomina lo temático y así, capítulo a capítulo, Wainfeld aborda la mirada particular de Kirchner sobre la economía política, la renegociación de la deuda, los intentos por constituir la transversalidad y la concertación, la relación con el pejotismo, la renovación de la Corte Suprema, el apoyo a las causas por los derechos humanos y el detrás de escena de la reapertura de los juicios a los represores, la alternancia con Cristina, el traspié de las elecciones legislativas de 2009 y la recomposición, la batalla con Clarín y la Ley de Medios, el trajín ante la Ley de Matrimonio Igualitario, la sintonía con gobiernos de izquierda en América del Sur y los avances democráticos del continente (con el emblemático rebote al ALCA incluido, claro).

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“Yo edité varios libros, hice una revista-libro que están en mi corazón y creo que en el recuerdo de algunos, Unidos, que creó Chacho Álvarez, y fue su director largo rato –dice Wainfeld–.

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También escribí en obras de varios autores. Pero este es el primer libro, digamos, que hago solo”. Anota en la introducción que en 2006 y en 2011 tuvo impulsos de encararlo, que escribió incluso algunos capítulos, y que dinámicas personales y laborales postergaron la cosa.

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“Pero ya el año pasado –sitúa–, con el escenario electoral y con la perspectiva de que un cambio de autoridades podía significar que no siguiera con el programa diario en Radio Nacional, pensé: ‘¿Qué hago con mi existencia si pierdo el trabajo en la radio, que me gusta muchísimo?’ Iba a tener un vacío anímico y una frustración.

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Mucho más que el lucro cesante era el vacío existencial. Lo hablé con mi gente más querida, con mi terapeuta, y dije: ‘El día que me quedo sin radio, hago el libro sobre Kirchner’.

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O sea, que por un lado incidió el vértigo cotidiano, pero a eso lo mezclaría con un respeto reverencial que tengo por el libro.

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Yo puedo fundamentar que hay algunos periodistas que son mejores escritores que algunos autores; hay grandes literatos que han sido periodistas también, García Márquez, Rodolfo Walsh, Borges también lo fue.

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A mí me agarra un ataque de que el libro es algo más grueso, y supongo que también tenía esa carga”.

¿Y qué descubriste el armar el libro?

–Primero, que había algunas facetas del gobierno de Kirchner que no recordaba con precisión, episodios que yo calibraba distinto, tal vez por la vertiginosidad de aquellos años.

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Eso no pasó con el personaje: de él tenía una idea y es la que vuelco. Pero por ejemplo al leer los originales alguien me señaló que Kirchner estaba preparando la disputa con Duhalde, que fue impresionante, mientras construía el canje de deuda.

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Ahora, si uno lo piensa, dice “Kirchner y Lavagna tendrían que dedicarse al canje 24 horas por día y cuatro más, no podrían hacer otra cosa”.

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Hacía eso en simultáneo y 52 cosas más, las economías regionales, el precio del poroto, Blumberg. Uno dice: ¿qué hizo en 2005? Una enormidad. Y en cuanto a lo que no me acordaba está, por ejemplo, lo que me dijo luego de su discurso en la ex ESMA del 24 de marzo de 2004, en el sentido de que no mencionó a Alfonsín; yo recordaba habérselo dicho, porque tuve más de una conversación, y él me decía “Sí, tendría que pedirle disculpas”.

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Y revisando notas encontré una conversación muy nítida con él, que transcribo, en la que dice “Sí, debí decir no solo lo del Juicio a las Juntas, sino también el reconocimiento de las indemnizaciones a los familiares de desaparecidos, a las víctimas sobrevivientes”.

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Tampoco me acordaba del nivel de intervención en la Ley de Matrimonio Igualitario, donde tuvo un compromiso muy grande para trabajarla voto a voto.

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Después del fallecimiento se conocieron declaraciones muy amplias y progresistas de él respecto de la diversidad de género, inclusive para que parejas del mismo sexo pudieran adoptar, cosas que había dicho antes de ser candidato.

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Aspectos que me perdí en el tumulto y me llamaron la atención.

