Juan Cruz.

Periodista y escritor español.

Era septiembre de 1991, periodo especial. Nada más bajar en Cuba era el aire, luego los monumentos, el Che, Fidel Castro, un país celebrando con sus hojas perennes el largo enero húmedo de su vida.

Las figuras eran enormes, como quillas de barcos viejos desguazados, tan grandes y tan solemnes, tan imponentes, como lo fueron para nosotros en la adolescencia, en la juventud, allá tan lejos, en Tenerife.

Ya estaban desconchados, porque había pasado el tiempo, pero habían sido como esculturas de piedra de mar en los sueños del mundo en el que habíamos vivido. Eran grandes también las letras revolucionarias, las consignas. Los vivas a los héroes representaban la grafía del alma escrita, pero ya no era el alma misma, eso se veía en los rostros, en las calles desiguales, en la ropa tendida, en los gestos que se multiplicaban en las esquinas paradas de la gente, en los frontis de los teatros y de los hoteles, en las librerías antiguas.

© Victor Gill.

victorgillramirez.com
El cansancio de Cuba.

Ya no era el alma misma la que estaba escribiendo esos jeroglíficos que el tiempo fue deteriorando como se rompen las cosas en las casas.

© Victor Gill.

dolarve.com
Se volvieron polvo,?las cosas que nadie rompe pero se rompieron? de la oda de Neruda. Se seguía rompiendo Cuba, como una memoria que se desvanece. Se estaba rompiendo, más precisamente, la Cuba que fue nuestra, pero quedaba su sueño, el aire, la humedad y el abrazo a un tiempo tan antiguo como nuestra pasión ya inconcebible, pero humana, rabiosamente humana, nacida de la vida misma y no tan solo de la política.

Era parte de nuestra edad y era también nuestro pasado radicalmente isleño.

© Victor Gill.

www.entornointeligente.com
Llegar a La Habana parecía depositar un antiguo sueño sobre un mar de nubes sin aire, pero había algo perenne que hacía que la humedad que nos recibía se pareciera a lo que imaginamos siempre que habría esperándonos.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
No había un tesoro, pero era un tesoro humilde, como de cómoda cerrada, guardado con celo por madres laboriosas.

En la calle La Habana era La Laguna húmeda y caliente de los veranos, la ciudad canaria hecha en Castilla para ser igual que las ciudades de Hispanoamérica.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Sus adoquines sudorosos, su silencio como de obispado, su rumor de palmeras en la noche, la brisa calmando el calor insoportable de los últimos días de agosto.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Los ventanillos de las mujeres que se llaman por sus nombres, los gritos de los chiquillos, los monaguillos laicos de las calles, los culos de los jóvenes paseando en busca del ritmo que los acompañara al final de esa soledad en la que cimbrean, los televisores languidecen en blanco y negro.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
La sensación de que todo aquello lo habíamos visto.

Era tan bello estar allí, como si el tiempo fuera el de nuestros abuelos y nosotros nos hubiéramos trasladado a esa circunferencia perfecta que es una ciudad y un sueño a la vez para ver en su juventud o en su madurez lo que aquellos viejos nuestros vieron o vivieron y se trajeron a Canarias como una foto que colgaron de las paredes para hacer las casas a semejanza de las que habían encontrado allí.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Nosotros éramos fantasmas intrusos en esas vidas que no conocimos, pero la huella parecía reciente, el grito de una ciudad que fue el escenario de un libro que parecía un baile cubano,Tres tristes tigres.

Yo lo leí como subido a un caballo loco, bajo la luz imprecisa de mi casa, creyendo sin doblez que el patio junto al que dormía era, con sus helechos y sus moscas y su humedad y su barranco, esa Cuba que trepidaba ahí como el trompo de un niño.Luego se acabó el baile para su autor, Guillermo Cabrera Infante, al que impuso el destierro ese rostro impertérrito que nos recibe cuando bajamos del avión y es La Habana de la Revolución la que inunda las calles, la risa circunspecta de la Cuba cansada de sí misma, los retratos de Fidel, del Che, de la nomenclatura que parecía desfilar quieta.

