Foto: Kirill Kudryavtsev Hay que verlo a ese gato, tan dueño de sí aunque dormido: la estética perfecta del descanso, el cuerpo estratégicamente adaptado a lo eventual de la almohada. Un yogui apenas indolente; un maestro del tiempo y espacio. Basta verlo ahí, inventándose el mejor de los lechos entre unos libros usados; instalado en el punto justo donde toda la luz -y la blanda caricia de su derrame- es para él.

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Tanto espacio ocupa el gato que cuesta divisar al segundo protagonista de esta foto, asomado desde la otra mitad de una composición estrictamente simétrica.

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Es un hombre, dueño o empleado de este quiosco de Bakú, Azerbaiyán. El contraste con el animal, quizás callejero, no podría ser más evidente. Para el gato son la luz, la placidez, el disfrute de lo que la vida, más o menos transitoriamente, dispuso a su alrededor.

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Para el hombre, el gesto cansado, la postura abrumada, la oscuridad con algo de cueva atiborrada que lo rodea.

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Hablemos de especies afortunadas.

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