Cuenta Wainfeld que el título del libro se le ocurrió bastante pronto: “Me parece que sintetiza bien lo que quiero decir –dice–.

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Lo que Kirchner hizo se sabe y se discute. Supo, entendió a la Argentina: eso me parece importante referenciar. Luego en algunas conversaciones me sugirieron que pusiera Néstor. Pero yo nunca le dije así, Néstor; siempre le dije presidente. No tenía una amistad con él. Tenía muy buena relación, inclusive con algún elemento afectivo, pero mediada por nuestros roles. Y en cuanto a tipo, ¿cuáles eran las alternativas? ¿El hombre? Ahí la palabra tipo tiene más que ver con cómo hablo y escribo yo.

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Y frente a hombre, o presidente, tipo parece aludir a alguien que no es muy rimbombante, o restallante.

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A decir verdad, siempre me gustó. Lo conversé con la gente de la editorial, y no me tomó mucho convencerlos”.

DISTINTO A LOS DEMÁS El Kirchner con el que dialogaba en privado el periodista, cuenta Wainfeld, era bastante parecido al que después aparecía en público.

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“Y no solo no tenía doble discurso, sino que tenía una forma expositiva parecida –dice–. Hablaba mucho y muy velozmente, era atropellado para expresarse, iba al punto. Tenía humor, ironizaba, tiraba siempre ganchos atractivos al interlocutor. Y te quería convencer. Siempre hacía política con uno. Todas las figuras políticas lo hacen, de algún modo, pero él tenía algo de predicador. Aunque yo no lo conocía, teníamos de antes afinidades históricas, de pertenencias, con simpatías muy parecidas por sectores del peronismo, aunque en roles muy diferentes.

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Intentaba disuadir, era torrentoso, tiraba números, conceptos. Por ahí aumentaba algunos, pero desarrollaba las cosas con mucha claridad: ‘Esto genera esto; quién gana con esto y quién no; qué cambia con esto y qué no’.

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No era vistoso; a mí me gustan, históricamente, los oradores que hablan lindo, Cristina a su modo, Chacho Álvarez, Chávez, Evo, Lula.

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Él no hablaba bien en ese sentido, pero vos lo escuchabas y entendías quién era el malo, quién el bueno y para qué lado hay que ir.

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Y eso es lo primero en la retórica política. Porque es más fácil dar con alguien que tenga muchos floripondios que con alguien que tenga claro eso”.

Wainfeld subraya en el libro sus disidencias con el manejo en el Indec, recuerda sus diferencias y diálogos con Kirchner en torno a la candidatura de Daniel Scioli como gobernador en 2007, se detiene en algún cruce en torno a la AUH.

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“Discutí y conversé bastante con él sobre este tema, porque yo estaba convencido ya en mayo de 2003 –sitúa Wainfeld–.

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Kirchner y su equipo de gobierno más bien lo veían como contradictorio y perjudicial a la cultura del trabajo, que iba a afectar eso.

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Uno puede decir con arrogancia que me parecía por entonces como terminó siendo, pero va más allá de si yo tenía o no razón, porque en varias no la tuve.

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Yo pensaba que era mi deber plantearlo y lo escribí hasta el aburrimiento. Pero tengo la impresión de que el hombre también me chuceaba, que buscaba esta discusión. Y en una de estas discusiones, enérgicas, medio que se enojó, o hizo que se enojó, y me dijo: ‘Para un intelectual es fácil decir cosas: ¿de dónde saco la guita? ¿Vos sabés cuántos chicos son? ¿Y sabés cuánta guita es por mes?’ Ahí deduje dos cosas: entre peronistas, cuando discutís de política y te dicen intelectual, te están tirando abajo.

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(se ríe) Yo nunca lo fui del todo, pero ponéle que en algún momento… Y hace mucho que soy periodista, que no es ser intelectual, o al menos full time.

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Si estás hablando de políticas públicas concretas y te dicen intelectual, a vos te falta algo. A las tres preguntas yo no las podía contestar en ese momento. Y me pareció interesante, porque me colocó en un lugar totalmente válido (aunque lo de intelectual se lo podía haber ahorrado).