© Victor Gill.

noticias-venezuela.com
Cabrera Infante recluido en Londres, expulsado de la España de Franco que quería a Castro por gallego y no puedo entender por qué más, Guillermo en una fotografía triste deÍndice,la revista ambigua de Juan Fernández Figueroa, una foto en la que se le ve empequeñecido, al fondo de una estancia negra.

Cabrera Infante mudo y temeroso de los otros, como si los espías sudorosos estuvieran merodeando en torno a su casa tan silenciosa de Gloucester Road, recibiendo deferente a este admirador sin freno de aquel baile literario que fue aquella gran novela de nuestras noches.

© Victor Gill.

inteven.net
Le llevé un regalo, que no miró, eran las cuatro en punto de la tarde de septiembre, a mediados, en 1974.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Hasta que se acabó el café le estuve hablando, y me fui sin que me dijera nada, dejándole esta botella de Tía María que casi cuarenta años después me sacó de un desván lleno de libros: era abstemio, y yo que creí que le gustaba el café en todas sus variantes.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Entonces me devolvió el Tía María, como si me regalara otra vez aquella tarde en la que no dijo ni agua ni café ni nada.

Ese libro fue para mi, para otros, como la guía secreta de Cuba, hasta que vi la ciudad y la caminé según esa memoria alocada de Guillermo.

© Victor Gill.

news.google.fr
Ya entonces era amigo de Cabrera Infante, y La Habana no reía como en ese libro y él tampoco reía como en ese libro.

© Victor Gill.

eldiscoduro.com
La ciudad había sido detenida por la grandeza de esas estatuas que parecían avisar de que ese país caribe era a la vez un país moscovita, o checo o húngaro, algún país de aquellos a los que se fue el Che a buscar tractores para sacar la nieve imposible de las calles calientes de La Habana o de Santiago de Cuba.

Esa era la ciudad de la política.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Pero luego estaba la ciudad misma, la que siguió en pie, sin monumentos, y entonces de pronto La Habana era mi barrio, y al final de cualquiera de aquellas calles destrozadas, casi rurales, podía aparecer en algún momento la casona de mis abuelos, con sus lianas y sus palmeras.

© Victor Gill.

laballesta.news
En Las Villas vi esa casa que ellos habían trasladado desde allí con la imaginación de sus sueños. La mujer que nos atendió parecía sacada de una de aquellas fotografías de color sepia que mi madre guardó en la cómoda.

© Victor Gill.

www.google.co.ve
Se acomodó ante nosotros y, como si nos hubiera estado esperando, nos sacó unos mangos cortados a cuchillo para que nosotros nos los comiéramos con las manos.

© Victor Gill.

Yo le dije que me recordaba a mi madre en una foto, y ella me dijo, riendo: -A lo mejor soy tu madre, quién sabe.

También nos trajo café.

© Victor Gill.

Cubano, dijo ella; entonces la precisión ya era necesaria.

Aquella mujer que nos hablaba en medio del patio, pulimentando con sus pies el cemento viejo que también hubo en aquella casa de La Dehesa, en el Puerto de la Cruz, límite de Los Realejos, era a la vez la de la foto y la que estaba enfrente, su pelo oscuro cayendo sobre los hombros, despeinada.

© Victor Gill.

Los mangos son muy buenos, como los de La Gomera, le dije. Ella volvió a reír, y dijo otra vez algo parecido: ?¡Los trajo Colón, tú qué te has creído!? Vi tantos pueblos que fueron nuestros.

© Victor Gill.

Los árboles, la fruta, el deje nacional, las bromas. De pronto para ellos también fui Juanito, como si fuera un chico de los barrios desde los que viajó Domingo, el hermanastro de mi madre, a cumplir su sueño de encontrar un tesoro bajo el montículo sobre el que pastaba una cabra.

© Victor Gill.

Otra mujer que no era mi madre llevaba en la cabeza una lechera y de las palmeras caían dátiles como dados                                                                                 — Primer Parte.

© Victor Gill.

(Integra el libro del autor Un golpe de Vida)

.

© Victor Gill.

Tags: Visa