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Así que le dije: ‘Esta discusión acaba de terminar, porque no sé cómo fondearlo. Pero si el problema es fondearlo ya nos ubicamos en otro lugar, porque vos me decías que era algo incorrecto, y ahora me decís que no te alcanza la guita’.

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A un compañero que quiero mucho, que tiene mucha perspicacia política y era muy partidario de la AUH, le conté y me dijo: ‘Y, si ya está pensando cómo se fondea, lo va a hacer.

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Porque un día va a conseguir la plata’. Era una época de vacas gordas y de inversiones sociales generosas. Yo lo recuerdo como un interlocutor fervoroso, con ánimo de convencer, que eventualmente manejaba muchos registros”.

Lo sorprendió muchísimo Kirchner, dice Wainfeld.

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“Cuando habló el 25 de mayo de 2003, al asumir, le creí bastante –señala–. Y me pregunto por qué: no había grandes motivos para creerle. Dicho con respeto, escribí un libro que lo homenajea, puedo decir que es un gran presidente, pero ¿por qué iba a creerle a un peronista que venía del duhaldismo?”Lo observa consistente con las ideas que postulaba, dice, y como gobernante se inclinó más a la izquierda que en su pasado.

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Explica Wainfeld: “Hay una discusión que me parece pésima, mal rumbeada, de quienes plantean ‘si Kirchner no había hecho tanto en materia de derechos humanos antes’.

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Bueno, lo hizo justo en el momento en el que tuvo más poder. La mayoría de las figuras del poder más bien tributan al teorema de Baglini, son más audaces cuando no lo tienen y menos cuando lo tienen.

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Si Kirchner, como Alfonsín a su modo, o como Cámpora en el suspiro que estuvo, se volcaron a posiciones más progresistas justo cuando tenían el poder, ¡es todo a su favor! Es lo contrario de una conversión retrógrada”.

Es que cuando llegó Kirchner, dice Wainfeld, predominaba la impresión de un fracaso muy grande de la política.

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“Yo soy peronista, cosa que es incurable”, dice, y recorre al galope el camino que transitó en el Frente Grande, el Modejuso, la decepción con Menem (“hizo cosas mucho peores de las que podía pensar”), el Frepaso (“que tampoco cumplió las expectativas que tenía”).

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“O sea, a la vivencia general que podían tener los argentinos, yo sumaba mis vivencias particulares en el mismo sentido –dice Wainfeld–.

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Todo había salido mal. En esa primera entrevista que le hacemos a Kirchner, él hace una descripción formidable y precisa de cómo hay que desendeudar.

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Volví a leer eso y es impresionante: dice todo lo que va a hacer. Seguramente en ese momento pensé que el tipo creía que eso se debía hacer, y que no iba a poder, que no iba a poder hacer nada: si no se habían podido hacer cosas menos exigentes.

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Reconstruyo, no me acuerdo. Uno decía: ‘Ojalá que pueda recauchutar la economía, y que no reprima, como promete; con las experiencias de Duhalde y De la Rúa, un peronista astuto se tiene que dar cuenta’.

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Después fue todo muy acelerado, porque si uno empieza a ver fechas, al mes limpió la Corte, empezó a ir para adelante.

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Empecé a hablar con personas que lo conocían más y les preguntaba: ‘¿Este hombre va a seguir todo el tiempo así? ¿Cuándo se da vuelta?’ Y alguien, a quien no menciono por delicadeza, me dijo: ‘Nunca se va a dar vuelta.

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Siempre va a seguir su rumbo. Por ahí se estampa, porque hay que ver cómo regula la velocidad’. El kirchnerismo es más acelerador que embrague, conceptualmente; y yo sigo creyendo que en la política hay que embragar, hay que frenar; no darse vuelta, pero sí bajar de marcha, rebajar en las curvas.

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Eso no era su fuerte, ni fue lo que lo hizo atractivo de arranque. En esos primeros momentos fueron implementándose ideas y medidas con las que uno estaba de acuerdo desde antes, políticas económicas y públicas fuertes, derechos humanos, la Corte.

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Tenía la posibilidad de conversar con él y con funcionarios muy convencidos. Y entonces dije: ‘Sí, este gobierno es distinto a los demás que vi’”.

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